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    Delirios en la “farándula Mides”

    Nº 2079 - 9 al 15 de Julio de 2020

    Durante los últimos meses se produjeron hechos políticos, económicos y sociales de gran destaque. Desde el control del gobierno sobre el coronavirus, que habilitó a que los uruguayos puedan ingresar a la Unión Europea, pasando por el escándalo político sin precedentes en la Ursec, en manos de la Justicia, hasta la intempestiva y arrogante renuncia del canciller Ernesto Talvi que oscurece su futuro político.

    Asuntos más graves se arrastran desde el pasado: la economía congelada con un déficit fiscal del orden del 5% del PBI, una deuda pública que crece avasallante y la inflación por encima de las metas oficiales. Mientras, sin que se hayan profundizado las auditorías, van saltando cangrejos quinceañeros. Pretendieron esconderlos para evitar irregularidades o delitos. Inútil.

    Sin embargo, pese a esas explosiones noticiosas, un hecho secundario, banal y patético concitó una atención periodística inusual propia del desnutrido mundo local del espectáculo. Algunos colegas que consulté lo justifican por la grabación de una conversación entre la vicepresidenta Beatriz Argimón y el organizador de fiestas y espectáculos Fernando Cristino.

    Ese audio, grabado y difundido por Cristino, colocó en una situación incómoda a Argimón porque ella se refiere a conversaciones telefónicas grabadas, sin precisar detalles. No obstante, cualquiera que les preste atención al contexto, a los tonos, a la inexistencia de pruebas y conozca la transparente trayectoria de la vicepresidenta, concluirá sin hesitación que fue un recurso para sacarse de encima al hostigador. En todo caso una ingenuidad.

    Pero a la oposición, sin líderes actuales o futuros, cualquier enchastre le viene bien y aprovechan para tirar algunos chasqui bum porque no da para más. Seguramente terminará en el archivo judicial.

    Aclaremos: cuando digo que se ha sobredimensionado no quiero decir que se omita, sino ubicarlo en su justa medida. Pero cada uno jerarquiza la información como le parece mejor o le resulta más cómodo o escandaloso.

    El domingo 21 en El País, en una columna que tituló La era del audio viral, Martín Aguirre le atribuye ese destaque al desarrollo de una “fiebre de liviandad, donde cualquier cosa que es compartida por un número significativo de gente se convierte en tema central de todo un país”. Este tuvo una relevancia “disparatada”, sostiene.

    Desde que se divulgó la grabación, Cristino alimentó esa liviandad vomitando hechos y opiniones en las redes sociales de la misma forma que las fugaces modelos y estrellitas de ese mundo decadente en el que duran lo que un lirio.

    Con agudeza mi colega Ana Laura Pérez —citada por Aguirre— identifica la actuación de Cristino y de esas ocasionales estrellas como integrantes de una “farándula Mides”. Fina ironía.

    Según Cristino, la “viralización” le ha permitido proteger su vida (¿quién lo amenaza y por qué?). Cantó como un orate en medio de discursos exculpatorios, argumentó que le deben dinero y, en el colmo de su delirio, anunció su intención de postularse como candidato a la Intendencia de Maldonado aunque no sabe por qué partido. Mientras tanto lo investigan por libramiento de cheques sin fondos que forman parte de un tendal de deudas.

    Terminó su ronda farandulesca la semana pasada con un escándalo en un hotel de Punta Carretas. Amenazó a un empleado que le negaba una habitación a la que, según él, tenía derecho por un canje publicitario. El empleado le dijo que en realidad él era deudor del hotel. Montó en cólera y debió intervenir la policía e insultó y agredió a un comisario. Terminó internado en el Vilardebó y el lunes cuando le dieron el alta el fiscal Diego Pérez le imputó violencia privada, atentado y lesiones personales intencionales.

    A fines de junio le pedí a un amigo psiquiatra su opinión sobre este asunto. Luego de analizar los videos y los textos producidos por Cristino, estima que su conducta es “producto de un trastorno de la personalidad caracterizado por sensaciones acuciantes de delirios incontrolables abonados por una manía persecutoria y delirios de grandeza”.

    Las personas que como Cristino se han dedicado desde hace algunos años a organizar reuniones sociales o espectáculos con el anzuelo de curvas, bikinis y desnudos parciales lo hacen al amparo de falsos títulos de relacionistas públicos contratados por empresarios y gobernantes.

    Se atribuyen ese título sin tenerlo, pese a que en Uruguay se expide como título de grado en universidades y academias. El delito de usurpación de título académico pega en el palo.

    Tampoco se sabe si para trabajar ha cumplido con las exigencias del Banco de Previsión Social (BPS) y de la Dirección General Impositiva (DGI). Bueno sería saberlo para establecer no solo su responsabilidad sino también la de sus contratantes.

    Imagino que la Justicia le solicitará información al BPS y a la DGI. Debe haber alguna razón aparte del amiguismo para que los contraten, cuando empresas de relaciones públicas o agencias de publicidad, con las formalidades del caso, hacen el mismo trabajo en forma profesional y legal.

    Admito que tras leer lo precedente alguien pueda razonar: “Este tipo cuestiona la dimensión que se le ha dado a este hecho y le dedica el espacio íntegro de su columna”. Una reflexión comprensible, pero creí que vale la pena poner los puntos sobre las íes y no contar esa historia como si se tratara de un teleteatro de cuarta categoría.

    A medida que desarrollaba este contenido me vinieron a la memoria algunos duros cuestionamientos de Don Quijote a Sancho Panza: “Traidor, descompuesto, villano, infacundo, deslenguado, atrevido, desdichado, maldiciente, canalla, rústico, patán, malmirado, bellaco, socarrón, mentecato y hediondo”.

    Cualquier similitud es coincidencia.

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