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    Creer o reventar

    N° 1997 - 29 de Noviembre al 05 de Diciembre de 2018

    La pregunta es uno de los actos humanos más complejos. Cuando interrogamos realizamos dos acciones contradictorias: desconfiar y confiar. En todas las preguntas hay una duda y al mismo tiempo una confianza en que esa incertidumbre puede ser respondida por alguien. Justamente por eso lo preguntamos.

    ¿Desde hace cuánto lo sabés? ¿Por qué no se lo dijiste? ¿Quién está mejor preparado para ser presidente? ¿Por qué los argentinos no dan pie con bola? ¿Cómo estará el dólar el año que viene? ¿Cuál es la mejor manera de encarar una enfermedad grave? ¿Cuáles son los desafíos éticos del Big Data?

    Buena parte del conocimiento que tenemos, sea como personas o como sociedad, está basado en el testimonio, es decir, en un acto de confianza en lo que otros me dicen. Dar testimonio es un acto voluntario de responsabilidad social. De ahí que los niños pequeños den testimonios de poco fiar, no porque sean mentirosos compulsivos, sino porque no han adquirido el concepto de responsabilidad del conocimiento compartido. No comprenden aún que intercambiar información fiable es la matriz de la convivencia. Y hoy esa matriz está cuestionada, como si todos fuéramos niños pequeños.

    Vivir en un mundo de desconfianza equivale a perder la fe en el testimonio de los demás. Cuando no nos fiamos de lo que nos dice el otro y él a su vez no confía en lo que le decimos, el tejido social está seriamente agujereado. Las preguntas, que son el motor del conocimiento, pasan a ser inútiles porque perdieron una de sus propiedades esenciales: la confianza de que pueden ser respondidas por alguien.

    La manera en la que hoy se quiere salir de este atolladero es conocida por todos: la demanda de transparencia. Lástima que nos lleva a un callejón sin salida.

    Empecemos por el caso de los políticos. En una entrevista que le realizó en 2014 El País de Madrid, el filósofo de moda Byung Chul Han lo decía de esta manera: “La transparencia que se exige hoy en día de los políticos es cualquier cosa menos una demanda política. (...) El imperativo de transparencia sirve para descubrir a los políticos, para desenmascararlos o para escandalizar. La demanda de transparencia presupone la posición de un espectador escandalizado. No es la demanda de un ciudadano comprometido, sino de un espectador pasivo. La participación se realiza en forma de reclamaciones y quejas. La sociedad de la transparencia, poblada de espectadores y consumidores, es la base de una democracia del espectador”.

    La última fase, analizada al detalle por la filosofía francesa de los últimos 80 años, es la sociedad del espectáculo: todo convertido en mercancía que se exhibe, que se expone hasta el exceso, que se aparece como trasparente a los ojos del consumidor. “Todo está ahí”, a la vista, en la pantalla, en la vidriera, en la góndola, en la letra chica del paquete. No hay invisible y debemos exigir que no haya: todo debe aparecerse como transparente. Los políticos también.

    Pensamos que exigir transparencia siempre es el camino para confiar, cuando en realidad es el camino que mató a la confianza. La demanda de transparencia hacia los políticos es un síntoma de la muerte de la política. Es como si alguien nos dijera que está convencido de que su pareja no lo engaña porque le revisa todos los días el celular, la computadora y todas sus redes sociales. Si tiene que hacer eso diariamente, el engaño ya está instalado. Ya no hay confianza. Ya no hay fidelidad.

    Vuelvo a Han: “Hoy se oye a menudo que es la transparencia la que pone las bases de la confianza. En esta afirmación se esconde una contradicción. La confianza solo es posible en un estado entre conocimiento y no conocimiento. Confianza significa, aun sin saber, construir una relación positiva con el otro. La confianza hace que la acción sea posible a pesar de no saber. Si lo sé todo, sobra la confianza. La transparencia es un estado en el que el no saber ha sido eliminado. Donde rige la transparencia, no hay lugar para la confianza. En lugar de decir que la transparencia funda la confianza, habría que decir que la transparencia suprime la confianza. Solo se pide transparencia insistentemente en una sociedad en la que la confianza ya no existe como valor”.

    Confiar es aceptar que hay velos, que lo oculto no siempre es sinónimo de engaño, que hay un placer en lo que no se revela inmediatamente, que la transparencia va contra la idea de persona humana, que es inaccesible e inabarcable. Y justamente por esa inaccesibilidad del otro es que preguntamos una y otra vez. Cada niño que nace, cada generación que se hace cargo del mundo, tiene que volver a preguntar con la duda sobre lo hecho y con la confianza de que puede hacerse mejor.

    La política, la verdad, el saber, requieren confianza; se sostienen en una hondura temporal que choca contra la mera actualidad. El primer paso para salir del pozo es un acto de fe: recuperar la confianza de que cuando interrogamos el otro tiene la intención de dar un testimonio fiable. Si logramos zurcir ese tejido resquebrajado, habremos salido de la dictadura de la transparencia.

    ?? Mejor no hablar de ciertas cosas

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