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    Conmemoración amarga

    Columnista de Búsqueda

    N° 2055 - 16 al 22 de Enero de 2020

    Llegué a Puerto Príncipe unos meses después, y ya al aterrizar se veía la magnitud del desastre. Pasaron 10 años y todavía tengo en la retina el blanco y el celeste del mar de plástico de los campamentos que vi desde el aire, tengo en la piel el calor y el polvo que me golpearon cuando salí del aeropuerto, tengo en las narinas el primer olor de la fruta podrida y de los cuerpos sudorosos y de la comida frita. Y el olor de la muerte.

    Porque en Haití, el 12 de enero del 2010, la tierra tembló 35 segundos.

    El sismo, de una intensidad 7,3 en la escala de Richter, tuvo un efecto parecido al de una bomba nuclear de 5 megatones. Mató a más de 300.000 personas y dejó sin hogar a casi 2 millones que fueron desplazados, muchos de los cuales continúan arrastrando una situación de precariedad hasta el día de hoy. Se estima que las pérdidas económicas causadas por el desastre fueron de más de US$ 7.900 millones, cifra escalofriante para un país ya pauperizado, ya el más pobre de América.

    Goudu-Goudu, como lo llaman los haitianos, derrumbó miles de casas. Y no existió, dicen, un esfuerzo coordinado y eficiente para retirar escombros y buscar supervivientes, y los cuerpos quedaron bajo las piedras durante meses y hasta años. Todo se realizó de manera desorganizada y a impulsos aislados, y tal vez nunca se sepa cuántas personas murieron realmente.

    El primer recorrido por la ciudad me causó un impacto brutal. El traqueteo del vehículo sobre piedras y chapas y maderas, las subidas y bajadas entre los escombros, la visión impactante del Palacio de Gobierno partido, literalmente quebrado, las fábricas cerradas, la Catedral derruida, las calles bloqueadas por la destrucción, las carpas amontonadas en parques, plazas, en los porches de las casas.

    Vi a una anciana que cocinaba y vivía bajo una piedra, niños perdidos en los campamentos, hombres flacos que arrastraban carros con sus pertenencias, y vi mujeres, muchas mujeres embarazadas, delgadísimas mujeres que me miraban con sus ojos enormes.

    Poco después conocí el significado de grangou, esa palabra en creole que significa “hambre”. La primera vez alguien se acercó y murmuró grangou en mi oído como un mantra o como una maldición. Después hubo un niño, una vieja, un inválido. Pronunciaban la palabra sin extender la mano, solo decían grangou, observaban mi estremecimiento. Y esperaban.

    Diez años después del terremoto las cifras de la Organización Internacional de las Migraciones dicen que más de 30.000 personas continúan viviendo en carpas, y que aún existen 22 campamentos a los que no sin humor se los llama temporales. En esos barrios de plástico persiste y hasta se agudiza la precariedad, la falta de higiene y de dispensarios médicos, pero ha florecido la violencia, la drogadicción, el crimen organizado. Si la vida es un infierno en todo el país, en esos lugares es inimaginable: promiscuidad, inseguridad, vulnerabilidad de mujeres y niños, abusos sexuales.

    En la última década, al menos 10.000 personas han muerto en esos refugios por epidemias como el cólera. Se dice que el cólera, importado por nepaleses de Naciones Unidas, explotó en esas ciudades de nylon sin baños ni saneamiento, sin recolección de basura, en una de esas ciudades donde la gente acarrea bidones de agua contaminada. Ciudades pestilentes donde se sobrevive en las condiciones más duras, si se sobrevive.

    Sandra Lamarque, responsable de la misión de Médicos Sin Fronteras en Haití, dice: “La atención mediática se ha ido a otra parte y la vida diaria de los haitianos se ha hecho incrementalmente más precaria debido a la inflación, a la carencia de oportunidades económicas y al brote regular de violencia”.

    Según UNICEF todavía hay 4,6 millones de personas que necesitan ayuda humanitaria, de las que 1,9 millones son niños. Además, hay 3,7 millones de personas que sufren de desnutrición aguda. Según cifras del Banco Mundial, más de seis millones de haitianos —que corresponden al 60% de la población— vive bajo el umbral de la pobreza, mientras que 2,5 millones se encuentran en una situación de pobreza extrema.

    Al menos 11.581 millones de dólares (sí, casi 12.000 millones) han sido canalizados en proyectos de reconstrucción a través del Módulo de Gestión de la Ayuda Externa del Gobierno de Haití. Los fondos gestionados a través de las ONG han sido incalculables, incontrolados, y, en muchos casos, mal gestionados o directamente escamoteados, lo que llevó a Haití a ser bautizado como “la república de las ONG”.

    Después de mi primer viaje hubo muchos viajes, vi la miseria y la corrupción, conocí el interior profundo y las ciudades de un territorio sin justicia y sin médicos, sin otra seguridad que los muros y las metralletas de los ricos. Vi un estado débil, anómico, fallido en los hechos, que permite prosperar a las bandas armadas a las que la policía no puede o no quiere hacer frente, una situación que precipita a la población en una espiral de violencia. Pasaron los años desde aquel 12 de enero, desde aquellos 35 segundos que duró el temblor, y nunca dejé de escuchar el susurro en mi oído: grangou.

    Diez años y, si el terremoto fue una catástrofe, la reconstrucción del país no fue menos: la capital no se restauró, el hospital más importante del país sigue en obra, la infraestructura está en escombros, y la ayuda internacional, que prometió millones que nunca llegaron o se malgastaron o se desvanecieron, se está retirando. El país siguen en ruinas y, para colmo de males, cada vez más sumergido en el ciclo de violencia-miseria, de crisis política, de debilidad democrática, de anomia.

    “Diez años después es peor la situación de Haití con respecto del medioambiente, el urbanismo y la vivienda. Eso, con las crisis políticas y económicas recurrentes. Fue una década perdida”, dice el politólogo Jean Ronald Joseph, de la Universidad Estatal de Haití.

    ¿Una década perdida? En el mejor de los casos.

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