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    Descubriendo a Dominga Sotomayor, la directora chilena que conquistó al cine

    La multipremiada cineasta estuvo de visita en Uruguay y se encuentra trabajando en una película con la escritora y guionista Inés Bortagaray

    La cineasta chilena Dominga Sotomayor llegó por primera vez a Montevideo. Invitada por la Sala Zitarrosa en el marco del ciclo Realizadoras, compartirá su visión del cine y su trayectoria en una conversación abierta al público hoy, jueves 21, a las 20:00, moderada por la periodista Majo Borges.

    No es su primera vez en Uruguay. En enero, Sotomayor participó como jurado en el José Ignacio International Film Festival. Su regreso coincide, además, con el comienzo de un nuevo Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, organizado por Cinemateca. Allí se vieron originalmente sus películas De jueves a domingo (2011) y Tarde para morir joven (2018) —ambas exhibidas en la Sala Zitarrosa en marzo— así como sus cortometrajes Mar (2014) y Aquí, en Lisboa (2015).

    Con una carrera cinematográfica de una década, Sotomayor tiene una biografía profesional que es un mapa de los grandes festivales: Cannes, Berlín, Locarno, Rotterdam. En ellos ha exhibido su trabajo, y en varios ganó premios.

    El cine no solo rodea a Sotomayor en sus películas o en una sala de cine. Su pasión por este arte la lleva a otros espacios, como el Centro de Cine y Creación (CCC), un cine de barrio y centro cultural que fundó en Santiago y que es uno de sus mayores orgullos profesionales. También ha desarrollado proyectos para el Tate Modern y La Bienal de Venecia, y durante tres años fue profesora en el Departamento de Arte, Cine y Estudios Visuales de la Universidad de Harvard.

    Es el Archivo Fílmico de Harvard, de hecho, el que define al cine de Sotomayor centrado en “personajes que atraviesan zonas liminales de transición y se mueven hacia revelaciones que llegan cuando y donde menos se las esperan”. En su entrevista con Búsqueda, la cineasta coincidió con esa definición.

    “Siempre me ha interesado lo intermedio, los procesos entre un estado y el otro. Me interesan mucho los intersticios, lo que está entre medio de lo importante y lo que está en un proceso de dejar de ser una cosa y convertirse en otra. Creo que es algo muy difícil de capturar y que por eso me llama la atención explorar”.

    Durante la introducción que Sotomayor hizo el pasado martes 19 de Tarde para morir joven, su último largometraje, la directora hizo eco de esa búsqueda como artista. La película se ambienta en el verano de 1990, tras el fin de la dictadura chilena, y muestra un grupo de familias en una comunidad aislada bajo los Andes en busca de un nuevo comienzo. Sus principales protagonistas son jóvenes de diferentes edades que lidian con el amor, el crecimiento, sus padres y los desafíos de una vida por fuera de la inclemencia urbana.

    La directora creció en la Comunidad Ecológica de Peñalolén, lugar al que sus padres se mudaron con la llegada de la democracia en Chile, y vivió allí desde los cinco hasta los veinte años. Ella define a Tarde para morir joven como una oda a ese lugar que la marcó durante tantos años. Se trata de una historia sobre transiciones, sí, pero también sobre personajes adolescentes que se ven impactados por una nueva libertad en ese momento de Chile.

    En su ópera prima, De jueves a domingo, Sotomayor explora una dinámica familiar más convencional al narrar el viaje de una familia en auto a través de Chile, durante un fin de semana. La perspectiva del relato es la de una niña llamada Lucía y es a través de ella que la película invita a observar las complejidades de las relaciones entre padres e hijos, hermanos y también parejas.

    “Lo bonito de la ficción es que la memoria es muy frágil. La ficción crece ahí entremedio, creando una especie de falsa memoria”, señala la directora, cuyas historias se distinguen por un trazo personal inspirado en sus vivencias.

    “De jueves a domingo vino a reemplazar una memoria difusa que yo tenía, pero eso tampoco equivale a la otra. Yo tengo una memoria, escribo en base a ella y ahí hay una transformación. Filmo, dejo otra imagen superpuesta. Y eso me parece muy bonito. Lo mismo me pasa con Tarde para morir joven. Siento que viene a reemplazar un recuerdo que ya casi perdí por haber hecho una imagen encima de otra”.

    Sotomayor se define, de todas formas, como alguien que tiene mala memoria. Por eso cree que trata de capturar las cosas mediante el cine. Las notas en su teléfono y un chat consigo misma en Whatsapp (titulado Caro diario, como la película de Nanni Moretti), ayudan. Allí conserva recetas, frases que escuchó y claro, ideas para sus próximos proyectos.

