N° 1765 - 22 al 28 de Mayo de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecía Descartes que la vida sin filosofía es una profesión de fe de la ceguera, es tener los ojos cerrados sin querer abrirlos, negándose una y otra vez la posibilidad de los colores, de los brillos, de las mil diferencias que hay en el cielo a la hora en el que el sol aparece o se esconde. Ello no quiere significar, sin embargo, que todo empeño por la filosofía lo sea necesariamente de claridad: entre la simple especulación y el ardor de saber hay, concédase, una buena y reconocible distancia. La filosofía no es simplemente el acto de pensar, sino la voluntad de pensar lo esencial, lo que puramente es.
Al comienzo de su “Metafísica”, Aristóteles afirma que el sabio es el que busca el conocimiento por el puro goce de buscarlo, como algo que se agota a sí mismo, que es tan noble y tan necesario que no necesita de una ulterior utilidad para justificar su existencia Y dice algo más: dice que esta búsqueda no comenzó, como creen los que estudian la cultura griega, en Grecia, sino en Egipto, allí, donde estudió Pitágoras. La explicación de Aristóteles es interesante: sostiene que la casta sacerdotal, intervenida por el ocio, es decir, ubicada en un momento de máximo desarrollo material e institucional de la sociedad, cuando no debía ocuparse de proveer para las necesidades inferiores (del cuerpo) ni de las agobiantes minucias de la cuestión pública (había estabilidad política), pudo entregarse de lleno a la simple y grata especulación.
Elogia el Maestro esta posibilidad y esta disposición. El hombre, dice, debería desentenderse de los asuntos inferiores y ejercer plenamente la más soberana de las libertades, que es la de pensar, que en definitiva es la faena que va a distinguir a los bípedos implumes de los pobres animales, para quienes, al igual que para los marxistas, no hay más realidad ni más libertad que la desprolija o militarizada satisfacción de las necesidades.
Lo que Aristóteles nos enseña es que resulta noble, resulta santo dedicarse a lo expresamente inútil, en el entendido de que lo útil es aquello que sirve para otra cosa; mientras que el conocimiento es algo que sirve por sí mismo. La secuencia que todavía escandaliza, que aun lleva a trivializar desde la ignorancia el afamado sentido de scholé (otium, según los romanos, es ocio) de los griegos, sigue más o menos este itinerario: lo útil es lo que no tiene valor en sí mismo, es lo que sirve o es en función de otra cosa, pero entonces no es el valor supremo porque lo máximamente valioso es lo que vale por sí mismo, no en función de otra cosa distinta, lo que vale en función de otro al final termina reduciéndose en los brazos de lo que vale por sí mismo, porque de otro modo se daría el absurdo cuadro de que A vale para B y B vale para C y así ad infinitum, con lo que podría fácilmente concluirse que al final nada serviría para nada, porque no habría nada que justificase toda la serie. Tenemos pues que obligatoriamente ha de haber algo que tenga una mayor y distinta jerarquía, que valga por sí mismo. Ahora bien: eso que vale por sí mismo es con todo derecho y sin ningún retaceo mucho más valioso que todo lo demás, ya que debido a su propia naturaleza no sirve para nada, pero justamente por valer por sí mismo, vale en sí y por sí. Y es entonces que aparece en todo su portento como aquello que le da sentido a la cadena de las cosas útiles. Ergo: lo inútil es el señorío absoluto de lo útil; el conocimiento lo es todo, todo lo explica, todo lo justifica.
Dicho con menos paciencia o menos cortesía: la verdad es su búsqueda. Es lo que se piensa más lejos de lo que se mide o se vive. Es el acto de pensar en lo primero, no en lo que es sino en lo que hace que lo que es, sea. Lo demás, aunque permita que el mundo se despierte cada mañana, es subalterno, dependiente. No interesa.