Este año, el sonido más terrorífico en el cine no fue ni el bramido de un monstruo ni el alarido de una víctima de algún loco con una motosierra. Provino, en cambio, del quebrar de una pequeña ramita. Un chasquido seco, casi ridículo en su simpleza, que en el silencio de una sala se convierte en el verdadero detonante del horror que plantea la película Obsesión: un deseo mágico con consecuencias tenebrosas.
Esa misma apuesta por la economía de recursos se traslada al terreno espacial en Backrooms y sus locaciones principales. Veremos pasillos infinitos de paredes amarillas y alfombras húmedas, techos bajos iluminados por tubos fluorescentes que parpadean sin descanso y puertas que no llevan a ninguna parte. La geometría perfecta de una oficina vacía que se repite hasta el infinito, cuya aplastante monotonía la convierte en un laberinto del que es imposible salir.
Curry Barker (26 años) y Kane Parsons (20) son los directores debutantes responsables de las respectivas películas y también de encabezar un fenómeno que convirtió al terror en bandera. El género viene dando frutos, económicos y artísticos, desde hace años, pero Hollywood cree haber encontrado una nueva mina de oro. O, al menos, un nuevo tipo de minero: cineastas que llegaron al cine desde sus canales de internet con presupuestos mínimos y rompieron récords históricos. Sus películas dicen algo sobre la industria, pero sobre todo sobre los terrores de una generación preparada, y ansiosa, por nuevas ideas.
Obsesión cuenta la historia de Bear (Michael Johnston), un empleado de una tienda de discos que compra una ramita mágica para que la chica que le gusta se enamore de él, y descubre que el deseo tiene consecuencias que no había previsto. El 14 de mayo, la película se estrenó en Uruguay sin mucho ruido. No había una campaña masiva de promoción y menos un nombre reconocible en la dirección o elenco. Curry Barker, su director, era conocido principalmente por un canal de YouTube de sketches cómicos y por una película de terror filmada con US$ 800 que había subido a internet después de un año de intentar conseguir distribución sin éxito.
Tres meses después, Obsesión sigue en cartelera en Montevideo, dando batalla entre el Ulises de Christopher Nolan y el Spider-Man que interpreta Tom Holland, y algunas reseñas sueltas de usuarios uruguayos coinciden en algunos puntos: que la película incomoda y sorprende más de lo esperado, que no se agota en el susto fácil y que en su protagonista femenina, Inde Navarrette, se encuentra una de las actuaciones imperdibles del año.
En Uruguay, y en el mundo, la película fue creciendo gracias al boca a boca: primero entre los seguidores que Barker ya tenía en internet, después entre espectadores que no sabían quién era pero que salían de la sala con un entusiasmo notorio. Es el tipo de película que se potencia con el público, donde la incomodidad, el asombro y la carcajada nerviosa de la fila de al lado forman parte de lo que se está viendo. Y es precisamente esa experiencia compartida la que explica un comportamiento comercial inusual para el género de terror, en el que las recaudaciones suelen caer drásticamente tras el estreno. Aquí, el boca a boca hizo lo contrario y convirtió una apuesta modesta en un fenómeno global. La película costó US$ 750.000. Lleva recaudados más de US$ 150 millones en todo el mundo.
Backrooms, en cambio, ya salió de cartelera en Uruguay, aunque volvió brevemente en una versión con metraje adicional —un fenómeno que acerca a la industria cinematográfica y a la del videojuego, pero que merece una nota aparte—. La película propone un viaje sin retorno por un laberinto de oficinas vacías y pasillos infinitos, un espacio que no debería existir y del que no hay salida. En ella, Chiwetel Ejiofor interpreta a Clark, dueño de una tienda de muebles al borde de la quiebra que queda atrapado en esa dimensión que encuentra en el subsuelo de su negocio. Renate Reinsve es Mary, su terapeuta, que se adentra en el laberinto para rescatarlo.
La dirigió Kane Parsons, que tiene 20 años y que construyó su reputación en YouTube con una serie homónima sobre esos espacios, llamados “liminales”, de alfombra amarilla y luz fluorescente, que se convirtieron en un fenómeno de cultura de internet. Los espacios liminales son, en esencia, entornos transicionales y ambiguos: pasillos vacíos, centros comerciales abandonados, oficinas desiertas; lugares diseñados para ser transitados pero que, al quedar despoblados, revelan una extrañeza inquietante y una calidez artificial que resulta profundamente perturbadora.
A24, la distribuidora de la oscarizada Todo en todas partes al mismo tiempo (2022), apostó por la película. Y el resultado fue su mayor éxito comercial a la fecha. Con un presupuesto de US$ 10 millones, recaudó US$ 117 millones globales en sus primeras semanas, el mejor estreno en la historia del sello. Parsons se convirtió así en el director más joven en liderar la taquilla estadounidense.
