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    Confusión de la alegoría

    Columnista de Búsqueda

    N° 1997 - 29 de Noviembre al 05 de Diciembre de 2018

    El mayor panfleto de la historia del arte ha de ser, fuera de toda duda, la tela de Delacroix La Liberté guidant le peuple. Nunca tantos lugares comunes se conjuntaron para dar eficiencia al mensaje de que la libertad política y la libertad, que el pueblo y sus conductores, que las ideas y su sangrienta ejecución forman parte de un mismo gesto, de una misma realidad, son realidades inseparables. La alegoría de la Libertad es una joven del pueblo, con su gorro frigio, su cuello y pechos desnudos, su paso firme enarbolando la bandera tricolor. A su lado un jovencito, casi un niño, que lleva dos trabucos y un bolso de estudiante; a su izquierda un burgués, ataviado según la moda de la época, con su levita y galera. A los pies de la triunfal dama, a punto de ser pisados, tenemos unos indiferentes cadáveres de soldados monárquicos; cerca de la rodilla de la Libertad un hombre de pañuelo rojo en la cabeza simboliza a un campesino anhelante que ruega y agradece el paso triunfal. Detrás de ella se ve la furiosa multitud armada de cualquier forma y más atrás emerge el humo de los incendios, de la destrucción, el polvo sobre el que se habrá de enterrar el viejo régimen.

    El impacto de esta pieza está dado por el sugestivo poder de síntesis. En efecto, quien se confronta al magnífico lienzo entiende qué fue la Revolución francesa, qué valores y abstracciones y símbolos manejó; cuál fue el tono emocional, el ánimo de esa forma de hacer política llevado a sus extremos; qué tipo de legitimaciones se quieren perpetuar. Una de ellas, la más peligrosa entiendo, es la de asimilar la libertad a esa lucha, a esas formas, a esos hechos. El cambio de régimen político, los modos de operar la Justicia y los cambios en la configuración de las clases sociales, la abolición benéfica de los determinismos de la cuna y el traslado de la soberanía hacia improvisadas instancias de gestión son realidades significativas, pero no necesariamente deberían ligarse como indisolubles al concepto de libertad que afecta directamente la existencia de los individuos. La política es lo que es, y la existencia personal es muy otra cosa.

    Esto lo aclara muy bien Friedrich Hayek cuando avisa que no debe confundirse lo colectivo con lo individual al hablar de libertad. “La aplicación del concepto de libertad en sentido colectivo más bien que en sentido individual escribe en su libro Los fundamentos de la libertad (Unión Editorial, España, 2008)se aclara cuando hablamos de los deseos de un pueblo de liberarse del yugo extranjero y de determinar su propio destino. En este caso utilizamos libertad en sentido de ausencia de coacción de un pueblo como tal. Los partidarios de la libertad individual han simpatizado generalmente con tales aspiraciones de independencia nacional, y ello ha conducido a la constante pero incómoda alianza entre los movimientos nacionales y liberales durante el siglo. Pero aunque el concepto de independencia nacional sea análogo al de libertad individual, no es el mismo, y el esfuerzo para conseguir la primera no siempre se ha traducido en un acrecentamiento de la segunda. A veces tal esfuerzo ha llevado a un pueblo a preferir al déspota de su propia raza antes que al gobierno liberal de la mayoría extranjera, y a menudo ha proporcionado el pretexto para restringir de manera implacable la libertad individual de los miembros de las minorías. Incluso aunque el deseo de libertad del individuo y el deseo de libertad del grupo al cual pertenece descansen a menudo en emociones y sentimientos iguales, es todavía necesario mantener los dos conceptos claramente diferenciados”.

    Los abusos de la retórica, donde intervienen la habilidad manipuladora de los más lúcidos y la distracción penosa de los más, han llevado a que se utilicen con indistinta soltura expresiones que no son sinónimas como sí lo fueran. La idea de la liberación colectiva como consagración de la libertad es, por lo menos, incompatible. Lo nacional es una abstracción respecto de lo individual: un país es libre si su gente tiene libertad para hacer o no hacer, para ganar o perder, para entrar o salir, para decir lo que piensa, para vivir de su trabajo o de sus habilidades o de sus bienes sin afectar con ello derechos de otros. Lo demás, para el que vive y con su esperanza y su trabajo construye lo que vive, es secundario.

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