N° 1954 - 25 al 31 de Enero de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáNo es fácil reunir a más de 70.000 personas en un mismo lugar. Pero el llamado de los “autoconvocados”, reclamando menos despilfarro en el gobierno y menores costos para la producción, sí lo logró. Y vinieron literalmente de todas partes. De todas.
La explicación a tal fenómeno es sencilla: la gente que trabaja, los que arriesgan, innovan y producen, están hartos de ser “el pato de la boda”, de un Estado que los saquea mediante impuestos altos, combustibles caros y tarifas públicas elevadas, para cubrir un déficit fiscal insostenible.
El gobierno les pide “eficiencia” a los productores agropecuarios, cuando están entre los mejores del mundo en varios rubros, mientras los gestores públicos cometen errores garrafales que no son castigados, sino premiados. Y esos errores no los paga el que los hace, sino que los pagan los contribuyentes.
La proclama realizada por los productores, no le pide beneficios al Estado, sino que simplemente los dejen trabajar y poder comprar sus insumos sin sus costos monopólicos.
Quieren pagar el gasoil (insumo clave en el agro) al precio del mercado internacional (precio paridad de importación), que sería de unos 30 pesos, en vez de los más de 50 que cuesta ahora. Lo mismo para la energía eléctrica y para el dólar, cuyo valor está por debajo de su valor real (atraso cambiario), si es que el BROU no interviene en la plaza.
Es lo mismo que le dijo Jean-Claude Marie Vicent de Gournay a Jean-Baptiste Colbert, ministro de Finanzas de Luis XIV (rey de Francia). Cuando Colbert le preguntó a un grupo de comerciantes qué podía hacer por ellos, Gournay respondió: “¡lassaiz nous fair!” (déjenos hacer), y que el Estado se dejara de intervenir en la economía.
Las propuestas de la proclama son sensatas y fueron precedidas de un lúcido análisis del ingeniero agrónomo Eduardo Blasina que numeró 10 “mochilas” que cargan los productores en general y los agropecuarios en particular.
Pero esto no es suficiente para cambiar el curso de las cosas. Tamaña tarea no puede quedar en manos de un grupo de bienintencionados ciudadanos, sino que debería estar en manos de expertos. Y estos, se supone, deberían estar en los partidos políticos y en las cámaras empresariales. Sin embargo, ni partidos ni gremios empresariales, han logrado movilizar tanta gente tras una causa compartida.
Para que este impulso continúe, es necesario darle forma. Y la única forma posible es encauzarlo dentro de la filosofía del liberalismo clásico: Estado chico y eficiente; dedicado a sus cometidos esenciales (seguridad, justicia y relaciones exteriores); respeto irrestricto al derecho de propiedad, limitación del poder del Estado sobre la vida de los ciudadanos y que el individuo sea el factótum de la sociedad, no los sindicatos, las corporaciones o el Estado mismo. Pero no lo hacen.
Dice Frederick Hayek: “Los políticos son como corchos en el agua, donde el agua es la opinión pública. Ningún político va a tener éxito en cambiar las políticas estatistas, hasta que el público esté convencido de que hay una mejor alternativa o sea inevitable hacerlo”.
Hoy es inevitable cambiar estas políticas, pero ¿han trabajado los suficiente las cámaras empresariales y la oposición política para que el público esté convencido de aceptarlas? De no ser así, los que vinieron de todas partes, terminarán yendo a ninguna.