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    Cuando la rebeldía se encuentra con la ira

    Nº 2221 - 20 al 26 de Abril de 2023

    Hace unos días, en una charla en un bar, un amigo de toda la vida me decía: “En la Argentina, cada generación en su juventud redescubre el peronismo. El peronismo tuvo la capacidad, al menos desde los años 60, de presentarse como el gesto de rebeldía que todo joven necesita”. Y es verdad: el peronismo siempre logró presentarse como el antagonismo del poder, el “hecho maldito del país burgués” (como lo llamó uno de sus dirigentes), y como el mejor canal para expresar la insatisfacción y la rabia. Cuando derrocaron a Perón en 1955, un dictador militar de entonces afirmó que “muerto el perro se acabó la rabia”. De inmediato las pintadas de la resistencia peronista se multiplicaron en todos los muros de la ciudad: “Somos la rabia”. Cuando comenzó el período democrático en 1983, el peronismo tardó en reacomodarse pero aun así su pasado histórico le permitió preservar sectores claves de la sociedad (sobre todo en el movimiento obrero y en los desclasados) y desde entonces su poder no ha disminuido. El kirchnerismo, en el siglo XXI, dotó al peronismo de una nueva aura de magnetismo, y cantar la marcha, hacer la V, celebrar a Evita y leer la historia a la luz de un enfrentamiento dicotómico entre pueblo y oligarquía se convierte, una vez más, en algo habitual que recorre series televisivas, textos académicos y charlas entre amigos. Basta ver la multiplicación incesante de la figura de Evita y la serie Santa Evita que se estrenó el año pasado, protagonizada por Natalia Oreiro, cuyo atractivo no es proponer un personaje inesperado u oculto sino repetir todos los lugares comunes. Para explicar los males del presente, no es raro escuchar en la televisión o en los congresos académicos que el problema se remonta a 1955, más precisamente a los bombardeos que los militares hicieron contra la población en la plaza de Mayo para derrocar al peronismo, como explicación de nuestros males. Como si la Argentina de 2023 fuera la misma de 1955 (a veces las equivalencias se remontan al siglo XIX). De hecho, cuando el presidente brasileño Lula estuvo en la Argentina comentó asombrado sobre la omnipresencia de las figuras de Perón y Evita y dijo: “Yo tal vez mencione a Getulio Vargas en algún que otro discurso pero para mí es algo del pasado, un fenómeno de una época que ya terminó”. Y en efecto, pese a que sigan insistiendo en que las luchas hoy son las mismas que enfrentaban a rosistas y unitarios, oligarquía y pueblo, peronistas y antiperonistas o gorilas, la realidad presenta otras coordenadas que estas oposiciones no pueden explicar. Así y todo, la fuerza del peronismo, como mito y reservorio de reivindicaciones, sigue siendo un factor primordial de la vida política y cultural argentina.

    Sin embargo, en los últimos años, algo está cambiando subrepticiamente y se acelera a medida que la crisis económica y política es cada día más profunda e irreversible. El peronismo se desgasta, sobre todo por su incapacidad para dar respuestas y porque ni siquiera presenta un plan ante una crisis económica que no parece tener salida. Políticamente aparece como uno de los países más sólidos de la región, con sus instituciones democráticas que funcionan de manera ininterrumpida desde 1983, pero hay que ver hasta qué punto esa solidez política soportará los embates de una economía que se empobrece día a día. El dato novedoso es que muchos jóvenes ya no encuentran la rebeldía en el peronismo sino en un político que actúa por fuera de los partidos o las coaliciones tradicionales y que se mueve como un lobo solitario, aunque a él le gusta presentarse como un león: su nombre es Javier Milei y su partido (una colectora de lo peor de la política) se llama La Libertad Avanza. Su lema principal es que los políticos son una “casta”, un conjunto de “delincuentes” responsables de la pobreza y la ruina de la Argentina. Su tema dominante es la economía, y cuando los periodistas lo sacaron de ahí, repitió sus lemas dogmáticos en otras áreas, como cuando recomendó el uso de armas para defensa personal (después de la masacre de Texas de 2022) o cuando apoyó el tráfico irrestricto de órganos humanos en nombre de la libertad de mercado. Estas propuestas mostraron su debilidad argumental y su peligrosidad pero el candidato logró superar el impacto negativo limitándose al área de su conocimiento: la economía (es un seguidor de Hayek y la escuela austríaca neoliberal). Aunque tiene fuertes características locales (parece una versión más del “que se vayan todos” del 2001 pero ahora entonado por las sirenas de la derecha), se trata de un fenómeno global que el sociólogo argentino Pablo Stefanoni sintetizó en la fórmula “la rebeldía se volvió de derecha”. Creo que, en términos culturales, el fenómeno de Milei se explica porque vinculó esa rebeldía a la ira, uno de los capitales más considerables de la política actual y de la sociedad del espectáculo y las redes en la que vivimos. Es la ira y no las llamadas políticas del odio el combustible básico del éxito de Milei, quien viene creciendo en las encuestas a un ritmo sostenido.

