Nº 2094 - 22 al 28 de Octubre de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQuizás puede parecer historia vieja, pero nos resistimos a no hacer alguna referencia a lo acontecido desde la aparición de nuestra última columna. Más aún cuando no es común en un fútbol bipolar como el nuestro que un equipo de los denominados chicos haya obtenido el primer torneo del año.
Pero así fue. El modesto Rentistas fue el legítimo campeón del Apertura, por haber sido el equipo más regular de un certamen atípico al quedar separado en dos tramos por causa de la actual pandemia. Y lo que realza su mérito fue que en las últimas fechas supo recobrar el liderazgo ostentado durante todo ese tiempo, de modo que aquella pareja y excelente campaña no naufragara finalmente. Es claro que en ello incidió también la imprevista defección tricolor en ese último tramo (con algunos claros errores de su técnico Munúa), que hizo que ambos equipos llegaran igualados al final del certamen y debieran definirlo en un partido extra. Y en este el equipo rojo —luego de un alargue— se quedó merecidamente con el título, el primero de su larga trayectoria de 87 años. El técnico relativamente nuevo Alejandro Capuccio supo graduar el esfuerzo de su reducido plantel para bancar los 120 minutos de juego —lo que no supo hacer su colega— y a poco de iniciado el alargue llegó el que sería el único gol del partido, y su merecida coronación. Y mientras los Bichos Colorados festejaban su histórica conquista y su polifacético técnico (es abogado y escribano) se convertía en el “hombre del día”, la continuidad de su colega quedó pendiente de un hilo, entre el puñado de alicaídos dirigentes tricolores presentes en el Centenario.
Al día siguiente el ciclo de Munúa había concluido y, al parecer, en nada pesó el hecho de que, a diferencia de lo que ocurría en tiendas aurinegras, dejaba a Nacional ya clasificado para la siguiente ronda de la Copa Libertadores y compartiendo con Rentistas la punta en la Tabla Anual, con una clara ventaja ante su tradicional rival. Al parecer a los directivos no les conformó el declive del equipo en el tramo final del Apertura, cuando se había adueñado de la punta, ni el manejo de los cambios en el desempate decisivo. Amén, claro está, de haber perdido esta temporada dos finales frente a clubes chicos. La decisión de confiar al secretario técnico Jorge Giordano el mando del equipo durante el torneo Intermedio, mientras se busca un sustituto (cuestionada por la gremial de directores técnicos por la confusión de los roles de ambas funciones), comenzó favorablemente, pues ganó su primer partido y, al perder Rentistas el suyo, Nacional quedó como líder exclusivo de la Tabla Anual. Entre tanto, el elenco tricolor pugnaba anoche ante Alianza Lima, por ubicarse primero en su grupo clasificatorio de la Copa Libertadores, de modo de pretender esquivar a los rivales potencialmente más duros en la ronda siguiente.
Tampoco la tenía fácil Mario Saralegui en tiendas aurinegras. Es que al asumir como técnico —interpretando, según él dijera, el mayoritario sentimiento de la hinchada— anunció como su meta la obtención de la sexta Copa Libertadores; promesa que, visto la conformación del plantel de que dispondría, parecía aventurada. Y aunque priorizó sus esfuerzos en ese plano, los resultados no fueron los esperados. En efecto, no pudo ganar como visitante (al igual que en todas las ediciones del presente siglo, excepto la del año 2011) y por ese compromiso autoimpuesto cedió posiciones en el plano local, pues apeló a un equipo demasiado alternativo y reservó a los titulares para la actividad internacional. Así, llegó al compromiso del pasado martes con la obligación de ganarlo sí o sí para pasar a la siguiente fase, pero siempre que Wilstermann no venciera a Colo-Colo en su visita a Santiago de Chile. O sea, sin depender únicamente de su propio esfuerzo, para poder continuar su marcha en el torneo.
Así las cosas, el partido frente a un Athletico Paranaense ya clasificado (con una formación plagada de suplentes y hasta con algunos infectados por el Covid-19 en sus filas) dejó una vez más al descubierto las graves falencias de este equipo aurinegro. Aunque arrancó ganando con un gol de entrada, replegó prontamente sus líneas, cediéndole la iniciativa y la pelota al equipo brasileño, aunque este no llegaba con peligro hasta la valla de Dawson. Sin embargo, a pocos minutos del final de ese primer tiempo, tras un descuido de la zaga aurinegra llegó el gol del empate y, poco después, un inesperado segundo gol visitante que complicaba drásticamente el panorama.
Con el ingreso de Christian Rodríguez por Gargano, con más empeño que ideas y quedando siempre expuesto a algún contragolpe letal del rival, Peñarol logró nivelar el tanteador promediando el complemento, y de allí en más vino la consiguiente arremetida en busca del gol de la victoria, que llegó ya cerca del final con un certero cabezazo de Britos, que había ingresado tardíamente, un par de minutos antes. Aunque muy distante del rendimiento esperado, Peñarol lograba igualmente el resultado que necesitaba para su clasificación. Pero casi coincidentemente, y como una cruel mueca del destino, un agónico gol del Wilstermann en Santiago le permitió al equipo boliviano acceder a la segunda ronda, haciendo naufragar abruptamente el ya iniciado festejo aurinegro, que deberá quedarse con el desmonetizado consuelo de una Copa Sudamericana, esquiva hasta ahora a las pretensiones de todos los equipos uruguayos.
Es claro que Peñarol no perdió su chance en la noche del martes. Pudo lograr lo que estaba a su alcance. Tenía que ganar y así lo hizo. Pero es claro que, por ejemplo, no supo aprovechar ciertas contingencias favorables —como la de arrancar en ventaja con un gol tempranero— en sus sucesivas visitas a Santiago y Cochabamba; y está demostrado que es imposible superar la fase inicial de la Libertadores solo con los puntos logrados como local. Y ya son demasiados los años (desde el 2011, cuando arribó a la final que perdió con el Santos) que Peñarol no lo logra. En tanto, su eterno rival está otra vez clasificado y solo resta saber si sale primero en su grupo (algo que siempre pesa, especialmente en un año electoral como el presente).
¿Qué pasará ahora? ¿Podrá Saralegui mantenerse como técnico cuando para cumplir con una apuesta (que pareció más “tribunera” que realista) hipotecó en buena medida su chance en la actividad local? Es posible que impere en sus directivos el realismo de apostar ahora a la Copa Sudamericana, que sin tener el relumbrón de la Libertadores puede permitirle al aurinegro ser el primer equipo uruguayo en obtenerla, y recaudar además unos cuantos dólares. ¿O enfocar sus baterías para recuperar las ventajas ya otorgadas en la actividad local? Estos próximos días podrán aclarar este complejo panorama.