Nº 2115 - 18 al 24 de Marzo de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl extinto Julio Guarteche, exdirector nacional de Policía, decía que uno de los factores que más favorece el desarrollo del crimen organizado es la corrupción. Ni que hablar la corrupción política, pero también la corrupción policial. Ya hemos visto famosos delincuentes fugándose por la puerta de la cárcel luego de haber coimeado a guardias y otros episodios similares, así como es vox populi que en determinado momento algunas comisarías cobraban a las bocas de pasta base del barrio. Cuando la pasada administración terminó con el régimen de comisarías quería evitar esto, entre otras cosas, pero cambiado el gobierno cambió la estrategia y florecieron las comisarías otra vez. ¿Floreció la corrupción?
Si bien hay una diferencia entre la corrupción policial y el abuso policial, muchas veces están ligadas. Porque un funcionario que ensucia el uniforme pegándole a un menor de edad en la oscuridad de la noche flanqueado por otros seis agentes, no creo que dude en ensuciarlo también recibiendo dinero por hacer la vista gorda.
Lo que ocurrió hace unos días en Pocitos, donde un vecino grabó el momento en que un policía agredía a dos jóvenes de 16 y 18 años que no habían cometido ningún delito y que estaban reducidos, fue un acto de violencia policial, pero también el corolario de un acto de corrupción.
Los policías habían hecho un procedimiento irregular cerca de allí y estos muchachos los grabaron. Entonces un patrullero, un móvil de la Guardia Republicana y dos motos, ocho policías en total, en vez de protegernos de los delincuentes, salieron en busca de los jóvenes para borrar una prueba que incriminaba a funcionarios públicos. Fue una acción policial tendiente a eliminar pruebas de una irregularidad. Eso es corrupción. Luego, cuando los atraparon, les hicieron borrar las imágenes del celular y de paso los agredieron. “Ahora corran”, les dijeron, una frase típica de los delincuentes luego de que cometen una rapiña en la calle y hacen correr a la víctima.
El contacto con la delincuencia, a veces en aras de descubrir algún ilícito, hace que los policías caminen por la cornisa de la ética y el buen proceder.
Pero no siempre los actos de corrupción y la violencia policial tienen que ver con la lucha contra la delincuencia.
En las décadas de los 80 y 90 hubo varios casos de personas muertas, “suicidadas”, en comisarías. Allí la violencia policial estaba imbuida de cuestiones ideológicas, de la inercia de la acción policial durante la dictadura en el marco de las Fuerzas Conjuntas que integraban con las Fuerzas Armadas.
Y no era una comunión con los militares para matar comunistas en plena democracia. Más bien que siempre se sintieron despreciados por los militares. Y los subalternos les temían. Estando preso el coronel José Gavazzo por un delito común en Cárcel Central, los guardiacárceles le decían “mi comandante”.
En los 90, cuando la Policía se quería cobrar viejas cuentas con los militares indagando los atentados con bombas y las pistas llegaban hasta la sede de la Compañía de Contrainformación del Ejército, la orden política era que pararan.
La política influye tremendamente a la policía, que es una institución política, integrada por técnicos en seguridad, pero que sigue los lineamientos políticos del gobierno de turno.
Los han vuelto locos a los policías con tanto cambio.
Y sin hablar ni estar presentes, los uniformados se sienten presionados e involucrados en el debate público que protagonizan los políticos.
Cuando un partido le endilga a otro no bajar los delitos, se sienten cuestionados; cuando llega otro gobierno con la promesa de, ahora sí, bajarlos, se sienten presionados. Y lo peor, los que, como Guarteche, son inteligentes y saben de qué se habla, son conscientes de que muchas veces esas discusiones están cargadas de ignorancia, de gente que no entiende un comino de la seguridad pública, y son los que mandan. Políticos que creen que la clave es bajar los delitos. Pueden tener 10 homicidios de los que eran “tradicionales”, entre personas conocidas, familiares, por “cuestiones de momento”, que en un 90% se aclaran, o pueden tener seis homicidios con 50 balas en el cuerpo, un decapitado, gente torturada, ajustes entre bandas de los que solo aclaran un 40%, pero ¡ah, bajamos los homicidios! De la violencia ni se habla. Pueden disminuir los hurtos que no son violentos y aumentar los copamientos que son ultraviolentos, pero “¡aleluya, bajamos los hurtos!”. ¿Cómo ganarse el respeto de quienes se juegan la vida en la calle cuando sus mandos no consideran el factor violencia? ¿O cuando no consideran que a veces tienen que detener o revisar a vecinos de ellos mismos en los rancheríos?
Y también pueden bajar los delitos, pero, a la vez, estarse gestando un núcleo de policías violentos por la presión que sufren.
Ahora a los policías les dieron las tareas de hacer cumplir con la limitación temporal del artículo 38 de la Constitución, que consagra el derecho de reunión. Los policías tienen que dispersar a gente que lleva décadas acostumbrada a la libertad de reunirse con quien quiera, una de las bases de la democracia, y hacerlo sin que la enmienda sea peor que el soneto.
Hay veces, como la marcha de las mujeres, que es tan evidente que no se puede, que no se hace. Entonces ven cómo los hacen cumplir leyes que son a veces imposibles de cumplir, aunque otras sí. La Policía no necesita consignas, sino certezas. Estos son los mismos policías que estaban cuando los gobiernos del Frente Amplio, claro que pasados por el tamiz de un discurso entonces opositor, ahora oficialista, según el cual antes no defendían sus derechos sino que defendían más a los delincuentes, y que ahora sí actuarán con firmeza (¿firmeza?, ¿fuerza?, ¿fiereza?).
Los errores de formación entonces son los mismos que ahora.
Guarteche se arrancaba los pelos con ciertas cosas de sus subordinados.
Pero el suyo era un liderazgo que hoy nadie ejerce. Y ante la falta de órdenes precisas, hay consignas. Y hay bolsones de nostálgicos que esperan su hora. Eso lo saben todos quienes quieran saberlo.
Los policías quieren órdenes claras, porque un error cometido los llevará al juzgado a ellos, no al que los mandó.
Por eso precisamente, ante desbordes como el de estos días hay que ser implacables. Nada de corporativismos. El sindicato policial estuvo a la altura porque antes de que hubiese una investigación y ante imágenes tan claras condenó el hecho. Nada de devaneos.
Se espera lo mismo de las autoridades porque es la única forma de tener una Policía a la altura de las circunstancias. Y porque en esto, uno vale por mil.
Ante un caso de corrupción policial en el gobierno pasado, el entonces subsecretario del Interior, Jorge Vázquez, pidió que “la acción aislada de un funcionario policial” no ponga en riesgo “el prestigio de los 27.000 funcionarios que el Ministerio del Interior tiene”.
Lo mismo se leyó estos días en redes sociales luego de ver el indignante video que muestra a los jóvenes siendo golpeados.
Pero Guarteche siempre miraba y veía más allá, y entendía no solo a la Policía sino a la sociedad civil que la mira. Por eso un día, ante un desvío de sus subalternos, afirmó: “El prestigio o la buena visión de la Policía está basada en lo que haga o deje de hacer uno solo de sus integrantes. Se multiplica por decenas una buena experiencia con la Policía y por miles una mala atención o un exceso”.