Nº 2118 - 15 al 21 de Abril de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDespreció profundamente Aristóteles la forma que los ciudadanos espartanos habían encontrado para expresar su voluntad; en lugar de votar luego de ser convocados por lo que Jonathan Swift llamó “el arte de la mentira” o de apiñarse en rebaño para poner un papel en el que solamente están escritos nombres de personas que no conoce o si conoce preferiría no haber conocido nunca, en Lacedemonia se votaba a los gritos. Dice Aristóteles que “esto es infantil”, que la aclamación nunca puede reflejar la voluntad; francamente, no sé de dónde infiere semejante reticencia. El aullido, que de eso se trataba, es tan legítimo como cualquier papeleta o botón electrónico a los efectos de establecer quiénes traicionarán la fe ciudadana y despectivamente pasarán a tener autoridad legítima para hacer el mal o no hacer el bien en las cuestiones que nos incumben a todos.
Pero no hay que desesperar sobre el método; sea con un papel costosamente impreso o con un buen grito, lo cierto es que el voto, como dice Mark Twain, “nunca cambia nada; si cambiara algo efectivamente, lo prohibirían”. En la virtuosa Esparta, sin embargo, la expresión sonora de la voluntad popular permitió avances que no se dieron en las ejemplares democracias de entonces, y ni siquiera en las penosas de hoy. El régimen político estaba compuesto por dos reyes que, con buen criterio, se encontraban atados en autoridad, por lo que uno no podía operar contra el veto de su colega sin incurrir en abuso. Las áreas sobre las que tenían máxima responsabilidad estos magistrados eran de orden esencialmente religiosa, judicial y militar; revestían como los sumos sacerdotes del Estado. Uno de los dos reyes era el comandante en jefe del ejército; y esta es una de las ocasiones donde el grito o aullido hace su ingreso a escena: es designado comandante el rey al que los ciudadanos le prestan más respeto, especie que en aquella época y en aquel lugar no se conseguía fácilmente.
Este poder se moderaba con el poder de los gerontes (la Gerousia), que era una colección de ancianos ricos constituida en un consejo de 30 que constaba de los dos reyes más otros 28, cada uno de más de 60 años de edad y de noble cuna. Los miembros de este cuerpo detentaban el cargo, obtenido también debido a los certeros gritos o aullidos cívicos, por el resto de sus vidas. La Gerousia ejerció grandes poderes políticos y judiciales y constituyó el tribunal supremo. Juzgó delitos graves (asesinatos, juicios políticos). En asociación con los éforos, también podía juzgar a los reyes y decidir entre rivales durante una sucesión real. La congregación de ilustres ancianos era un órgano asesor y a la vez tribunal de justicia penal; y, según Plutarco, tenía “gran influencia en los asuntos políticos”.
El tercer factor de poder eran los éforos (o supervisores), un directorio de cinco magistrados anuales, los cuales formaban el gobierno real, cotidiano. Era la rama más poderosa de Esparta, desde el momento que combinaba funciones legislativas, judiciales, financieras y ejecutivas, siendo la más importante la última. Los supervisores fueron elegidos a los gritos anualmente y revistieron como corte suprema del Estado. Entre sus muchos poderes, esta instancia tenía potestad para acusar a uno de los dos reyes (nunca a los dos). Nos cuenta Plutarco que dos éforos siempre iban con un rey en campaña para controlar la arrogancia y proteger los intereses de todo el Estado.
Los ciudadanos de Esparta fueron llamados homoioi (los iguales). No es seguro que todos los espartanos fueran homoioi. Su número era limitado respecto del resto de la población; los homoioi eran los únicos que podían participar en la autoridad popular, es decir, tenían derecho al grito en la Appella, que era, se decía entonces, un acontecimiento institucional que ocurría una vez al mes y cuya función consistía en convalidar o rechazar algunas decisiones del Estado y en elegir de entre ellos a los éforos. Para ganarse ese derecho había que ser hijo de espartanos en uniones legítimas y haber cursado el duro sistema de enseñanza que la República tenía reservado para su élite. Gritar, como luego sería votar, les daba la ilusión de la libertad. La mayoría de la población —los perioikoi, que tenían propiedad, pagaban impuestos, participaban del servicio militar, tenían derechos civiles iguales a los de los ciudadanos; y los ilotas, que estaban en la servidumbre de los homoioi— no podía gritar y esperar que se los tuviera en cuenta.