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    Del mufa al salvador

    Nº 2095 - 29 de Octubre al 4 de Noviembre de 2020

    A Carlos Di Sarli —una gloria del tango— lo persiguió en vida y hasta después de su muerte una jamás explicada fama de mufa o yeta, al punto de que muchos, incluso colegas, evitaban, y hay quienes aún lo hacen, pronunciar su nombre porque “trae mala suerte”.

    Todo lo contrario ha ocurrido con Osvaldo Pugliese, cuya foto sirvió para imprimir una estampita con esta invocación al dorso: “Protégenos de todo aquel que no escucha. Ampáranos de la mufa de los que insisten con la patita de pollo nacional. Ayúdanos a entrar en la armonía e ilumínanos para que no sea la desgracia la única acción cooperativa. Llévanos con tu misterio hacia una pasión que no parta los huesos y no nos dejes en silencio mirando un bandoneón sobre una silla”.

    Acerca de Di Sarli lo único que llegó a decirse refería a su carácter introvertido, a ciertas peripecias poco felices de su vida y a que siempre usaba, día y noche, lentes negros.

    Sobre Pugliese hay una anécdota que lo vincula a una presentación de Charly García —aunque numerosos documentos conducen la historia más atrás en el tiempo— a punto de interrumpirse, con escandaloso enojo del artista, por problemas de amplificación en el escenario. A un operador se le ocurrió poner un disco de don Osvaldo a todo volumen y en unos minutos todo se normalizó; Charly no solo hizo su espectáculo, sino que al poco tiempo inició una cálida amistad con el autor de Recuerdo.

    Es famosa, además, la costumbre de muchos artistas populares, hasta actores de teatro, que antes de salir a escena golpean el piso tres veces mientras exclaman: “¡Pugliese, Pugliese, Pugliese!”.

    Hace siglos que en el Río de la Plata se han instalado mitos, ritos, creencias, devociones y supersticiones provenientes de lejanos orígenes, pero que, con el tiempo, han sido sincretizados a raíz de impulsos de las migraciones africanas y europeas, para constituirse en parte esencial de la cultura popular de nuestros países.

    Por ejemplo, el hábito de creer que cierta gente puede traer infortunio o buena fortuna se dice que vino del Mezzogiorno italiano y su primera manifestación en el mundo artístico fue la obra Jettatore, del argentino Gregorio de Laferrére, estrenada en Buenos Aires a inicios de 1900. Esa suerte de sainete incluyó los vocablos jeta (del italiano gettare, lanzar efluvios nefastos), fúlmine (equivalente a rayo que trae desgracias) y mufa (fastidio, mal humor, mala suerte).

    Por supuesto, acá en el Sur también se fueron creando conjuros para neutralizar una influencia tan desagradable de esas personas. Y como estamos armando un contexto para este proceso en la cultura popular, hay que decir que el tango estuvo muy presente a partir de inicios del siglo XX.

    Pero si bien hay temas, títulos o partes de letras que aluden a uno u otro extremo —lo bueno y lo malo— hizo carne la búsqueda de personajes que se popularizaran como resumen para todos los exorcismos imaginables. Elijo como ejemplo paradigmático de tal corriente a Fierro Chifle, tango con música de un inmigrante italiano, cantor, guitarrista y compositor afincado en Argentina, Carlos De Pardo, y letra de Alfonso Tagle Lara, hermano de Benjamín y amigo íntimo de Gardel, creado en 1928:

    Vos naciste en martes 13, Fierro Chifle, y es por eso / de que andás siempre en la mala, sin poderte acomodar. / Sos un yerro en esta vida con la yeta que te encana, / y seguís la caravana con la desgracia a la par (…). Fierro Chile, / por favor hacete a un lado… / Fierro Chifle, / que nos vas a contagiar… / Toquen fierro, que aquí cerca está la yeta. / Háganle una gambeta / quien no quiere en la pileta / tristemente naufragar

    Este tango lo grabó Corsini con guitarras en setiembre de 1928 para el sello Odeón; Gardel, con Ricardo, Barbieri y Aguilar hizo lo propio al mes siguiente y, claro está, el siempre presente Francisco Canaro dejó dos registros con la voz de Charlo. En una segunda grabación Gardel incluyó un estribillo —más bien un agregado vocal: “¡Fierro Chifle…!”—, que se repite aunque no figura en la partitura original y que, vaya curiosidad, canta desde atrás, alejado del micrófono, Aguilar, su primer guitarrista.

    Para cerrar, una excentricidad vigente en la vecina orilla: unos fanáticos crearon la Iglesia maradoniana —supongo que al borde de la locura—, porque el famoso futbolista hizo en un mundial un gol con la mano, desde entonces llamada la mano de Dios

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