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    Cosas de muñecas

    Nº 2098 - 19 al 25 de Noviembre de 2020

    ¡Qué placer, para quien ama difundir la cultura musical popular, darse tiempo para revolver papeles y viejos testimonios!

    Así se hace cada día más sólida la certeza de que algunas de las más importantes obras del tango clásico cargan multitud de circunstancias cuasiextravagantes, desconocidas —más allá de historiadores e investigadores— por el público.

    Es el caso de A la gran muñeca.

    Todo comienza con una duda nunca disuelta: así se llamó una revista musical satírica de actualidades, estrenada según unos por la compañía Vittone-Pomar en 1918 y según otros por Muiño y Alippi en 1919, en el teatro Buenos Aires de la vieja calle Cangallo, hoy demolido. Lo que está documentado es que esa revista fue escrita por el hijo de inmigrantes españoles Miguel Osés, dramaturgo, periodista y crítico, que tuvo una breve vida política y a quien se tragó el olvido con rapidez, pese a que es el autor de varias otras obras teatrales de renombre en la vecina orilla, caso de El astillero.

    Según Oscar del Priore e Irene Amuchástegui fue una recreación del tema de un bazar donde los juguetes cobran vida y protagonizan el novelón, utilizado antes en los espectáculos franceses La poupée, Copellia y Symphonie phantastique. Son 62 muñecos representados por actores, básicamente en medio de varios números musicales, todos compuestos por el musicólogo y director de orquesta español Jesús Ventura, que vivió pocos años en Buenos Aires y se radicó en Colombia, donde falleció. La obra fue un éxito resonante, aunque duró poco tiempo en escena.

    No obstante, fue en ella donde nació el tango homónimo, A la gran muñeca, cuya música, obviamente, compuso Ventura y cuya letra escribió Osés.

    Y aparecen entonces hechos que quizás superan lo curioso.

    Fue el único tango que escribieron Ventura y Osés, que ni juntos ni separados volvieron a intentarlo. Lo interpretó el personaje Collar de Perlas, representado por la actriz y cantante Margarita Poli, que lejos estuvo de lucirse como había hecho en una comedia anterior, Los dientes del perro, cantando Mi noche triste.

    Aunque la mayoría de historiadores afirma que, de todos modos, el tango fue un éxito, algo querrá decir que la primera grabación —de la orquesta de Francisco Lomuto con la voz de Jorge Omar— date de 1936 y que solo se conozcan, llevadas a placa, tres versiones incluyendo la letra, entre ellas la de Canaro con Roberto Arrieta y una toma radial de Libertad Lamarque.

    Yo la he visto pasar por la acera / con un gesto de desolación / y al cruzar no miraste siquiera / que entendía tu desilusión. / Te ha dejado, lo sé, la malvada / y al calor de otros ojos se va; / ya lo ves cómo no queda nada / de ese amor que matándote está

    ¿La pobreza poética conspiró contra la música que a todos encantó desde el estreno? Así parece, aunque no deja de sorprender que Ventura, habituado a las zarzuelas y sin experiencia en nuestra música ciudadana más popular, lograse una creación que, con el tiempo, a partir de ejecuciones solo instrumentales, logró ser considerada “de lo mejor en la historia de la primera evolución del tango luego de la Guardia Vieja” y que, al decir de Osvaldo Pugliese, “junto con Arolas, Bardi y Cobián, antecedió a la aparición del gran renovador Julio De Caro”. Hay un dato esencial: a comienzos de la década de 1940, además del aporte de otras orquestas, Carlos Di Sarli hizo tres antológicas versiones sin letra de A la gran muñeca que, dicen los que saben más que yo, no admite comparaciones.

    Pero acerca de la letra sobreviven un par de rarezas más que vale la pena recordar.

    Durante la década de 1920 hubo una fuga masiva de la Penitenciaría Nacional. Al dramaturgo Francisco Bayón Herrera se le ocurrió incluir A la gran muñeca en una revista humorística, detallando parte de la ruta de huida y cambiando un tramo de la letra del tango:

    Yo te he visto pasar por Las Heras… / yo te he visto doblar por Juncal

    Y al fin, está el asunto de las supuestas dedicatorias de los autores: una a Carlos Pellegrini, quien tenía un stud llamado Gran Muñeca, nombre que se le agregó como apodo debido a sus habilidades en la política; otra al jockey Domingo Torterolo, contemporáneo de Leguisamo y por quien los fanáticos deliraban destacando “su gran muñeca” en las carreras.

    Aclaremos, lector. Ambas versiones tuvieron durante décadas amplia difusión.

    Sin embargo, carecen por completo de veracidad.

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