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    Como uno solo

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2110 - 11 al 17 de Febrero de 2021

    El tiempo no es un recipiente; no es un tipo de espacio dentro del que nos hallamos y en el que se discurre como si se tratara de otro, de un algo distinto de lo que soy, de lo que puedo llegar a ser. Para entender este punto propongo invertir el recto orden del conocimiento para que la temporalidad propia del Dasein se resalte claramente. Un ejemplo me ayudará: si propongo pensar en el espacio, lo primero que salta a la mente es un inmenso bowl que se extiende infinitamente. Por eso se habla de la bóveda celeste, que vendría a ser un vidrio como diría Shakespeare “tachonado de estrellas” que está por encima de la cabeza de uno. Esa es la imagen o, mejor, el esquema que la mayoría de las personas tiene inmediatamente del espacio. Las cosas ocurren dentro del espacio, es decir dentro de esa bóveda, de ese bowl, por decirlo así. En cambio, si propongo que en vez de pensar en el espacio pensemos en el tiempo, viene a la mente Heráclito, a quien le dijeron que la única manera de salvarse la vida es lavarse las manos. Entonces lo vemos lavándose las manos una y otra vez en el río. Pero no se lavará las manos dos veces en el mismo río, así que eternamente Heráclito se está lavando las manos. El agua fluye, por lo tanto nunca se lava las manos en el mismo río y tampoco son las mismas sus manos.

    La idea de movimiento da la idea de lo fugaz. El espacio es una cosa quieta, estática, es el bowl, la bóveda celeste dentro de la cual estamos, que es donde ocurre el vivir. Pero el tiempo, según esta figura, fluye incesantemente como el agua que inmortalizó Heráclito. Para los científicos el tema es simple, pues convierten al río en una línea. Si alguien se ubica en esta línea, el punto donde está es el presente. Siempre se existe en lo que vulgarmente se conoce con el vocablo presente, pero como el agua en el río, este presente, este ahora fluye hacia el pasado y ya no es y a la vez llega otro ahora desde el futuro, un futuro que en sí mismo no existe, y así hasta el infinito. Para Heidegger, hay que pensar que si solo existimos en el presente, la pregunta obvia es, ¿qué duración tiene el presente? ¿Será un minuto, un segundo, seis minutos y medio? ¿Cuál es la duración del presente? Estamos en un aprieto. ¿Es algo instantáneo que va desapareciendo tan pronto existe? Si eso es verdad, parecería entonces que el tiempo no es nada, porque ¿cómo se puede precisar entonces el presente?

    Como explicación teórica, esto luce interesante, digno de ser tomado en serio; pero a poco de mirar de cerca el problema, hay un supuesto que se impone y presupone entender que el tiempo no es nada. Es obvio que tenemos una cierta experiencia viva del paso del tiempo, sabemos cómo pasa el tiempo, pero Heidegger dice que hay algo que no funciona en esta forma de ver el tiempo y plantea una crítica muy severa y a la vez esclarecedora, dice: el ser del Dasein es temporal, pero no en términos de momentos que pasan como el incesante flujo de agua en un río. Heidegger es hábil y no comete la ingenuidad de meterse en la discusión con la ciencia, ya que los relojes realmente miden el paso de momentos, lapsos, estancias de tiempo, y nadie duda de su importancia. El problema es que aquello que procesamos o asumimos con los relojes y con la metáfora del río descansa sobre una concepción de la temporalidad más básica y no categórica. El mundo científico mide lo que uno experimenta exteriormente, como ente en el mundo cotidiano. Según Heidegger esto es verdadero, es decir tanto lo que la ciencia mide como lo que uno experimenta en el mundo cotidiano realmente tiene cierta realidad. Cuando uno espera media hora a que otra persona llegue, ese tiempo es real, pero la estructura ontológica del ser del Dasein no encaja dentro de esta linealidad externa. Hay algo más que está ligado al ser.

    En verdad la temporalidad del Dasein, que es el puro tiempo ontológico, el tiempo que es ser y que el Dasein produce, y el otro tiempo, en el que la teoría y la tradición y las creencias y ciertos confortables recursos de la ciencia tratan y celebran son nociones distintas, experiencias distintas. Para quien vive el ser como despliegue en el horizonte del tiempo la vivencia es diversa y a la vez precisa; única, absolutamente singular. Cuando Heidegger debió explicar a Kierkegaard, dijo algo que desde siempre siento inscripto en el medio del pecho: “Cada hombre nace como todos los hombres, pero muere como uno solo”.

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