N° 2017 - 25 de Abril al 01 de Mayo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa recientemente aprobada ley de estímulo al emprendedor, impulsada por el diputado blanco Rodrigo Goñi (que comentamos en las dos columnas pasadas), regula el “sistema de financiamiento colectivo”, más conocido como crowdfunding (crowd: multitud, funding: fondeo).
Conseguir dinero para una startup es de las tareas más difíciles. Se dice que los emprendedores recurren a estas 3F para financiar su sueño: family (familiares), friends (amigos) y fools (tontos o crédulos).
Es casi imposible que un banco u otra institución financiera “formal” pueda financiar un proyecto en sus etapas iniciales, cuando sus emprendedores no tienen un track récord de éxitos pasados o una garantía como respaldo. Y quienes están dispuestos a asumir tales riesgos, es lógico que se queden con “la parte del león”, ya que “a mayor riesgo, más ganancia”.
El crowdfunding es un mecanismo por el cual un emprendedor sube su idea de negocios a una plataforma online explicando en detalle en qué consiste su producto y cuánto dinero necesita para producirlo. Generalmente el dinero se pide para lanzar un prototipo o una primera partida. A cambio, los aportantes pueden conseguir el producto a un precio mucho menor de lo que sería el precio de venta al público u otro tipo de beneficios.
Pero estas plataformas no son solo para conseguir dinero, sino también para aprovechar las sinergias que trae el trabajo en “comunidad”. Quienes apoyan el proyecto también respaldan la “causa” y quieren que ese producto o servicio esté en el mercado. Y además de dinero, brindan ideas, contactos y recursos no monetarios, muchas veces tan o más importantes que el dinero mismo. De hecho, los primeros proyectos de crowdfunding no fueron para financiar emprendimientos económicos sino artísticos o sociales. Gente que necesitaba dinero para ejecutar una idea, pedía apoyos voluntarios que tenían más la forma de una “donación” que de una “inversión”.
Pero al crecer, la cantidad y magnitud de tales proyectos (algunos como Pebble, que recaudó US$ 20 millones en 30 días para fabricar un smartwatch; o Coolest Cooler, una pequeña heladera inteligente que levantó US$ 13 millones en 45 días), se hizo necesario regular el mecanismo de captación de fondos y los derechos de tales colaboradores, que ahora querían tener un estatus de inversor o accionista.
La ventaja del crowdfunding es que permite que cientos o miles de personas hagan pequeños aportes de poco riesgo (nadie se funde si pierde cinco o 100 dólares por una buena causa), y así sumar grandes cifras que difícilmente uno o pocos inversores se animarían a asumir.
A Uruguay todo llega tarde, pero llega. Y con la alta penetración que tiene Internet en nuestras vidas, el mayor uso de dinero digital y la cada vez mayor costumbre de hacer compras online, se percibe ahora como más viable el invertir en proyectos de crowdfunding con un click del celular.
Pero, a mi entender, lo más importante de esta iniciativa no es el medio que se utiliza para financiar un nuevo emprendimiento, sino que la gente hable de emprendimientos, conozca los pros y contras de asumir riesgos, piensen en términos de pérdidas y ganancias, y entiendan la lógica de los negocios y los mercados.
En definitiva, el foco de esta ley está justamente en su espíritu: fomentar el ánimo emprendedor entre los uruguayos poniendo a su disposición instrumentos jurídicos (las Sociedades por Acciones Simplificadas-SAS) y financieros (crowdfunding) para que cada vez más jóvenes apuesten por crear empresas. ¡Que lo logren! ¡Y cuantos más, mejor!