    “No soy una persona metódica. Mi trabajo surge de impulsos, ideas o imágenes que se convierten en películas. Comienzo una especie de recopilación mental, tomando notas, escribiendo en cuadernitos, dibujando diagramas. No es un proceso de escritura formal, sino más bien una acumulación de material. Viajo mucho, voy a museos, veo obras de teatro, todo lo cual se va armando como una masa de material que da forma a mi trabajo”.

    Ella reconoce que no es una persona muy organizada. “Soy la dispersión absoluta”, dice. “Tengo una mezcla rara entre ser como muy concentrada y muy dispersa, estoy en todo al mismo tiempo”. Sin embargo, también afirma que ha aprendido a decir “no” a más proyectos de los que puede manejar. Recuerda las palabras de su abuela: “Tu trabajo te está quitando tu vida”. Para ella, sin embargo, no existe una separación tajante entre su vida personal y su trabajo. El cine permea su forma de habitar el mundo, de relacionarse y de comunicarse.

    Para Sotomayor las ideas no tangibles se vuelven tangibles a través del cine. Una película, un cine, la película de otro, un viaje: todo puede ser una expresión de esas ideas. No concibe el cine como una actividad centrada en sí misma. La colaboración y el intercambio son fundamentales.

    En los últimos tiempos, se embarcó en una aventura poco usual: ser profesora invitada en la Universidad de Harvard durante tres años. Si bien no se considera una docente en el sentido tradicional, Sotomayor describe la experiencia como una extensión natural de su faceta como directora.

    El programa en Harvard la convirtió en visiting professor, un cargo temporal que le permitió liderar un programa sobre dirección en ficción. Su método de enseñanza se asemejaba más a una guía de proyectos que a una cátedra tradicional. “No me gusta dar cátedra”, confiesa. En sus talleres de ficción, los alumnos dedicaban un semestre a encontrar su voz personal y desarrollar una idea de proyecto, y el segundo semestre se dedicaba a la filmación.

    Si bien disfruta de la docencia, reconoce que es una actividad demandante que requiere una dedicación total. “Cuando me meto en una película necesito estar como 100% en eso”. Y es en el presente el momento en el que tiene ganas de filmar. Espera embarcarse en su próxima película el segundo semestre de 2024. Se reserva detallar la naturaleza de los proyectos pero sí aventura algunos detalles de lo que ha estado trabajando últimamente.

    En plena vorágine creativa también se encuentra trabajando con otros proyectos cinematográficos en marcha: dos adaptaciones de libros y una película personal titulada Niebla. Escrita por la propia Sotomayor, Niebla es un proyecto más personal que se encuentra en fase de desarrollo y aún no tiene fecha de rodaje. Mientras tanto, está trabajando en las adaptaciones que le han sido encargadas por otras productoras. Aunque no ha revelado los títulos de las obras, la cineasta ha comentado que se siente “muy cercana” a las historias y que está disfrutando del proceso de adaptación. En una ellas, Sotomayor colaborará con la guionista Inés Bortagaray.

    Tras su inminente regreso a Chile, Sotomayor espera retomar sus actividades en el CCC, un proyecto cultural que nació en 2016 como respuesta a la desaparición de los cines de barrio en Santiago. “Empezó como una idea entre amigas”, relata. Esas amigas son Catalina Marín y Manuela Martelli, fundadoras del CCC. La nostalgia por los cines de antaño, la demolición del Cine de las Lilas —ubicado cerca de la casa de sus abuelos— y la necesidad de espacios alternativos al circuito comercial fueron los motores que impulsaron el proyecto.

    El CCC se emplaza en una casona antigua, restaurada y adecuada para albergar un cine pequeño, un café, oficinas y un espacio de proyección interior. El corazón del proyecto, sin embargo, es el patio al aire libre donde se realizan las proyecciones. “No es un cine ‘fluido’, tampoco es un cine”, reflexiona Sotomayor. “Hay algo más”. Lo define como un espacio de encuentro y resistencia cultural que va más allá de la simple exhibición de películas.

    El centro se caracteriza por una programación diversa que incluye películas chilenas e internacionales, clásicos y estrenos, cine independiente y experimental. Además, se organizan talleres, conversatorios y otras actividades culturales que fomentan la participación activa de la comunidad.

    Tanto en el CCC como en sus películas, la directora quiere que los espectadores se sientan “invitados a otro tiempo y espacio”. Su cine es, como dijo el pasado martes en la Sala Zitarrosa, una invitación a la contemplación. “Como cuando uno va a la playa a sentarse y mirar el mar y no espera más que eso”, afirmó.

    Vida Cultural
    2024-03-20T22:13:00

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