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    Comprar y vender grieta

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2153 - 16 al 22 de Diciembre de 2021

    por Fernando Santullo

    En estas columnas suelo insistir con que en Uruguay no existe la famosa grieta que muchos parecen querer importar de Argentina. También he dicho que usar el término implica ya haber comprado una parte del problema. Usar el vocabulario es ya haber asumido parte del marco mental que crea y que cree en las grietas como método político. Algo parecido a lo que pasa cuando se empieza a discutir sobre la relación que existe entre inmigrantes y delito: si lo hacés es porque ya compraste parte del marco de ideas del xenófobo y aceptaste jugar en el terreno que él ha delimitado con su vocabulario y las ideas que laten detrás.

    Es por eso que los resultados de un debate nunca son ajenos a los términos que se usan para el debate. Cuando alguien dice: “bueno, el tema está horriblemente mal planteado pero al menos lo estamos discutiendo y eso es bueno”, se equivoca. Nada bueno va a salir de un debate en donde los términos (y los ejes que se derivan de esos términos) están mal. Por eso, comprar el vocabulario de aquellos que obtienen peores resultados democráticos que los nuestros nunca va a derivar en alguna mejora para nosotros. Por eso me resisto a usar el concepto de grieta: Argentina nos puede enseñar sobre un montón de cosas, muchas más que nosotros a ellos. Pero sobre maneras democráticas y pacíficas de lidiar con la diferencia, creo que no. Y eso porque a pesar de sus mejores intentos en la materia (y de tener un montón de gente que piensa muy bien), históricamente sus resultados en esos asuntos no mejoran los que ha tenido Uruguay.

    El problema de comprar el marco mental de quien hace las cosas peor no es un asunto que se limite al vínculo entre Uruguay y Argentina. Es parte de la política en todas partes, es parte de nuestra vida diaria, de nuestras interacciones, de nuestra cotidianeidad. Por eso es importante ser cuidadoso en las palabras que se usan al debatir: los efectos de esos usos se van a ver en todos los ámbitos de nuestra existencia. En el caso concreto de la grieta, sus efectos tienen que ver de manera directa con las maneras liberales o iliberales de concebir la democracia. Y ojo, cuando hablo de “liberales” no me refiero a lo que el liberalismo como tradición política considera mejor para la sociedad. Hablo de los mecanismos que tiene nuestra democracia para lidiar con el disenso y la diversidad en sociedades complejas como las nuestras: sistemas que garantizan el derecho a un debido proceso, a la intimidad, a la propiedad, a la igualdad ante la ley. También las libertades de culto, expresión y asociación.

    Si concibo al vecino de enfrente como una bestia (un gusano, un gorila), es decir, como un no ciudadano, estoy de hecho robándole sus derechos fundamentales, aquellos que se tienen en tanto ciudadano. Es sacarle aquello que de manera esencial (en términos de buscar una definición mínima y al mismo tiempo universal) lo convierte en un “interlocutor válido”. El otro, piense o no como yo, tiene mis mismos derechos y esos son los que se tienen en nuestras sociedades en tanto miembros de las mismas. Por supuesto, eso no implica estar de acuerdo con sus ideas, pero sí estar de acuerdo con los métodos que nos hemos dado para dilucidar cuáles ideas debemos aplicar colectivamente en un momento dado. A la preservación y al ejercicio pacífico y regulado por ley de esos derechos es a lo que llamo liberal. Lo otro, la definición política de lo que el liberalismo considera mejor para el colectivo, lo dejamos para otro día; es un tema más discutible. Lo que es menos discutible es que ese sistema de garantías es la mejor solución que hemos encontrado hasta el momento. Imperfecta, bastardeada en un montón de lugares, con mil problemas para su desarrollo. Pero siempre mejor que la mejor dictadura o el mejor monarca absoluto.

    El asunto es que a través de las nuevas tecnologías, esas que nos pegotean con gente a la que hemos esquivado toda la vida, se hace evidente que no todos dan dos cobres por ese sistema de garantías y derechos que nos permite dirimir las diferencias de manera pacífica. Eso que antes uno intuía, esto es, que una parte no pequeña de nuestros conciudadanos no tendría el menor problema en meternos en una celda porque no le gusta lo que pensamos, resulta hoy perfectamente transparente en las redes sociales. Los recursos que antes se usaban en privado para deshumanizar a quien no nos gusta como piensa, se usan hoy a cara descubierta. O más o menos: la inmensa mayoría de los agresores de las redes usan pseudónimo. El resto evidentemente está tan extasiado con su violencia virtual que a veces pierde los papeles hasta el punto de exponerse a una denuncia y/o una demanda. O si no, que les pregunten a quienes se dedicaron a agredir a Florencia Astori en Twitter y tuvieron que pedir disculpas públicas cuando, después de la correspondiente denuncia, la ley amagó con llevárselos puestos.

    Obviamente, es imposible sacar conclusiones generales sobre el ánimo de una sociedad usando como único insumo lo que ocurre en las redes. Por más que los políticos estén siempre con un ojo puesto en Twitter, el hecho es que solo 12% de los uruguayos usa esa red. Y de ese total, muchísimos no se dedican a agredir a quien no piensa como ellos. También es cierto que, de manera bastante asombrosa, entre esos agresores se cuenta un número nada despreciable de profesionales universitarios. Es llamativo (y peligroso) que no pocos de quienes se suponen mejor preparados para entender las ventajas de nuestras democracias y dudar de las supuestas bondades de la grieta, anden por Twitter con la pala al hombro, ansiosos por seguir cavando.

    Como decía, es difícil extrapolar nada desde las redes al resto de la sociedad. Pero cuando uno ve que la famosa grieta no solo no es negada por quienes tienen responsabilidades (políticos, empresarios, profesionales, profesores, etc.), sino que incluso empieza a ser festejada como alternativa iliberal a lo que ya tenemos, es inevitable empezar a preguntarse si la mala idea no estará calando. No parece una gran idea para un lugar en donde, con orgullo, se asume (¿asumía?) que la distancia ideológica entre las distintas opciones políticas en pugna son menos extremas que en los países vecinos. Y que esa moderación es (¿era?) un rasgo virtuoso de nuestro sistema político. Que es (¿era?) una de las razones para que el desarrollo del estado de bienestar haya sido una constante desde casi el comienzo mismo de nuestra andadura como país.

    Así que, insisto, en Uruguay la grieta no existe. Pero no porque me niegue a verla, sino porque entiendo que asumirla es comprar el problema y el vocabulario bélico que la envuelve. Lo hago sabiendo que hoy estamos un poco peor que ayer en la materia y que, aun así, mañana podemos estar aún peor. Como decía Michael Franti en una vieja canción: “Las palabras pueden reducir a una persona a un objeto, algo más fácil de odiar”. Cuidemos entonces las palabras que usamos para hablar de nuestra convivencia. No compremos grieta a quienes la venden como solución cuando, es evidente, no lo es.

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