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    China importa; y el gato blanco le ganó al gato negro

    N° 1995 - 15 al 21 de Noviembre de 2018

    La China comunista (¿o excomunista?) abre sus puertas al mundo. Acaban de organizar la China International Import Expo, en Shanghái (www.ccii.org), donde reciben a 3.600 expositores de 150 países, para comprarles productos, no para venderles.

    Muchos creen que el camino del crecimiento pasa por “proteger el mercado interno”. Pero no lo ven así los chinos, aun cuando tienen el mercado interno más grande del mundo: 1.400 millones de personas.

    China tiene que darles trabajo a 840 millones de individuos y muchos izquierdistas creen que “sustituyendo importaciones” o “protegiendo” el mercado doméstico van a lograrlo. No es así. Los países más abiertos al mundo son los que tienen menos desempleo y mejores ingresos per cápita. No lo entiende Argentina, ni Cuba, ni Venezuela. Tampoco lo entendía China. Pero ahora sí.

    China vivió durante siglos en la miseria. Con la llegada del comunismo la cosa fue peor: además de miseria, tuvieron menos libertades y murieron 65 millones de personas víctimas del Partido Comunista y la Revolución Cultural de Mao Zedong.

    Pero a partir de las reformas iniciadas por Deng Xiaoping a finales de 1978 y los impulsos aperturistas promercado de la década de los noventa, China creció a un ritmo del 9,5% anual y los ingresos medios, un 150% en 10 años, de 30.000 a 72.000 yuanes anuales (unos US$ 10.000). Evidentemente —y gracias al capitalismo— a un obrero chino ya no lo arreglas con un plato de arroz.

    China creció exportando productos copiados, baratos y de baja calidad. Pero eso es pasado. Hoy China produce valor agregado y quiere seguir haciéndolo. El diferencial ya no es la mano de obra barata. Sus habitantes demandan consumir más productos y de mejor calidad. Por eso se abren al mundo.

    Esta Import Expo la inauguró el primer ministro Xi Jinping, quien dijo: “Es nuestro sincero compromiso abrir el mercado chino y estimular el potencial de incrementar las importaciones, reduciendo costos a los importadores”.

    El año pasado, ante el Congreso del Partido Comunista, también habló en similares términos: “La puerta abierta de China no se cerrará, sino que se abrirá más. El gobierno acabará con las reglas y prácticas que obstaculizan un mercado unificado y una competencia justa; respaldará el desarrollo de firmas privadas y estimulará la vitalidad de todo tipo de entidades mercantiles”.

    Si esto lo dice Bolsonaro, Novick o Lacalle Pou, los tratarían de “fascistas”, “neoliberales” o “ultraderechistas”. Lo dice el comunista Xi Jinping y ningún frenteamplista se sonroja.

    En parte tenía razón Deng Xiaoping cuando afirmaba: “No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”.

    Los hechos históricos están demostrando que el gato blanco (que defiende el mercado y la libertad) caza más y mejores ratones que el gato negro (que defiende la economía planificada y estatista). Los chinos lo han entendido muy bien. ¿Lo entenderán también los uruguayos?

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