Pero esas cifras, que alegraron a una larga cadena de ejecutivos, no están aquí para hacerle la contabilidad a nadie. Están para explicar por qué Hollywood ya está preparando las chequeras para la próxima camada de creadores de YouTube.
Obsesión se presentó en el Festival de Toronto en setiembre de 2025, donde las distribuidoras pujaron entre sí para quedarse con los derechos. Barker le dijo a The Guardian que nunca pensó que la gente podría sentirse amenazada por él o por su película. Jason Blum, el productor que convirtió el terror en una máquina de hacer dinero con franquicias como Actividad paranormal e Insidious, dijo a Variety que YouTube es “un nuevo lugar donde buscar la próxima generación de talento innovador”.
Blum, que como productor no es ningún ingenuo, sintetiza algo que la industria viene procesando con más velocidad de lo que reconoce públicamente. Hollywood siempre tuvo mecanismos de búsqueda de talento nuevo —los festivales, los cortometrajes, la televisión— y en cada caso tardó en aceptar que el nuevo canal era legítimo. La televisión fue considerada un medio menor durante décadas, hasta que los directores que venían de ella empezaron a dominar el cine. YouTube lleva más de veinte años existiendo y la industria recién ahora empieza a verlo como algo más que una cantera de virales.
Hay, sin embargo, algunos matices pertinentes. Tras el éxito de Backrooms y Obsesión, el camino de creador de YouTube a pantalla grande ha sido descrito como la aparición de un nuevo eslabón en la cadena de producción cinematográfica, un componente que hasta ahora no existía. Y sí. Parsons y Barker son dos casos de éxito en un sistema que produce muchos más fracasos de los que documenta, pero el hecho de que ambos llegaran respaldados por productores experimentados y por máquinas de distribución como A24 y la compañía Focus Features sugiere que el camino de YouTube al cine no es tan horizontal como la narrativa del éxito hace parecer.
Más allá de los números y las estrategias de la industria, las dos películas comparten un mismo diagnóstico sobre la crisis masculina. En Obsesión, Bear desmitifica al “buen tipo” desvalido. Cuando su deseo se cumple y Nikki (Inde Navarrette) queda atrapada en un simulacro de sí misma, la película expone la apatía de un varón que prefiere la sumisión dócil antes que enfrentar el rechazo. Navarrette convierte a Nikki en un cuerpo vacío, una sonrisa mecánica que genera más incomodidad que miedo, y su actuación es el espejo donde Bear mira su propia mediocridad.
Inde Navarrette, actriz revelación de Obsesión.
Universal
En Backrooms, Clark es un hombre ya derrotado por la vida. Divorciado, en quiebra, al borde del colapso, para él el laberinto de oficinas vacías es un refugio donde nadie le exige que cambie. Lo que une a ambas películas es la decisión compartida de sus protagonistas de no salir. Bear y Clark podrían redimirse, pero eligen perpetuar su propio cautiverio. El horror, en ambos casos, viene de la incapacidad de encarar su propia mediocridad.
Barker construye a Bear como alguien reconocible, alguien cuya lógica se entiende aunque sus acciones sean indefendibles, y esa ambigüedad es lo que hace incómoda a la película de una manera que el terror convencional rara vez logra. Parsons trabaja la crisis de manera más abstracta, a través de un personaje que descubre que el control que creía tener sobre su entorno era una ilusión, y el espacio liminal se convierte en la metáfora visual de ese descubrimiento.
Esas imágenes de pasillos vacíos, salas de espera infinitas y habitaciones sin ventanas que circulan como memes de ansiedad colectiva dicen algo sobre lo que le pasa a una generación que vive con una pantalla siempre encendida. El scroll infinito, la plataforma que siempre ofrece más del mismo contenido, la sensación de estar atrapado en un espacio diseñado para que no haya salida son experiencias que Backrooms convierte en lenguaje cinematográfico sin necesitar explicarlas. Obsesión hace algo parecido pero desde lo emocional, al retratar el deseo amplificado por la lógica de la gratificación inmediata y el horror de conseguir lo que se quería.
Formalmente, las dos películas rechazan el espectáculo de efectos digitales que por lo general domina el terror, pero cada una lo hace a su manera. Backrooms absorbe la estética del found footage y del video de YouTube, y la eleva con un trabajo de ambientación que convierte la monotonía visual de los espacios liminales en algo genuinamente perturbador. Obsesión es más convencional en su forma pero más arriesgada en su mezcla de registros: apuesta a que el espectador se ría y se asuste en el mismo plano sin que uno cancele al otro, y convierte la reacción colectiva del público en parte del espectáculo.
Ambas son películas que entienden que el terror no necesita monstruos ni sustos fáciles. Necesita una idea, una atmósfera y la convicción de que el miedo, cuando viene de adentro, se queda mucho más tiempo. Y en eso, Barker y Parsons, dos chicos que llegaron de internet con presupuestos mínimos, le ganaron a casi todo lo que el género ofreció este año.