N° 1788 - 30 de Octubre al 05 de Noviembre de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Brasil es el país del futuro… y siempre lo será”. Esta frase tiene décadas de ser repetida una y otra vez, ya que Brasil siempre da argumentos para que así sea. Nunca termina de consolidarse como un verdadero “país de primera”, con una economía abierta y saneada, con instituciones públicas firmes y con una población que no viva de la limosna ajena.
Parafraseando esta máxima, podríamos decir que “Uruguay es un país socialista… y siempre lo será”. El dictamen de las urnas el pasado domingo 26, tanto en Brasil como en Uruguay, ha dicho con contundencia que ambas naciones quieren vivir bajo la tutela del Estado, fortaleciendo las corporaciones, gestionando pésimamente las empresas públicas y justificando todo desvío arguyendo “buenas intenciones”.
El clima electoral determina el clima empresarial. Este clima puede ser favorable a la inversión, a los emprendedores y a los empresarios, o puede serle hostil. En el primer caso, las economías, los países y los ciudadanos que viven en ellos, crecen, mejoran su calidad de vida y viven en forma autónoma, libre. En cambio, cuando el Estado pone trabas al comercio y la sociedad mira con desconfianza al empresario y con confianza al burócrata, las economías se empantanan, el amiguismo campea y se trafica más con favores que con bienes.
Esto es lo que muestra con contundencia el Ranking Doing Business (www.doingbusiness.org) del Banco Mundial, que ordena en una lista de 189 países quiénes son los que tienen las mejores regulaciones para emprender y menos obstáculos al crecimiento. No es casualidad —sino causalidad— que los primeros 20 países que encabezan el ranking sean en su inmensa mayoría “países de primera”, que tienen democracias sólidas y disfrutan de las bondades del capitalismo, y los últimos 20 vivan bajo regímenes poco democráticos, autocráticos y estatistas.
Elegir por la libertad de mercados es elegir por darles más poder al consumidor y al ciudadano. No es una ley de defensa del consumidor ni un gremio de consumidores lo que nos defiende frente a la góndola, sino que exista una amplia oferta de productos, marcas, precios, calidades y sabores, que ningún monopolio y que ningún burócrata estatal (por más buenas intenciones que tenga) podrá igualar.
Nuestros países “hermanos” figuran en pésimos lugares del ranking: Venezuela (182), Bolivia (157), Argentina (124), Brasil (120), Ecuador (115), mientras Uruguay se destaca (dentro de esta poco destacada lista) en el lugar 82.
Reza el dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Parece que Uruguay ha elegido el camino de la regulación, del Estado controlando la economía, del asistencialismo social y de ver al empresario “como el lobo al que hay que abatir, en vez de verlo como el caballo que tira del carro”.
Este nuevo escenario va a influir en la conducta de los empresarios: ¿invertirán más o menos? ¿Tendrán que dedicar más tiempo al lobby para conseguir contratos y prebendas con el Estado o lo dedicarán a mejorar la gestión de sus empresas? ¿Acomodarán el cuerpo para vivir bajo el dedo de un Guillermo Moreno o trabajarán para que no existan más los Guillermo Moreno?
Vaya uno a saber.