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El realizador estadounidense Tim Burton toma la figura de un freak, un personaje marginado que ante la incomprensión y el desprecio de un mundo gobernado por reglas hostiles que no contemplan su extraña sensibilidad, encuentra ciertos espacios para abrirse camino y, según su particular modo de ser y operar ante las adversidades, logra por fin hacer justicia.
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Y ahí está Batman. Y por ahí también el Guasón. O el Pingüino. O Gatúbela. O Edward Scissorhands. O Edward D. Wood Jr. O Willy Wonka. O Margaret Keane.
Provenga de la realidad (el poco talentoso señor Wood) o de la ficción (el ciudadano Wayne), está claro que esta clase de personajes descuidados por la sociedad le resultan más atractivos y manejables a Burton. Es lo que mejor le sale. Y, vamos, también es la canción que más le piden. Cuando se aleja de estos mundos, pifia; véase El planeta de los simios (no, mejor no).
Burton, que ha currado bastante con la bandera freak, con el emblema Con Ser Raro Alcanza (para tener un talento único, para ser adorable, para tener acceso a zonas distintas de la realidad), ha desarrollado una carrera despareja. Ya no estamos para pedirle al director de Alicia en el País de las Maravillas gran complejidad (recuerden el bailecito de Johnny Depp al final del largometraje). No nos engañemos más. Con un puñado de películas destacables (Ed Wood, ¡Marcianos al ataque!, La leyenda del jinete sin cabeza, las dos Batman, Big Fish), Burton es un director que logra momentos visuales intensos, a veces muy bellos, plásticamente puede llegar a ser muy cool. Cultiva y divulga un manifiesto apetito por algunos representantes del arte kitsch y marginal, escribe poemas infantiles para leer con lentes de marco grueso y Campari con naranja, sabe rodearse de gente talentosa, pero no es el creador poético y sugerente ni el cineasta auténticamente oscuro y freak que supo vender (y supimos comprar) en sus inicios, contando historias de Disney en tono dark. Rindió tributo a quien es considerado el cineasta más inepto de todos los tiempos, un ser extravagante que ha inspirado incluso una religión (La Iglesia de Ed Wood, verdadera y legal en Estados Unidos) por medio de una comedia agridulce, bien plantada, en blanco y negro, ambientada en la década de 1950, con Depp brillando, antes de convertirse en caricatura de sí mismo, y con eso entramos unos cuantos. Ed Wood es una película sobre la pasión, sobre el impulso creador, sobre el amor que el artista siente por su obra. Sobre todo lo que es capaz de hacer por concretarla. Como Big Eyes. Retrato de una mentira.
La historia real detrás de esta historia de ficción tenía que ser llevada al cine. Margaret Keane es una artista plástica estadounidense cuya vasta obra ha firmado con distintivos seudónimos. Compuesta principalmente de retratos, la obra de Keane está hecha de óleos que representan niños, mujeres, perros y gatos, principalmente. Una parte de su vida se inscribe dentro de uno de los fraudes más grandes de la historia del arte. Comenzó entre las décadas de 1950 y 1960. Un suceso fue llevando a otro. Margaret (Amy Adams, notable en este papel, por el que ganó el Globo de Oro) se había separado y se había mudado a San Francisco. Allí conoció a Walter Keane (de pie: Christoph Waltz), gran chanta, se notaba a kilómetros, pero Margaret cayó y quedó rendida con este seductor pintor que vivió en Europa y que resulta tan pero tan encantador que es imposible decirle que no. Hay partes de Keane que Margaret no vio, y otras muchas zonas que el señor artista ocultaba con habilidad de impostor.
Margaret pintaba retratos de niños y niñas de ojos grandes y melancólicos, los firmaba simplemente con su apellido de casada, Keane, y una noche su esposo los vendió, de manera accidental, como propios. El dinero entró en casa, las pinturas se volvieron populares, se reprodujeron masivamente, revolucionariamente, y ella, encerrada, ocultando la verdad, siendo cómplice voluntaria de la mentira, siguió el juego. Una mentira más otra mentira, más otra, más otra más construyen la realidad en la que Margaret va hundiendo su identidad. Todo este juego de falsedades y autoengaños, del misterio detrás de las verdaderas intenciones en cada acto, de hasta dónde es verdadero o falso lo que dice el marido de Keane sobre su pasado, es lo más jugoso del filme. Eso incluye también la evolución de la historia y de los protagonistas (Adams está gloriosa en cada plano, Waltz parece pasado de rosca, pero el verdadero impostor, sostienen varios documentos, fue realmente incluso más caricaturesco con el paso del tiempo), que realizan un trayecto en espiral, con la sensación de que pasan sobre los mismos escalones, aunque en realidad uno de ellos está elevándose y el otro hundiéndose.
Bellamente fotografiada y ambientada, Big Eyes. Retrato de una mentira no va a pasar a la historia como la mejor película de Burton. Es un filme divertido, uno más de los que se puede suponer habrá en el año. Hay un elenco de peso, un libreto ágil (Scott Alexander y Larry Karaszweski, los mismos de Ed Wood y Larry Flint, el nombre del escándalo), algunos chistes (la verdadera Keane tiene un cameo por ahí). Y hay una escena típica de juzgados, de las que se ven cien veces pero diferente, otra vez la simulación y la farsa, llevada al paroxismo. La secuencia puede incomodar, probablemente sea el efecto buscado, dado que está interpretada por criaturas salidas de un escenario que la película dibuja como escenario ideal para que las mentiras, la simulación y las apariencias disfruten de buena salud. Hay zonas de San Francisco que intentan parecerse a Europa, comerciantes de arte que buscan tener un aspecto francés (Jason Schwartzman, que pasaba por ahí, como Batman en Batman vuelve), y gente que compra arte sin tener la más mínima idea, simplemente guiándose por el impulso comercial. Terence Stamp hace una breve aparición como crítico de arte, un hombre que además es casi una celebridad, frío y desagradable. Escribe artículos venenosos. Más allá de ser una criatura soberbia a la que a veces dan ganas de mandarlo a freír boniatos, quizás sea, junto con la escondida Margaret, el único y verdadero artista en esta historia. El hombre utiliza la palabra como instrumento de transformación, como herramienta para generar pensamiento en los lectores y espectadores (también sale en televisión), no como vehículo de entretenimiento y moda que el público espera ver y comprar.
Big Eyes. Retrato de una mentira. (Big Eyes) EEUU-Canadá, 2014. Dirección: Tim Burton. Guion: Scott Alexander y Larry Karaszweski. Con Amy Adams, Christoph Waltz, Danny Huston, Terence Stamp, Krysten Ritter, Jason Schwartzman. Duración: 106 minutos.