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    Cuando el tren pasa dos veces

    Columnista de Búsqueda

    N° 1983 - 23 al 29 de Agosto de 2018

    Entre las personas que sigo en Twitter está Douglas Carcache, viejo compañero de máster y experimentado periodista nicaragüense. En los últimos tiempos, Douglas viene haciendo una excelente cobertura de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que el gobierno de Daniel Ortega ejerce contra la ciudadanía de Nicaragua. Sin embargo, su último tuit enlazaba la noticia de un brote xenófobo en Costa Rica, ante la oleada de inmigrantes nicaragüenses que ese país está recibiendo. Casi al mismo tiempo, se conoció la noticia de otro brote xenófobo, esta vez en Brasil y contra inmigrantes venezolanos. Tan grave fue la situación que el gobierno brasilero envió tropas del Ejército para controlar el problema.

    Más allá del origen específico que tienen estos movimientos migratorios y que da para una columna aparte (la mezcla de ferocidad, desidia, corrupción y mesianismo de los gobiernos venezolano y nicaragüense que hace que decenas de miles de personas abandonen esos países), ¿qué conclusión se puede extraer de estas dos situaciones ajenas y a la vez alineadas? La tentación primera es irse a lo simple y declarar que las migraciones son malas porque provocan toda clase de desequilibrios y problemas en los países receptores. Y que la solución es volver más seguras las fronteras, impidiendo el paso de los emigrantes.

    Las carencias de esta mirada son varias. Por un lado, es logísticamente imposible controlar todas las fronteras, es decir, es materialmente imposible impedir el paso de los migrantes. Es imposible para países como los europeos, con muchos más recursos, planes y medios, y es imposible para países más pobres y desiguales que comparten cientos de kilómetros de frontera dominados por selvas y campo abierto y que no cuentan con los medios para hacer efectivo ese bloqueo. Es un poco como con el aborto: uno puede estar a favor o en contra, pero la gente aborta igual.

    Por otro lado, no es seguro que sea siquiera deseable bloquear por completo los flujos migratorios. Más aún cuando los flujos migratorios se han producido de manera más o menos ordenada, especialmente cuando se trata de gente que comparte una misma cultura con el país receptor, los resultados para ese nuevo colectivo han sido siempre positivos: gente joven, en buen estado de salud, a veces con un grado alto de formación, gente que hace poco uso del sistema sanitario y que, si su llegada se hace dentro de parámetros legales, al poco tiempo está aportando dinero a las arcas del Estado vía impuestos.

    He eludido explícitamente mencionar las ventajas que las migraciones traen en rubros menos tangibles para el positivismo del siglo XIX, que es el que parece se lleva en este tema recientemente: lo que no se puede medir en monedas no es relevante. Si me tomara la molestia de hablar sobre eso diría que la llegada de inmigrantes aumenta (y con suerte, mejora) la experiencia de vida de los locales: cambian los acentos, cambian los modales, cambian los ingredientes de las comidas, cambian los aromas, cambian las palabras de amor, cambia la música.

    Tener que explicar esto en un país como Uruguay, formado de manera casi absoluta por descendientes de inmigrantes, es una perogrullada de aquellas pero es un recordatorio necesario ante la posibilidad de que, en tiempos de eventual apretón económico, aparezcan brotes al estilo de los de Costa Rica y Brasil. Digo perogrullada porque no hay evidencia de que los charrúas o los chanás comieran milanesas, ravioles o mozzarella. Ni de que tocaran el chico, el piano y el repique. O guitarras criollas. Sacando las palabras en guaraní que nos fueron legadas por nuestro pasado colonial común con argentinos y paraguayos (sumado al peso regional que tuvo la extensa cultura guaraní), no hay casi elementos en nuestra cultura actual que nos vinculen con nada previo a nuestros bisabuelos, abuelos (y en mi caso, madre) que bajaron de los barcos.

    De esta afirmación no se debe necesariamente concluir que no deba existir política migratoria alguna, como reclaman algunos buenistas que, además, suelen idealizar el país que recibió a nuestros antepasados. Hasta 1954, por ejemplo, era necesario contar con una carta de invitación de algún local para poder ingresar a Uruguay y luego tramitar la residencia. Nada que sea muy distinto de lo que hasta hace poco pedía España, por ejemplo. En resumen, que decir que se sabe empíricamente que las migraciones son buenas para los países que las reciben (a veces hasta el punto de dar como resultado el país en cuestión, como es el caso de Uruguay), no implica creer que las migraciones pueden producirse de cualquier manera sin que eso afecte negativamente al país receptor. Implica que para poder aprovechar el potencial que tienen consigo las migraciones, hace falta una política pública que entienda cómo capturar ese capital humano de manera ordenada y útil para la colectividad.

    En Montevideo es cada vez más común encontrarse con otros acentos, sobre todo en el área de servicios. Es cada vez más habitual encontrar venezolanos, cubanos y dominicanos en el restaurante, la feria o la estación de servicio. Esa situación es un calco casi exacto de lo que uno se ha podido encontrar en España desde hace unos 20 años más o menos. Es verdad, en Uruguay el margen para que el sistema económico pueda integrar inmigrantes de manera satisfactoria es más estrecho que en cualquier país europeo. Por eso es que hace falta una mirada desde el Estado que entienda la inevitabilidad logística del asunto y que, al tiempo, entienda que esos flujos pueden y deber ser regulados. Con mano ancha si hace falta, pero sin dudar de que los numerosos beneficios que eso trae para la comunidad de acogida solo pueden calibrarse cuando los flujos se producen de manera ordenada.

    Los brotes xenófobos de Costa Rica y Brasil son resultado, precisamente, de situaciones humanitarias que han desbordado la capacidad de gestión del país receptor. Y esos son justamente los límites que a cualquier gobierno serio le interesaría no traspasar. Es verdad, esos son países fronterizos y Uruguay no comparte frontera con los países de origen de sus actuales inmigrantes. Pero sí es claro que Uruguay es una opción deseable incluso para gente que se la juega a atravesar casi sin plata y sin conocer la lengua, un país como Brasil de punta a punta, para poder llegar hasta nuestra suavemente ondulada penillanura.

    Acotando el foco, cuando las migraciones se producen desde países que comparten una misma matriz cultural (Uruguay, Venezuela, Cuba y República Dominicana la comparten), los beneficios para el país receptor han sido siempre evidentes y medibles. La historia de Uruguay hasta los cincuenta es un ejemplo. Aprovechar eso, siendo conscientes de los riesgos y, por tanto, de lo que se debe hacer, es aprovechar una oportunidad de crecimiento y desarrollo que no siempre se tiene. Especialmente cuando se es un país alejado de los centros económicos del mundo, como es el caso de Uruguay.

    A veces el tren pasa solo una vez. Y a veces, cuando se tiene suerte, dos. La primera vez que el tren pasó, nos hizo quienes somos; la segunda está pasando en este instante. Que el miedo al cambio y el prejuicio hacia lo nuevo no nos dejen en el andén.

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