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    Democracia desnuda

    Columnista de Búsqueda

    N° 2017 - 25 de Abril al 01 de Mayo de 2019

    En una nota al pie de página del parágrafo 2.257 del Tratado de sociología general, Vilfredo Pareto dice que “pagar directamente el voto de los electores fue un medio ampliamente utilizado y sigue siéndolo todavía, aunque en menores proporciones quizá. Aquel que es vencido con este medio, lo condena ásperamente y a menudo de buena fe; quien se beneficia de él, en ocasiones finge condenarlo, pero a veces también defiende descaradamente los beneficios que aporta a los electores”.

    Ese dato obvio se ve que estaba flotando en el ambiente, en la toma de conciencia de la civilización occidental porque también, casi en el mismo año, Oswald Spengler manifestará la misma repulsión por los modos en los que se forja la política y recogerá el mismo detalle en el tomo segundo de La decadencia de Occidente, donde advierte que las clases que retienen el poder lo hacen porque de alguna manera obtienen dinero, que el dinero es la moneda excelente de la democracia, lo que realmente determina el triunfo o fracaso de los que compiten por el favor de la turba: “El dinero es, en último término, la forma de energía espiritual en que se reconcentra la voluntad de dominio, la fuerza morfogene´tica política, técnica, intelectual, el afán de una vida de gran diámetro. (…) La civilización caracteriza, pues, un periodo de una cultura, periodo en el cual la tradición y la personalidad han perdido ya su validez inmediata y toda idea ha de ser transformada en dinero para poderse realizar. Al principio tenía bienes el que tenía poder. Ahora tiene poder el que tiene dinero. El dinero es el que pone al espíritu en el trono. La democracia es la perfecta identificación del dinero con la fuerza política”.

    Pareto, en el mencionado parágrafo, propone una inmejorable descripción comprensiva del problema que nos aqueja: “La clase gobernante, para mantener su poder, adopta individuos de la clase gobernada, y entre ellos se pueden distinguir dos categorías, correspondientes a los dos medios principales con los que dicho poder se afirma: una de estas categorías usa la fuerza, y en ella entran los soldados, los agentes de policía, los valentones de los siglos pasados; la otra usa el arte y va desde la clientela de los politicastros romanos hasta la de nuestros politicastros contemporáneos. Estas dos categorías no faltan nunca, pero no están en las mismas proporciones reales y menos aún en las mismas proporciones aparentes. La Roma de los pretorianos señala un extremo, donde, en realidad, el principal medio de gobierno, y un poco menos la apariencia, son las clientelas políticas. Sobre estas se actúa con diversos medios; el principal es el menos patente, es decir, que el gobierno se cuida de los intereses de los ‘especuladores’, a menudo sin que haya ningún entendimiento explícito con ellos. Por ejemplo, un gobierno proteccionista goza de la confianza y la ayuda de los industriales protegidos sin que sea preciso que establezca acuerdos explícitos con todos, si bien puede haber algún acuerdo con los principales. De modo semejante sucede con las obras públicas; por otra parte, el acuerdo con los principales empresarios se convierte en la regla. Hay también medios más conocidos, menos importantes desde el punto de vista social, pero que, sin embargo, son considerados más importantes desde el punto de vista ético; entre ellos están actualmente las corrupciones de cortesanos, de favoritos, de favoritas, de gobernantes, de generales, etc., las cuales, por lo demás, no han desaparecido por completo. Tales medios fueron utilizados en todos los tiempos, desde la época de Atenas y la Roma republicana hasta nuestros tiempos, pero son precisamente la consecuencia del gobierno de una clase que se impone con la astucia para regir un país; y por eso las innumerables tentativas hechas para reprimir este uso han sido y siguen siendo vanas: se puede cortar todo lo que se quiera la grama, pero volverá a crecer lozana si queda incólume la raíz. Nuestras democracias, en Francia, en Italia, en Inglaterra, en los Estados Unidos, se inclinan cada vez más hacia un régimen de plutócratas demagógicos, y quizá de este modo se encaminan hacia una transformación radical, semejante a las que ya se produjeron en el pasado”.

    Quiero pensar que las puertas del cielo no están abiertas esperando a esta especie que ha conseguido depravar ese mínimo indispensable para la convivencia que conocemos con el desprestigiado nombre de política.

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