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He leído un libro de una ex integrante de la “Fracción del Ejército Rojo” (en alemán, RAF), más conocida como “la banda Baader-Meinhof” (por el nombre de dos de sus dirigentes), grupo imitador de la guerrilla urbana de los tupamaros, que entre 1970 y 1998 provocó la muerte de 34 personas y de 20 de sus miembros en diversos atentados.
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Luego de la reunificación alemana en 1990, salió a la luz el hecho de que la RAF había recibido apoyo logístico y financiero de la Stasi, la Policía secreta de la RDA, que se había encargado de dar alojamiento y nuevas identidades a varios miembros del grupo.
Su logo era una estrella roja cruzada por una metralleta MP5.
Se inspiró en el Ejército Rojo soviético, del cual habría tomado también su emblema (la Estrella Roja).
M.S. estuvo exiliada primero en La Habana, donde el régimen castrista le dio asilo, y luego en nuestra capital.
De su estancia en Cuba vale la pena mencionar algunos de sus comentarios, recordando que se trata de una partidaria del sistema allí imperante.
Nos cuenta que vivió en un apartamento en el que antes había estado, con su familia, el actual presidente de Ancap, Raúl Sendic hijo.
La encargada del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) de la zona, cada vez que alguien la visitaba, “controlaba quién había venido”.
“Se hacía difícil conseguir las cosas más sencillas” y cuenta su odisea para obtener un balde.
Sobre los cubanos, dice: “Cada uno, de manera individual, robaba discretamente lo que podía”.
“En Cuba no había vidrio, era caro porque había que importarlo”. Y, por tanto, las ventanas no lo tenían. Tampoco guías telefónicas y cuenta cómo luego en Montevideo preguntaba por números telefónicos y alguien le dijo que los buscara en la guía.
Narra cómo, pese a ser adicta al régimen, era constantemente vigilada por la Seguridad del Estado.
“Todos los días había cortes de energía eléctrica, generalmente en las tardes y las noches”. “Cuando había apagón tampoco teníamos agua”.
Sobre el juicio y ejecución del general Ochoa, uno de los principales líderes de la “revolución”, y de los hermanos Laguardia, acusados de tráfico de drogas, dice: “Todos se preguntaban si Fidel realmente no había sabido nada. ¿Justamente Fidel, que todo lo sabía?”.
Narra la vinculación de la dictadura castri-comunista con “Escobar, el barón colombiano de la droga”, y sobre Ochoa dice: “Mis amigos cubanos interpretaron la acusación contra Ochoa como un paso de Fidel para eliminarlo en tanto posible contrincante político”.
Cuenta que “los CDR organizaron pequeñas ‘brigadas de acción rápida’. Se convocaba a media docena, se les daba un palo y salían a buscar ‘contrarrevolucionarios’. Les daban una paliza o apedreaban sus ventanas”.
En Uruguay, cuando intentaba contarle a partidarios del castrismo lo que había visto en Cuba, le decían “ya se sabe” y no la dejaban hablar.
“Era raro que alguien quisiera enterarse de que allá realmente había hambre”. “Cuando contaba sobre las dificultades en la isla, la reacción era hacernos callar. Para los que estaban a favor rápidamente pasábamos a estar contra Cuba”. “Aprendí que era mejor, en lo posible, no contar nada de los problemas de allá”.
En Montevideo consiguió empleo en la fachada comunista “Instituto Bertolt Brecht”, que lleva el nombre de un comunista alemán. Relata cómo hasta el personal de limpieza era comunista, con esa costumbre bolchevique de no emplear a nadie que no sea de sus ideas en sus periódicos y organizaciones.
Como tantos, luego de cárcel y exilio, es un relato de decepción, pero que deja cierta información interesante por venir de quien viene, sobre la miseria y represión en la Cuba de la dinastía Castro y la complicidad incondicional de sus partidarios uruguayos.
El libro se llama “Exilio, exilio y desexilio. Mi experiencia en Cuba y Uruguay”, fue escrito por Margrit Schiller y editado por Ediciones Letraeñe.