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Sin vacilar, con la misma pasión y firmeza con que su padre y su hermano abrazaron la carrera política, Luis Batlle Ibáñez abrazó el piano y la música. Alumno de Guillermo Kölischer y de Victoria Schenini, a los 21 años fue a París a estudiar con Yves Nat. Poco después, en gira de concierto en Estados Unidos conoció al notable Rudolf Serkin, con quien entabló una relación artística y de amistad que lo llevó a nombrar a Serkin padrino de su boda, que se celebró en Montevideo en 1958.
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El valor musical de Batlle Ibáñez, captado de inmediato por Serkin, fue el puente que vinculó a Batlle con la Universidad de Marlboro, en el estado de Vermont, donde finalmente el pianista estableció su residencia permanente y donde el miércoles 25 de mayo lo sorprendió la muerte. Además de dictar clases en varias universidades norteamericanas y de ofrecer conciertos por América Latina, Europa y Estados Unidos, Batlle fue durante casi 40 años docente destacado de la Universidad de Marlboro, que en el 2002 y en su homenaje designó una cátedra con su nombre.
Ese fuerte lazo artístico nunca fue obstáculo para que Luis Batlle visitara su país y su familia año tras año y nos deleitara con algún concierto donde su penetrante enfoque de la obra era siempre personal, auténtico y enriquecedor. Escucharlo era aprender. Era un maravilloso pianista de cámara, gran intérprete de Beethoven, Schubert y Mozart. Retengo imágenes y sonidos imborrables de hace 40 años: un ciclo de las Sonatas para violín y piano, de Beethoven, con Salvatore Accardo en el Solís; las Sonatas para piano, de Schubert, en el Teatro del Anglo; una memorable versión de la Sonata La Tempestad, de Beethoven, en el Teatro Circular. Más acá en el tiempo, en 1996, las Sonatas para violín y piano, de Mozart, que hizo con Fernando Hasaj con motivo del centenario del Banco República, y en 2001 la integral de Sonatas para violín y piano, de Beethoven, también con Hasaj, en la Sala Vaz Ferreira.
No hay mejores palabras para definir su talento que las que utilizara el colega Washington Roldán en una crónica de la época: “A Batlle le falta el magnetismo espectacular de los grandes virtuosos, pero tiene en cambio la madurez y la hondura conceptual de un músico infalible, lo que lo lleva a descubrir la verdad allí donde la verdad musical está. No brinda las obras en bandeja al consumidor sino que requiere la colaboración del auditor en una especie de comunión de sinceridades”.