    El año pasado el gobierno nacional insistió en que el problema social más acuciante eran las políticas del odio. El problema de semejante argumento consistía en que los que odiaban eran siempre los otros y que en definitiva el odio es una pasión antagonista pero a la vez próxima al amor (quién no ha experimentado las metamorfosis de amor en odio y viceversa a lo largo de su vida) y también que el odio por lo general tiene un objeto. Odiar es un verbo transitivo y siempre se odia a algo o alguien. Sin embargo, lo que en realidad inquieta de la situación actual es que se trata de una furia impotente y sin objeto (el objeto puede aparecer, por supuesto, pero como un fenómeno secundario en relación con la bronca que causa la situación del presente). La pasión que hoy domina a muchas personas y que las lleva a tomar decisiones y adhesiones políticas es la ira, y una de las estrategias más exitosas de Milei fue unir ira y rebeldía.

    Relatos salvajes de Damián Szifron, una de las películas más exitosas del cine argentino de todos los tiempos, hizo una radiografía exhaustiva del fenómeno de la ira como la pasión dominante de la Argentina contemporánea: desde el resentido que hace estrellar un avión hasta la novia que se desquita con su futuro marido infiel, desde los hombres de diferentes clases sociales que se enfrentan en la ruta a muerte hasta el ingeniero harto de los impuestos y de las sanciones estatales. En su momento la película fue denostada por la crítica, que la consideró reaccionaria y una apelación a la prepolítica, reproche que remite a la supuesta racionalidad de la esfera política. Sin embargo, lo que venían a mostrar los diferentes episodios del film es que la ira lleva a la autodestrucción de los personajes, en un enfrentamiento con el otro que lleva a la cárcel o a la muerte (de hecho, dos personajes que se pelean terminan como cadáveres abrazados). No se trata de una catarsis purificadora, como quería Aristóteles, sino de una catarsis más bien nihilista que no excluye la destrucción del mundo por impotencia. El único que logra salir airoso de la situación es Ariel, el novio del casamiento judío en el episodio que se llama justamente Hasta que la muerte los separe. Y eso es porque Ariel logra desviar la ira de su futura esposa (que se enteró de que él la engañaba) hacia una ficción más poderosa de amor y entrega. No trata de convencer a su novia con argumentos sino que construye una ficción lo suficientemente poderosa como para volver a enamorarla.

    La película de Szifron nos deja una lección importante: nada alimenta más la ira que hablarle desde una supuesta racionalidad. La democracia, que suele tratar con pasiones grises, como nos enseñó Bobbio, fue la fórmula alquímica que logró transformar la ira en debate, discusión, acuerdos, enfrentamientos y diferencias en un marco institucional. Puede decirse que fue el gran logro de la salida a la dictadura militar en 1983 a través de una palabra que el entonces presidente Alfonsín no se cansaba de repetir: “Consenso” (fue sorprendentemente esa la rebeldía que logró arrebatarle las elecciones al peronismo en los 80). Bueno, parece que esa fórmula hoy es insuficiente y Milei se ha transformado en el candidato que se apoderó de la consigna de la crisis del 2001 “¡que se vayan todos!”, que, paradójicamente, fue originada en movimientos populares y en un rechazo al sistema político y financiero. ¿Cómo salir entonces de esta fusión de ira y rebeldía que encarna Milei? ¿Cómo pueden los actores sociales —políticos, periodistas, intelectuales— impedir lo que sucedió en Brasil con sus consecuencias catastróficas? El desafío no es menor y esperamos que la democracia logre renovar sus anticuerpos para lo que es una amenaza que no necesariamente se disolverá el día de las elecciones. Necesitamos argumentos desde ya, pero sobre todo de un nuevo relato que vuelva a encarnar la rebeldía en nombre de una sociedad de diálogo y consenso sobre cómo salir de esta crisis.

    * Doctor por la Universidad de Buenos Aires, investigador de Conicet, profesor visitante en Stanford University y Universidad de Sao Paulo y escritor de numerosos ensayos sobre el cine argentino y latinoamericano.

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