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    Claudio Romanoff

    Sr. Director:

    Nos conocimos en enero de 1985, cuando los dos teníamos 21 años, en aquella Búsqueda que para ambos fue escuela de periodismo. Contra todo pronóstico, porque pensábamos diferente acerca de casi todo, nos hicimos grandes amigos. Y con el tiempo, hermanos.

    No tardé en comprender que Claudio era un periodista extraordinario. Uno de raza. Para él no había tema menor o nota chica. Salía cada día a la calle a buscar, como se busca la vida misma, lo que alguien no quería que se supiera. Incansable y apasionado, chequeaba cada dato con la paciencia y el cuidado de un relojero. Luego, se sentaba frente a su máquina de escribir y le daba forma a su crónica, mientras un cigarrillo se consumía en el cenicero. Poco le importaba si era una nota de tapa o apenas un recuadro de 15 líneas escondido en páginas interiores. Él ponía todo de sí. Y más.

    Crecimos juntos. En la profesión y en la vida. En 1991 tomamos caminos profesionales diferentes. Cuando le conté que me marchaba de Búsqueda, que era mi casa y la suya, me dijo algo que ninguno de los dos olvidó y que, décadas después, daría nombre a nuestro grupo de WhatsApp. “Hermano, hoy te vas vos y algún día me iré yo. Pero Búsqueda quedará siempre en nosotros. Sin importar dónde trabajemos, nuestras tarjetas personales siempre dirán ‘extécnico de TEM’”, me dijo, aludiendo al prestigio del que gozaban quienes habían trabajado para aquella marca de electrodomésticos de la que algunos jóvenes de hoy siquiera han oído hablar.

    Vaya si él hizo honor a su escuela y a aquellos maestros. Allí donde trabajó, dejó huella. Hizo periodismo del bueno. Del que vale la pena hacer. Del que uno puede estar orgulloso. Con lo que tuvo a disposición siempre hizo un formidable trabajo. Y siempre, como corresponde a un periodista que se precie, sintió que la tarea estaba incompleta, y que se podía hacer más y mejor. Los años lo volvieron un analista fino, que sabía utilizar bien la pluma y que, apoyándose siempre en información de primera mano, ayudaba a pensar. Pero también un maestro de periodistas. Un líder generoso y apasionado que impulsaba a los más jóvenes a crecer, a dar más, a superarse y a buscar la verdad con el inconformismo que hay que tener para no perder el olfato.

    Para quienes fuimos y seremos siempre sus amigos, fue, además, un tipo único, irrepetible, entrañable. Uno de los que siempre estaba cuando había que estar. Uno de los que cultivaba esa virtud, tan escasa por estos días, de decir las cosas de frente, en la cara y con la crudeza que hiciera falta. Un tipo que se hizo de abajo del todo, que luchó mucho para construir la hermosa familia que sembró y que siempre pensaba en qué país les dejaría a sus adorados mellizos Eloísa e Iván.

    En marzo, algunos extécnicos de TEM que solemos encontrarnos para comer algo, charlar de periodismo y de la vida, y reírnos de nosotros mismos y nuestras obsesiones, nos juntamos en una pequeña parrillada de Parque Batlle. Claudio, que siempre llegaba tarde a aquellos encuentros porque su responsabilidad periodística estaba primero, fue el primero en sentarse a la mesa. Pidió, como siempre, un whisky. Cuando le llamé la atención sobre su puntualidad de aquella noche, me dijo: “¿Sabés de qué me di cuenta? De que todos tenemos un montón de cosas muy importantes para hacer, pero ninguna es tan importante como estar con los amigos, compartiendo un whisky y un asado. A estas cosas uno no puede faltar. Y tenemos que hacerlo cada vez más seguido”.

    Como siempre, tenía razón. Y hoy, visto en retrospectiva, aquellas palabras se parecen a una premonición.

    Cuando la muerte vino por él, la enfrentó como vivió. Con pasión. Con la sensación de que lo imposible puede alcanzarse. Con su sentido del humor y de la ironía, intactos. Con ganas de cambiar el mundo. Rodeado de su familia y sus amigos, para los que siempre estaba. Y con un whisky cerca.

    Alguien podrá pensar que perdió. Y no sabe que el Roma, el que la muerte cree habernos arrebatado, está más vivo que nunca en el corazón y el alma de quienes lo quisimos y lo querremos por siempre, y en el de todos los periodistas que se formaron a su lado y, cada día, mantendrán su legado y seguirán trabajando para arrancarle otra noticia al poder de turno.

    Álvaro J. Amoretti

    CI 1.430.330-1