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    sábado 22 de junio de 2024

    Demasiados soldados

    Nº 2227 - 1 al 7 de Junio de 2023

    En tiempos tan agitados y en los que el aroma electoral se cuela por todos los rincones como el que esparce el mar antes de una tormenta, es muy útil hacer una prueba para medir la inteligencia y el grado real de estadistas —si es que lo tienen— de los principales dirigentes políticos. Es un ejercicio que se recomienda aplicar con los ocho o diez referentes de cada una de las colectividades políticas en competencia, estén en el gobierno o en la oposición.

    ¿En qué consiste? Muy simple: en escuchar con atención durante unos minutos alguno de los discursos que pronuncian o entrevistas en las que participan. Más allá de lo que digan o sobre lo que sean consultados, a lo que hay que prestar atención es cuánto tiempo demoran en referirse a sus adversarios y de qué forma lo hacen. Cuanto más rápido los mencionen y cuanto más agresivos y destructivos sean sus comentarios, menor es la capacidad con la que cuentan para el estadismo y la alta política. Es como si fuera un teorema matemático. Casi imposible que no se cumpla.

    ¿Por qué ocurre eso? También existe una respuesta simple para esa pregunta. Una persona, y más con aspiraciones serias a liderar, que tiene mucho más para decir de los otros que de sí mismo es que no tiene casi nada para decir. Cuando las palabras se convierten en balas disparadas como desde una metralleta, el ruido de la ráfaga puede distraer un poco la atención, pero en el momento en que se silencia queda en evidencia que por debajo hay muy poco. Todos esos que usan la mayoría de su tiempo para criticar a los que tienen en la vereda de enfrente en lugar de hablar de sus propias virtudes y proyectos demuestran que carecen de lo segundo.

    Algo similar ocurre cuando justifican cada uno de sus errores o desvíos a través de otros que cometieron sus adversarios, como si esto fuera una competencia con el objetivo de saber quién es el menos malo entre los malos. Esa también es una buena manera de medir la mediocridad de algunos dirigentes políticos. Cuando se comprueban casos de desvíos o irregularidades que involucran a los suyos o a ellos mismos y lo primero que hacen es decir que los muertos en el ropero que tienen los adversarios son más grandes, es porque sus horizontes son muy acotados. No hay cómo fallar. Con esos síntomas, imposible que estemos ante un líder realmente preocupado por el futuro y por trabajar para que su país pase a un estadio superior. En esas cabezas, los que mandan son los votos y el ego mal entendido. Por eso los rencores personales le ganan por goleada a los pensamientos a veinte o a treinta años.

    Hay otro problema al respecto, en especial de estos tiempos. Antes, hace no mucho, los que cumplían con el perfil de combativos o “tirabombas”, como se los conoce en la jerga política y periodística, eran en su mayoría diputados, ediles o dirigentes de media tabla. Asumían ese papel y el costo que significaba por un tiempo, como forma de preparación para crecer políticamente. Eran los soldados, los que siempre estaban en los primeros lugares en el campo de batalla.

    Hoy también son esos pero además hay muchos otros. Cada vez hay más soldados y menos coroneles o generales. Los que protagonizan el rol guerrillero y no propositivo no son solo los diputados, también son senadores, jerarcas del gobierno y algunos de los principales líderes de la oposición, incluso con intenciones presidenciales. Se agrandó considerablemente la cantidad de peleadores y se achicó la de pensadores. Sobran las armas y faltan los intelectos y eso afecta a todo el sistema.

    Si lo que abunda es la crítica y la confrontación, lo que falta es la negociación y el acuerdo para la construcción del futuro. Esa también parece ser una regla elemental de la política. Es imposible poder avanzar si la mayoría del tiempo la competencia es a desacreditar a la otra mitad. Una mitad tiene una capacidad de acción limitada y durante un tiempo predeterminado. Solo las dos mitades sumadas pueden pensar en grandes obras o rumbos, que son los que hacen la diferencia mirando hacia el futuro.

    A esta altura ya resulta obvio decir que se necesitan políticas de Estado en los grandes temas. Es imposible lograr mejoras sustanciales en asuntos como la educación, el comercio exterior, la seguridad pública o el combate a la pobreza si no hay una continuidad mínima en el rumbo más allá de los gobiernos. Ningún problema de fondo, de los verdaderos, se puede solucionar en cinco años.

    El dilema es que para lograr generar esas políticas es necesario sentarse a conversar con los que piensan diferente. Y eso tiene que estar precedido de un clima indicado y de la voluntad de hacerlo. Si la obsesión es competir con el otro como si fuera la batalla final, tratando de dar la idea de que el adversario es la encarnación de lo que está mal y que no tiene casi nada para aportar, la negociación se hace inviable. Y algo de eso es lo que está pasando desde hace un tiempo. No es una cuestión única de este gobierno. También involucra al anterior del Frente Amplio.

    Por supuesto que hay excepciones. La ley forestal es una, aprobada en la primera administración de Julio Sanguinetti a fines de los ochenta y aprovechada por los siguientes gobiernos, de todos los colores políticos. Hasta el día de hoy está dando sus frutos. Lo mismo con la macroeconomía, que al menos después de la crisis del 2002 ha mantenido un rumbo determinado, con resultados que están a la vista. Esos ejemplos son muy buenos, pero también muy pocos.

    Mientras, en muchos otros temas sustanciales para el futuro, como la educación o la pobreza en niños, la disputa sigue siendo en el barro del campo de batalla y entre soldados. Lo que no están viendo ni ellos ni los que los mandan es que podrán ganar una, dos o tres peleas y hasta llegar a lugares muy importantes dentro de la estructura de poder. Pero el tiempo siempre se encarga de poner las cosas en su lugar. O mejor que el tiempo, la historia.

    Las pruebas están a la vista. Sin entrar en detalles para no personalizar ni herir susceptibilidades: ¿cuáles son los principales logros que dejaron cada uno de los últimos gobiernos? ¿Cuáles son esos buques insignias que se estudiarán en los libros de historia en las próximas décadas? ¿Todos los tienen? ¿Cuántos? ¿Implican realmente cambios de fondo? Capaz que en lograr mejores respuestas a esas preguntas sí sería sano que todos compitieran.