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    Contemporaneidad de Friedrich Hayek

    Columnista de Búsqueda

    N° 1994 - 08 al 14 de Noviembre de 2018

    A los amigos de la dialéctica y de la guerra como arte meramente material les gusta pensar que la innegable superioridad militar de los Estados Unidos alcanzada durante la presidencia de Ronald Reagan determinó de modo automático la caída del Muro de Berlín y con ella de todo el bloque del este europeo. Algo de cierto hay en esa creencia pues la Iniciativa de Defensa Estratégica presentada por Estados Unidos en 1983 claramente desalentó la voluntad soviética de seguir en la carrera armamentista, habida cuenta del cambio de paradigma que implicaba la aplicación de las cibernéticas a los instrumentos bélicos, terreno en el que la URSS y sus aliados estaban bien retrasados.

    Pero la verdad es menos épica, y tiene que ver más con la lógica y con las pacientes razones de la economía que con la gloria y el heroísmo militares. El socialismo colapsó no por mérito de sus enemigos, sino por esenciales contradicciones que abrigaba en su seno, por falta de correspondencia con la naturaleza humana, por ausencia de trato con las nociones elementales que vinculan el quehacer económico con las características de los individuos y la conformación de las sociedades. Esto fue lo que había enunciado unos 50 años atrás Friedrich van Hayek en su libro Camino de servidumbre (publicado en Londres en 1944), obra en la que demuestra que la planificación económica y la negación de la propiedad privada son dos factores que aseguran la ruina de las naciones y de las personas cualquiera sea la época o el lugar en donde se manifiesten. Hayek tenía 92 años, y estaba al borde de la muerte, cuando vio por televisión, rodeado por el afecto de varias generaciones de sus discípulos, el fin formal de la URSS.

    El padre del moderno liberalismo había nacido en Viena en mayo de 1899. Su padre fue médico y profesor de Botánica en la Universidad de Viena. Creció Hayek en un hogar exigente y de fuerte celo académico, siendo sus hermanos destacados investigadores. La ciencia en esa época tenía su hogar preferencial precisamente en la capital austríaca y los nombres de Schilck, Wittgenstein y luego de Popper marcarían los lineamientos de las epistemologías de vanguardia y con ello los rumbos de lo que significaría el desarrollo del conocimiento en las siguientes décadas.

    La Gran Guerra lo sorprendió en plena adolescencia; fue reclutado y enviado al frente italiano como oficial de artillería. Una demorada granada que estalló cerca milagrosamente no lo mató, pero lo dejó sordo para toda la vida; luego de esa herida también sufrió la malaria. Tras la derrota regresó a Viena, debilitado por la enfermedad, pero juramentado a no dejarse atrapar nunca más por los juegos del poder y las arbitrariedades de un Estado que se pretende dueño de los ciudadanos. Comienza a estudiar de inmediato y para 1921 ya tenía un doctorado en Leyes y estaba estudiando Economía y Psicología. En uno de sus trabajos conoció a Ludwig van Mises, destacado economista, leyó afanosamente sus libros y comprendió, dice, como si fuera una iluminación, el verdadero problema de las sociedades: el crimen es la planificación, la negación de la espontaneidad social y de la ambición individual. Desde ese momento quedó cautivo de la necesidad de dedicarse a estudiar cómo y por qué se pierden los países y las personas pueden adquirir prosperidad o ganar la ruina.

    De la grande obra académica y de divulgación de ideas que firmó será por siempre Camino de servidumbre su libro más político y más influyente. Apenas publicado, en medio de la guerra desatada por regímenes totalitarios, fue un suceso; la primera edición de 2.000 copias se agotó antes de un mes.

    Hayek resume allí lo que le ha conmovido toda su vida: la confrontación con todas las formas de gobierno central. Su obra está dedicada a “los socialistas de todos los partidos” y tiene por objeto advertir contra los peligros de la economía planificada y demostrar que el colectivismo y las libertades individuales son incompatibles. Considera que el nacionalsocialismo en Alemania y el fascismo en Italia y el socialismo en la Unión Soviética son expresiones análogas, diferenciadas por factores secundarios respecto del tipo de poder que ejercen y hasta dónde lo ejercen. Todos estos sistemas, según Hayek, conducen inevitablemente a la opresión o, como él lo llama, a la esclavitud.

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