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    De entre casa

    N° 1982 - 16 al 22 de Agosto de 2018

    Puede que sea el contraste con lo visto en el último Mundial. Pero realmente cuesta adaptarse a esta muy triste realidad que emerge del fútbol que estamos viendo semana a semana en nuestras canchas. Es que no es solo la aberrante situación por la que atraviesa su dirigencia (salpicada por grabaciones furtivas y operaciones que aún siguen siendo poco claras), sino también el bajísimo nivel que demuestran los equipos uruguayos —los dos “grandes” incluidos— cuando deben medirse con rivales extranjeros, en cualquiera de los devaluados torneos clubistas que organiza la Conmebol.

    Veamos. Hay una realidad incontrastable: desde hace tres décadas ningún equipo uruguayo ha conquistado alguno de esos torneos, lo que nos coloca por debajo de prácticamente todos los demás países del continente. Esa dura y preocupante realidad nos demuestra que, a nivel clubista (en materia de selecciones la cosa cambia) hay algo que no viene funcionando de la manera adecuada, y que se torna imprescindible un examen profundo de las posibles causas de ese interminable deterioro.

    Es que no solo está en juego el aspecto deportivo (hoy por hoy da la sensación de que, para los clubes de otros países —y no solo los más poderosos— tener de posible rival a un equipo uruguayo es, en lo previo, una de las hipótesis más apetecibles), sino que también juega un rol preponderante la consecuente pérdida de importantes recaudaciones, que constituyen el mayor sustento económico para las arcas de las instituciones, fuera de aquellos ingresos por concepto de eventuales —y no siempre ventajosas— ventas de jugadores.

    Los aficionados (en especial aquellos que ya peinan canas), que fueron testigos de resonantes consagraciones de nuestros dos principales equipos, ven con fastidio cómo se van acumulando, año tras año, los resultados negativos; incluso ante formaciones de muy relativa categoría. Desde aquellas dos primeras ediciones de la Copa Libertadores —que Peñarol obtuvo en forma consecutiva (1960 y 1961)— y la posterior edición de 1966, tuvo que esperar hasta 1982 para repetir y por último hasta 1987, cuando obtuvo la que hasta ahora es su última corona. Desde entonces, han pasado ya 31 años de forzosa abstinencia, solo parcialmente interrumpido por el vicecampeonato del año 2011. Y ni que hablar de la Copa Sudamericana (una suerte de “premio consuelo” para los que no accedieron o quedaron por el camino en la Copa Libertadores), que desde su creación, en el año 2002, ha sido particularmente esquiva para los aurinegros, quedando inveteradamente por el camino, en las primeras de cambio.

    A Nacional no le ha ido mucho mejor. Llegó a su primer título en la Copa Libertadores, recién en 1971, o sea con bastante retraso en relación con su rival tradicional, luego en 1980 y, por último, en 1988. La sequía, en consecuencia, tiene una duración prácticamente similar, pues nunca más pudo acceder siquiera a la fase de definición de las ediciones posteriores. En su haber, y comparativamente, le ha ido algo mejor en la Copa Sudamericana (se ha anotado algunas victorias como visitante y acaba de clasificar, sin sobrarle nada, a la siguiente fase de la presente edición), pero, igualmente, sin haber obtenido nunca el título en disputa. Y si este es el panorama de nuestros dos “grandes”, no ha sido diferente la espaciada participación de algunos equipos “chicos”, aunque esporádicamente hayan obtenido algún resultado rescatable (de los cuatro que participaron en la presente edición, solo Defensor sigue en carrera). Un reciente trabajo periodístico indicaba que de 54 puntos posibles en la disputa de la actual Libertadores, entre Peñarol, Nacional y Defensor solamente habían logrado 21 puntos, y ¡solo uno de ellos ganado como visitante!

    Son varias las razones para que se haya generado esta sombría y preocupante situación. La principal consiste en las acuciantes necesidades económicas de nuestros clubes, que los obliga a desprenderse de sus jóvenes promesas cuando recién están abriéndose camino en el plantel principal (o incluso, en algún caso, sin haber llegado a él); sangría que resiente, inevitablemente, el poderío del equipo. De un año al otro los planteles van cambiando casi por entero, al mismo tiempo que los técnicos encargados de conducirlos, lo que impide que un equipo pueda consolidar su poderío en el tiempo necesario para ello. De modo paralelo, esas carencias determinan que, a diferencia de lo que ocurría en épocas ya muy lejanas (cuando Peñarol traía a Onega y Nacional a Artime, por citar solo un ejemplo) no les es posible a nuestros clubes munirse de alguna figura importante proveniente del exterior, lo que podría ser un ingrediente propicio para mejorar su competitividad.

    Otro factor que debe tenerse en cuenta al momento de encontrar las razones de esta prolongada “sequía” de resultados favorables, tiene que ver con los planteos extremadamente conservadores, a los que se afilian habitualmente y con particular énfasis nuestros equipos, cuando deben jugar fuera del país. Algo que —contrariamente a lo que se supone— no es garantía alguna de un buen resultado, más aún cuando, a diferencia de otras épocas pasadas, ya no es segura la obtención de los tres puntos cuando se juega como local. La realidad indica que hoy, tanto Peñarol como Nacional ya no son inexpugnables en sus propios reductos, habiendo caído derrotados en ellos por rivales apenas discretos y sin mayor historia.

    También da la sensación de que a los equipos uruguayos (o a sus jugadores) les cuesta afrontar las mayores exigencias derivadas de la superposición de la actividad local con la internacional, lo que se supone que también les debería pasar a los clubes de otros países, sujetos a similares circunstancias. Quizás ello se deba a que el comienzo de esos torneos los encuentra, casi siempre, saliendo recién de la pretemporada. En tal sentido, parece criteriosa la tesitura del actual técnico de Nacional, Alexander Medina, de ir rotando habitualmente la conformación del equipo titular, de modo de resguardar la mejor condición física de todo el plantel.

    Por último, también parece haber ganado a una parte de nuestros aficionados (por supuesto que hay excepciones) una suerte de conformismo con el actual estado de cosas, priorizando el efímero goce de un título de entrecasa, a una buena figuración en el concierto internacional. Ello pese a que es esta última competición —claro que si se obtienen buenos resultados— la que asegura la percepción de aquellos ingresos que los clubes necesitan imperiosamente para hacer frente a sus obligaciones cotidianas.

    Por tal razón, es hora ya de que alguno de nuestros clubes (más que nada los rivales tradicionales, por el respeto a su propia gloriosa historia) se disponga a encarar un trabajo planificado con el exclusivo fin de conformar un equipo apto para competir exitosamente en el plano internacional. ¿O es que nadie se ha dado cuenta de que quienes han nacido en la última década del siglo pasado o en los años que van del actual, nunca han tenido la inigualable dicha de ver al club de sus amores en el sitial más alto del fútbol sudamericano, o aun mundial?

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