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    Confusión de los relojes

    Columnista de Búsqueda

    N° 1987 - 20 al 26 de Setiembre de 2018

    Si el ser, como postula Heidegger, es posibilidad, entonces el tiempo es de la partida del ser; no una otra cosa, como lo sería el sujeto respecto del objeto, sino una y la misma cosa que se implica; no hay ser por una parte y tiempo por otra, sino que hay una única y radical realidad que es ser y tiempo. Dice Borges que estamos hechos de tiempo, de sangre y de agonía.

    Lo de Bergson a este respecto, lo de Proust —que es casi lo mismo— resulta de otra índole: tiempo para ellos es lo no tocado que alberga el recuerdo; es lo que está escondido y anhelante en algún rincón de la vida, que se esconde y vive donde puede, por ejemplo en el corazón de una esponjosa magdalena que al entrar en contacto con la taza de té, cuando su masa es impactada por las ondas internas de la infusión, mágicamente libera sus llamados y comienza a traer sobre el presente el tropel de lo que parecía perdido para siempre, los años de la niñez, los seres queridos del pasado, los sueños y miedos de entonces, aquellas ya olvidadas esperanzas. La palabra sinapsis reduce en alto grado el fenómeno, pero es la más cercana para describir lo que acontece en esa intercesión misteriosa en la que estamos cuando ocurre la gran epifanía de encontrarnos con lo que fuimos.

    Alguna de estas preocupaciones subyacen en la perspectiva del narrador que trata con la vida extraña y maravillosa de Orlando. El ahondamiento del instante, como mera constatación, deriva en una puerta que nos lleva a meditar acerca del carácter sospechoso que tienen todas nuestras medidas temporales. Hay mucho en ellas que es indigno de crédito.

    Vale la pena conocer el fragmento al respecto: “Y ahí entonces volvió, días tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Vio dorarse las hayas, y desrizarse los helechos tiernos; vio la hoz de la luna y después el círculo; vio cómo cada árbol y cada planta de los alrededores aparecía primero de color verde, luego de color de oro; cómo las lunas nacen y los soles se ponen; cómo la primavera sigue al invierno y el otoño al verano; cómo la noche sucede al día y el día a la noche; cómo hay primero una tormenta y luego buen tiempo; cómo las cosas siguen como están por dos o tres siglos, salvo unos granos más de polvo y algunas telarañas que se pueden barrer en media hora; hechos que caben en la breve fórmula: “Pasó el tiempo” (la cifra exacta podría ir entre paréntesis) y no sucedió nada. Por desgracia, el tiempo que hace medrar y decaer animales y plantas con pasmosa puntualidad, tiene un efecto menos simple sobre la mente humana. La mente humana, por su parte, opera con igual irregularidad sobre la sustancia del tiempo. Una hora, una vez instalada en la mente humana, puede abarcar cincuenta o cien veces su tiempo cronométrico; inversamente, una hora puede corresponder a un segundo en el tiempo mental. Ese maravilloso desacuerdo del tiempo del reloj con el tiempo del alma no se conoce lo bastante y merecería una profunda investigación. Pero el biógrafo, cuyas tareas son, como lo hemos dicho, de lo más reducidas, tiene que limitarse a declarar: cuando un hombre ha alcanzado los treinta años, como ahora Orlando, el tiempo que dedica a pensar se le hace enormemente largo; el tiempo que dedica a obrar, enormemente breve. Así Orlando daba sus órdenes y despachaba en un santiamén los menesteres de su vasta propiedad; pero en cuanto estaba solo bajo la encina, los segundos se inflaban y se inflaban como si nunca fueran a caer. Iban llenándose, además, de objetos incoherentes. No solo lo asaltaban problemas que han confundido a los mayores sabios —¿Qué es el amor, qué la amistad, qué la verdad?—, sino que al pensar en ellos, todo su pasado, tan infinitamente largo y tan múltiple, se agolpaba en el segundo pendiente, lo hinchaba de increíble manera, lo teñía de mil colores y lo colmaba con todos los desperdicios del universo. En tales cavilaciones (o como se les quiera llamar) pasó meses y años de su vida”.

    Esa confusión del personaje no es solamente derivada de la clave fantástica de su realidad, nada menos que la inmortalidad; ni tampoco producto de una meditación que se deja ir y se hunde y anuda sin esperar ir a ninguna parte. Nada de eso. Orlando vive el tiempo dilatándose en un repliegue sobre sí mismo, construyendo hacia adentro los caminos de comprensión del mundo. Es natural que los relojes lo confundan. O le parezcan superfluos.

    // Leer el objeto desde localStorage