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    Continuidad de Vichy

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2092 - 8 al 14 de Octubre de 2020

    He leído con no poco asombro y vivo interés el libro de Cécile Desprairies L’Héritage de Vichy. Ces 100 mesures toujours en vigueur(Armand Colin editor). La autora ya me resultaba conocida y digna de confianza como investigadora paciente e imparcial porque antes me tocó tratar con su buen informe sobre el sistema de la colaboración francesa en París durante los cuatro años de la ocupación alemana. Esta obra que acabo de concluir me confirma en la opinión que suscitó el primero de los libros a los que accedí y me permite establecer, sin mayores reservas, que en virtud de estos trabajos es posible ingresar con solvencia a ciertas franjas de los estudios de esa parte tan mal asimilada y tan perversamente manipulada de la historia relativamente cercana de Francia.

    Sobre Vichy y sus personajes frecuenté algunas obras, muchas de las cuales fueron comentadas en esta misma columna, tales como la completa semblanza de Marc Ferro sobre el mariscal Pétain o la pieza del médico asignado a Pétain durante su cautiverio (J’ai soigné Pétain, de Albert Massonie) o las obras no tan profundas y algo sesgadas pero con datos bien ordenados de Hebert Lotmann Pétain, héroe o traidor y La depuración; también obviamente estuve en contacto con varios de los discursos del propio Pétain, incluso con la destacada ponencia sobre Foch que realiza cuando es recibido en la Academia Francesa. Pero confieso que hasta no dialogar de cerca con el libro de Desprairies que ahora vengo a recomendar no había advertido claramente la dimensión de su obra administrativa, el peso de su gestión en el desarrollo institucional de Francia; lo que había visto, reconozco, estuvo más influido por el contexto de la emergencia que significó la guerra que por el afán de entender la cotidianeidad de la vida social y los fines estratégicos y no meramente circunstanciales del gobierno.

    Lo que esa obra revela es que Pétain, al igual que en su momento Richelieu y en cierta medida Napoleón, concibió su gestión con fuerte aliento de construcción futura, que diseñó una administración capaz de sobrevivir y ser útil a pesar de la tragedia —tal vez la peor de su historia moderna— en la que Francia se encontraba en ese momento. La prueba de esta verdad es lo que constituye la totalidad del libro, esto es, el inventario explicativo de las disposiciones administrativas, de los decretos y leyes que la República Francesa adoptó bajo su mandato y que todas las administraciones —incluidas las socialistas— hasta el día de hoy mantienen como parte del patrimonio institucional del Estado. Y lo más interesante para colmar el desconcierto de aquellos que se acercan a la historia solo para ratificar sus prejuicios: varias de esas normas habían sido parte de la agenda del Frente Popular y fueron recogidas de manera casi textual por el mando de Vichy.

    En su discurso radiofónico del 11 de octubre de 1940, donde anuncia un orden nuevo, el mariscal Pétain establece una precisión sobre la igualdad como fundamento de la doctrina republicana; desde ahora, dice, “ningún prejuicio desfavorable afectará a un francés por su origen social, con la única condición de que se integre en la nueva Francia y le proporcione una asistencia sin reservas”. Complementa este concepto con una observación ya familiar para todos los países que ensayaron las diversas formas del Estado de Bienestar: “La lucha de clases, fatal para la nación, solo se puede acabar con las causas que formaron estas clases, que las enfrentaron entre sí”. Esto lo llevará a postular que la libertad debe ser, como quieren los socialistas de todas las expresiones, un rasgo subsidiario de los llamados derechos sociales. “¿Qué significaría la libertad (libertad abstracta) para un trabajador desocupado o para un patrón pequeño y arruinado, si no, la libertad de sufrir sin remedio, en medio de una nación vencida? En realidad, perderemos ciertas apariencias engañosas de libertad solo para salvar mejor su sustancia. La historia se compone de alternancias entre períodos de autoridad que degeneran en tiranía y períodos de libertad que generan licencia. Ha llegado el momento de que Francia sustituya estas dolorosas alternancias por una conjunción armoniosa de autoridad y libertades. El carácter jerárquico del nuevo régimen es inseparable de su carácter social”.

    Sobre esta fuente ideológica es que plantará en la administración francesa, como lo veremos en la próxima semana, una parte importante de la legislación vigente en Francia.

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