N° 1968 - 10 al 16 de Mayo de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáGracias a Uber, más de 5.000 uruguayos (que no tenían ni empleo, ni ingresos) encontraron una forma genuina de ganarse la vida. Pero en vez de estar agradecidos con Uber y con el libre mercado, la Asociación de Conductores Uruguayos de Aplicaciones, (ACUA) quieren terminar con ambos.
Como buenos uruguayos promedio, no saben vivir en libertad. Claman (al igual que los taxistas) que el Estado limite la competencia, que no habiliten más taxis ni más choferes, para que los privilegiados que logren esos cupos puedan “cazar en el zoológico”. Y ya se imaginan quiénes serán las presas: nosotros, los consumidores.
Luis Peña, dirigente de ACUA, declaró al portal Ecos: “Al inicio el negocio era rentable y la particularidad que tenía era que podías estar ocho horas trabajando y enfocarte en los gastos del vehículo. Hoy con ocho horas no solventás nada, es imposible. Cada chofer de Uber arranca el mes con 12.000 pesos abajo, porque se van cinco mil de BPS, 3.600 de DGI o 1.700 dependiendo de la fecha en la apertura de la empresa, patente y seguro”.
O sea, que lo que hizo no rentable al negocio no fue la libre competencia, sino los excesivos costos regulatorios que impone el Estado: patentes caras, seguros caros, combustibles caros, aportes caros, impuestos caros. En vez de exigirles a los políticos que bajen el costo del Estado, les piden que les den privilegios para cobrarles más caro a los pasajeros.
Al igual que hace la plataforma Mercado Libre, lo que hace Uber es vincular oferentes de viajes (los socios-choferes) con quienes queremos viajar (consumidores). Estos prestadores de servicios no son “empleados” de Uber, como no somos empleados de Mercado Libre por utilizar su plataforma y sus reglas de juego.
La gerenta de Comunicación de Uber en el Cono Sur, Cristina Villarreal, dijo a Búsqueda: “Como emprendedores independientes, los conductores deciden cuándo, cómo y por cuánto tiempo manejan. Son libres de encender y apagar la aplicación y parar de manejar en cualquier momento. La combinación de flexibilidad y tecnología de fácil acceso crea oportunidades”.
Como uruguayos de buena cepa, estos choferes no quieren ser “emprendedores”, sino “empleados”. No quieren ser “independientes” sino “dependientes”. Quieren limitar la oferta, que no ingresen más choferes, lo cual beneficia a los que ya están dentro, pero perjudica a quienes quieren sumarse al negocio. ¿Y quién resuelve esto? ¿Quién decide si Juan —que está fuera del sistema hoy—, no es mejor que Pedro, que se anotó la semana pasada? ¿Lo resuelve un burócrata, un sindicato o una moneda al aire?
Uber y el libre mercado resuelven muy fácilmente este intríngulis: dejan que sea el consumidor el que decida qué chofer se queda y quién se va. Al finalizar cada viaje, el pasajero califica con 1 a 5 estrellas, cómo le resultó el viaje. Si el chofer fue amable, si le ofreció una golosina, si consultó por la ruta preferida o la música que gusta escuchar, recibe una calificación positiva. Todos se esmeran por obtener una buena reputación, ya que, a la hora de asignar un nuevo viaje, la plataforma les da preferencia a quienes están mejor calificados.
Si estos choferes son considerados “trabajadores” con todos los excesivos beneficios que nuestra legislación brinda, van a pasar dos cosas: 1) Los costos de cada viaje van a aumentar, por lo tanto, la gente viajará menos y se generarán menos oportunidades laborales. 2) El negocio dejará de ser rentable para Uber y probablemente se vaya del país, como ya se han ido tantas otras empresas, privándonos de un servicio excelente.
Si los uruguayos no terminamos de entender los beneficios del libre mercado como generador de oportunidades y los obstáculos que traen las excesivas regulaciones limitantes de esa libertad, estaremos siempre a los tumbos como nuestros vecinos de Argentina o Brasil: esperando todo de un Estado cada vez más grande, cada vez más pesado y cada vez más ineficiente. Así, nunca mejorarán.