La Estacada; la torta más cara del Uruguay.
La Estacada; la torta más cara del Uruguay.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa noche ameritaba cenar en algún lugar abierto, tranquilo, en el que el grupo pudiera conversar y festejar el cumpleaños número 49 de nuestra querida amiga Karina. Nada más y nada menos que antesala del medio siglo.
Los quince comensales decidimos –a mi consejo- cenar en el restaurante La Estacada, ubicado en el Faro de Punta Carretas, un lugar que pensé reunía las condiciones para pasar un buen momento entre amigos.
Uno de los invitados regaló a la homenajeada una pequeña torta diamanta que decidimos compartir de postre.
A nuestra llegada, el mozo nos sugirió “ponerla en la heladera para comerla fresca”. Así lo hicimos.
Algunas anécdotas, cuentos de los que nunca faltan entre braseros para cuatro, picadas de mar y porciones de papas fritas. Todo muy rico, como es característico en ese local gastronómico de Punta Carretas.
Ya finalizada la cena, le pedí al mozo que nos acercara la torta a la mesa con una vela encendida a modo testimonial y para cerrar la noche alegremente, agasajando a Karina.
Cuando ya estábamos casi entonando el clásico (afinando como las murgas) “que los cumplas feliz”, el mozo me hizo una seña de lejos, que interpreté se trataba de alguna consulta sobre la sorpresa o aun me propondría alguna otra modalidad de homenaje.
–Señor –me dijo muy cortésmente– me informa el encargado que el servicio de llevarle la torta a la mesa le costará 350 pesos.
Atónito por lo inesperado de la frase, le comuniqué que dejara sin efecto el asunto de la torta, no sin antes hacerle notar que el grupo había gastado más de 5 000 pesos, por lo que me parecía una mezquindad querer cobrarnos 350 pesos por ese servicio.
Cuando estábamos parándonos para retirarnos, planificando comer la torta en otro lado, se nos acercó una chica –supuse sería la encargada del local– que nos pidió disculpas por la situación, tratando de enmendar la vergüenza vivida y la mala imagen que había quedado en los quince comensales sobre este evento tan triste y propio de lugares mediocres con poca cabeza de fidelización del cliente, a sabiendas de que habíamos gastado una buena suma de dinero (casi 200 dólares).
La empleada nos ofreció hacernos un 10% de descuento, que rechazamos de plano, no se trataba de dinero, se trataba de un gesto simpático, de una cuestión de feeling con los clientes, que para nada perjudicaba su negocio y, si se quiere, hasta normal en un onomástico. Tampoco le pedimos destapar botellas de (la exquisita) Freskyta para ahorrarnos la bebida o abrir un paquete de galletas malteadas.
Nos retiramos muy molestos e indignados de La Estacada, lugar al que naturalmente decidí no pisar más, igual que los otros catorce comensales.
La Diamanta la comimos más tarde en mi casa, regándola con un exquisito champagne alemán.
José Luis Ituño