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    Cuba, esa piedra en el zapato

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2188 - 24 al 30 de Agosto de 2022

    Carlos Liscano acaba de publicar Cuba, de eso ni hablar (editorial Fin de Siglo). La publicación de esta obra suscita, tanto por la elocuencia del relato como por la trayectoria política de su autor, una excelente oportunidad para que, finalmente, se desate un intenso debate dentro del Frente Amplio respecto a la naturaleza del régimen cubano. Es una discusión necesaria, impostergable. Me parece evidente que una discusión de este tipo no solo ayudaría a la izquierda en términos electorales (cada vez que un líder frenteamplista elude decir “Cuba es una dictadura” el Frente Amplio retrocede un casillero). También le haría bien a la cultura política democrática uruguaya. Paso a explicarme.

    Primero, lo más obvio. No puede haber dos opiniones sobre el régimen cubano. Cuba es un fracaso de punta a punta. Como es obvio, es un estruendoso fracaso económico. Salvo la elite gobernante, el resto de las cubanas y los cubanos viven en la miseria. Pero esto no es lo peor. Cuba es un dramático fracaso político. Fidel Castro sustituyó una dictadura por otra, un régimen corrupto por otro, un prostíbulo para turistas con dinero por otro. Cuba no es la “dictadura del proletariado” teorizada por los clásicos del marxismo. Es mucho peor: como dice Liscano, es la dictadura del Partido Comunista de Cuba. Por cierto, no es una dictadura cualquiera. Strictu sensu, en términos teóricos, cae en la categoría de lo que Juan José Linz definió como totalitarismo: combinando represión y control ideológica, el gobierno cubano ha logrado desarrollar mecanismos muy sofisticados para vigilar la vida de cada habitante de la isla. Todo esto está muy claramente explicado en el libro de Liscano, así que me limito a remitir a su lectura.

    Desde luego, hay personas de buena fe que no lo ven así. Creen que la situación no es tan grave y que una parte importante de los problemas derivan del “bloqueo” norteamericano. Están profundamente equivocados. Pero no será ni la primera ni la última vez que la ideología sesgue las percepciones y que el sentimiento nuble la vista. Durante décadas, la mayor parte de las personas de izquierda amaron Cuba. La idealizaron. Esa veneración formó parte de la identidad de al menos tres generaciones de militantes. Pasar de la idolatría a la crítica nunca es fácil. Correr el velo, abrir los ojos, descubrir dominación y miseria donde se creía que había felicidad y justicia está lejos de ser sencillo. Es un proceso liberador, pero difícil y doloroso. Muchos militantes de izquierda, pienso especialmente en los comunistas, pasaron por traumas similares en otros momentos. Algunos se animaron a decir “al pan, pan, y al vino, vino” en tiempos del estalinismo y los “procesos de Moscú”. Otros lo hicieron más tarde, en los 80, cuando se empezó a derrumbar el imperio soviético. Ojalá el libro de Liscano contribuya a que muchos más se atrevan a hacerse preguntas incómodas.

    Hay, de todos modos, en relación con regímenes de orientación socialista pero totalitarios, una gran diferencia entre la izquierda de hoy y la de otros tiempos. Antes la izquierda discutía públicamente. Los socialistas, por ejemplo, en tiempos de Emilio Frugoni tenían una postura clarísima respecto a la URSS. Remito ahora a otro libro espectacular, La esfinge roja, nada menos que 476 páginas publicadas en 1948 por el líder del Partido Socialista luego de ejercer un cargo diplomático en Moscú. Frugoni argumentó con toda serenidad que “haber implantado el régimen comunista en Rusia” fue un “error trágico”. El debate sobre virtudes y defectos del “socialismo real” era público e intenso. No todos repetían lo mismo. Otro tanto pasó después. Los militantes de izquierda debatieron en todos lados, por ejemplo, sobre las invasiones a Hungría, Checoslovaquia y Afganistán. Hoy la situación es muy distinta. La campaña electoral de 2019, en ese sentido, me dejó asombrado. Le pregunté por Cuba y Venezuela a cada precandidato presidencial del FA que pasó por el programa En la mira de Gabriel Pereyra. No hubo uno que dijera “Cuba es una dictadura que viola sistemáticamente los derechos humanos más elementales”. Antes discutían. Ahora no. ¿Hasta cuándo?

    Por cierto, Cuba así como Venezuela y Nicaragua son piedras pesadas y muy incómodas en los zapatos de los eventuales precandidatos del FA en el 2024. Parece claro que la elección que se sigue aproximando será altamente competitiva. En un escenario así nadie puede dar ventajas ni subestimar la inteligencia y la sensibilidad de la ciudadanía, en general, ni de los votantes centristas, que (según los manuales al uso) definen las elecciones en tiempos normales, en particular. Todos están obligados a cuidar cada voto. El gobierno no puede seguir cometiendo errores como en el sonado caso Marset (ni pretender justificarlos a la ligera). La oposición tampoco está en condiciones de tomar riesgos innecesarios. En ese contexto, ¿qué dirán, cuando llegue el momento, Yamandú Orsi y Carolina Cosse sobre Cuba? ¿En qué medida el MPP y el Partido Comunista, dos sectores decisivos para ambos en la campaña que se viene, permitirán que los candidatos frenteamplistas tomen distancia del régimen cubano? No será sencillo. El amor por Cuba forma parte de la identidad de tupamaros y comunistas.

    De todos modos, el resultado de las elecciones, desde mi óptica, es lo de menos. Lo que realmente importa es cómo logramos, en un contexto de recesión democrática como el que vive el mundo, preservar nuestra democracia y mejorar su desempeño. Que la elite frenteamplista no tome distancia del régimen dictatorial cubano es, en ese sentido, un problema serio. Los partidos, a pesar de sus pesares, siguen siendo los principales formadores de opinión en nuestro sistema político. Por tanto, tienen una responsabilidad especialísima, intransferible, en la reproducción de los valores democráticos. El FA es el partido más grande de este país. Es el más influyente entre los jóvenes y tiene mucho peso entre los estudiantes universitarios. Lo que diga o deje de decir tiene consecuencias en la cultura política. El FA contribuye a construir valores democráticos cuando insiste en que las nuevas generaciones se informen sobre la dictadura y conozcan las violaciones a los derechos humanos cometidas en Uruguay durante esos años. Su posición ante Cuba, en cambio, no. No ayuda a que la ciudadanía uruguaya siga aprendiendo a distinguir entre tiranía y libertad. Tampoco ayuda al pueblo cubano a sufrir un poco menos.

    Por supuesto, la posición pública de los intelectuales también importa. Podemos contribuir a que los partidos se hagan buenas preguntas o no. Liscano nos dedica unas cuantas páginas muy críticas. Tiene razón. Buena parte de la intelectualidad latinoamericana no estuvo a la altura del problema, por decirlo de un modo piadoso. Más vale tarde que nunca.

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