N° 2015 - 04 al 10 de Abril de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáVuelta a Montevideo en Rutas del Sol. A muy poco de pasado el peaje de Rocha, bien temprano en la mañana, el ómnibus se detiene y apaga el motor. Un vistazo inmediato detecta que lo ocurrido ha sido un grave accidente: varios policías, ambulancias, los bomberos. Estaremos detenidos por lo menos dos horas y media, dice el conductor del ómnibus, porque hay que esperar que trabaje la técnica, que venga el fiscal, que se tomen datos suficientes sobre un tremendo choque frontal entre un auto que salía de La Pedrera y una camioneta que venía de Pan de Azúcar. Algunos pasajeros bajan del ómnibus. La carretera está claramente dividida. Parece un set de filmación. Hacia Montevideo, una larga fila con tres ómnibus, además de camiones y autos. Del otro lado, allá a lo lejos, viniendo hacia el peaje de Rocha, lo mismo: ómnibus, camiones y autos detenidos, y gente observando. En el medio, en un trayecto de unos ochenta metros, los dos coches destrozados, los policías, los paramédicos y los bomberos que van y vienen, los funcionarios de la técnica con sus guantes de látex que colocan números entre los fierros retorcidos y los cadáveres cubiertos por una lona, vidrios, chapas y plásticos que hace un momento eran una unidad y ahora son despojos. Un pasajero del ómnibus, que casualmente trabaja en una empresa de pompas fúnebres, me explica que no se debe tocar nada del siniestro hasta que el trabajo esté completamente terminado. Antes, dice, la policía y los bomberos se quedaban con el contenido de los bolsos, el dinero y otras pertenencias de los vehículos accidentados. Ahora no. Y solo cuando venga el coche de la funeraria y retire los cadáveres, recién ahí se podrá reanudar el tránsito. Veo trabajar a los bomberos, a los policías y al fiscal a plena luz de un día radiante. Las desgracias también ocurren los días radiantes. Llega un familiar de la pareja que ha fallecido en la camioneta. Es un hombre de unos 35 años, notoriamente angustiado por la tragedia pero al mismo tiempo dispuesto a colaborar. Habla con el fiscal, le muestran una planilla, firma algo. Una funcionaria policial lo ayuda a recoger las pertenencias que había en un bolso. Lo hacen en cuclillas, meticulosamente, con movimientos suaves, silenciosos: billetes, monedas, documentos, llaves, tal vez alguna foto. La vida desparramada literalmente. En un costado, los bomberos limpian el asfalto con una manguera, mientras una grúa retira la camioneta que ha quedado como un acordeón (el otro auto, debido al impacto, estaba a un costado de la carretera). La gente vuelve a subir a los vehículos. Se vuelven a encender los motores. El ómnibus avanza muy lentamente, en una suerte de reverencia fúnebre. Vuelvo a mi asiento, cierro los ojos y tengo la imperiosa necesidad de sentir en ese suave trayecto alguna vibración, aunque sea molecular, aunque sea la de un pelo que sobresale en una superficie plana, del punto exacto donde ocurrió el accidente.