N° 1659 - 26 de Abril al 02 de Mayo de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEste año no se recordarán, pero deberían recordarse, acontecimientos de la historia de Inglaterra que en verdad no habrían resultado tan significativos si Shakespeare no los hubiera inventado para nuestro solaz y salvación. Tienen que ver con las jornadas que rodean la sucesión de la corona en torno al tránsito de 1412-1413, cuando Enrique Bolingbroke y Lancaster, coronado como Enrique IV por la fortuna de haber perdido unos cuantos hermanos, cae gravemente enfermo tras haber sofocado con bastante éxito rebeliones galesas, traiciones cortesanas y desapegos familiares.
La crónica de Raphael Holinshed que prolijamente saqueó Shakespeare para levantar la mayoría de sus piezas históricas no cuenta lo que ocurre en la quinta escena del cuarto acto de la segunda parte de la obra homónima del poeta. Si bien es cierto que las semblanzas sobre antigüedades domésticas y reales de Inglaterra, Escocia e Irlanda abundan en detalles de imposible obtención para un historiador sin fantasía ni audacias irresponsables, está en todo punto probado que la maravilla de esa escena corresponde totalmente al alma de Shakespeare.
Veamos el contexto: el rey Enrique ha debido fatigar mucho contra las rebeliones externas y las conspiraciones cercanas; lo hace con serena crueldad, con firmeza y con moderado buen suceso. Pero en las provincias más íntimas de su corazón sufre y se mortifica, pues observa que su amado hijo, heredero del trono, está muy lejos de merecer semejante destino. Dado a la juerga sin límites, entregado al licor, al abrazo promiscuo e imparcial de las mujeres de las tabernas, rodeado de amigos holgazanes, de brutos y de parásitos, este joven mal podría asumir la dignidad que su sangre le reserva.
La angustia, sin embargo, no llega a durarle demasiado al rey; no tanto, por lo menos, como para condenarlo a una eternidad sin descanso. A poco de caer enfermo, el joven Enrique consiguió recomponerse, abandonar la oscura senda de la perdición y del ocio, y conducir con hidalguía y exactitud imperial a los consejeros políticos y militares de su padre, que al verlo agonizar creyeron que podían usurpar democráticamente los deberes de la realeza. Poco a poco, a medida que vio que la vida de su padre se iba apagando, comenzó a sentirse rey. Como si hubiera nacido de nuevo.
Precisamente por esto, es que la impaciencia le juega una mala pasada, según Shakespeare, en la perfectísima escena que hoy quiero celebrar. Se trata de lo que ocurre en cierta tarde, cuando el rey estaba abandonado al sueño, respirando trabajosamente, espectralmente pálido, lastimado por la fiebre. Enrique se sentó junto al lecho, contempló durante un rato al padre, y decidió quitarle la corona para probarla en él, para ver cómo le calzaba. La apoyó y ajustó sobre su cabeza, no sin una promesa que casi le hace temblar la voz, de tan firme: “Dios la proteja. Toda la fuerza del mundo reunida en brazo gigante no me arrancará esta honrosa herencia. Tu rico legado dejaré a los míos cual me lo has dejado”.
En esas estaba el joven príncipe, orgulloso y tenso a los pies del padre, cuando el rey se despierta. Lo que le dice ha de ser una de las páginas más hermosas de Shakespeare: “Enrique, tu deseo fue el padre de esa idea. Te hago esperar demasiado, te canso. ¿Tanta hambre tienes de ver vacío el trono que has de revestirte de mis signos antes de tu hora? ¡Ah, joven insensato! Deseas la majestad que ha de abrumarte. Aguarda un poco: a mi nube de grandeza la sostiene un viento tan ligero que muy pronto caerá. Mi día se apaga. Tú robas lo que dentro de unas horas sería tuyo sin ofensa, y a punto de morir le das confirmación a mis temores. Tu vida ha demostrado que no me querías, y ahora quieres que muera convencido. Tu pensamiento escondía mil puñales que en tu corazón de piedra has afilado para herir media hora de mi vida. ¿No puedes darme ya ni media hora? Entonces vete y cávame la tumba y dile a las campanas que doblen en tu oído por tu coronación, no por mi muerte. Las lágrimas que han de bañar mi féretro sean gotas de bálsamo para ungir tu frente, y a mí mézclame con el polvo del olvido. Al que te dio la vida dalo a los gusanos, despide a mis ministros, anula mis decretos: llegó la hora de reírse del decoro. ¡Han coronado a Enrique quinto! ¡Viva lo vano! ¡Muera lo regio! ¡Fuera con los sabios consejeros! ¡Que afluyan a la corte de Inglaterra de todos lados simios holgazanes! (…) ¡Ah, mi pobre reino, enfermo de luchas civiles! Si mi cuidado no ha impedido tus desórdenes, ¿qué harás cuando el desorden sea tu cuidado? ¡Ah, volverás a ser tierra salvaje, poblada de lobos, tus antiguos moradores!” .
De haber tenido lugar este diálogo acerca de la ambición y el poder habría que datarlo hace 600 precisos años.