N° 1839 - 29 de Octubre al 04 de Noviembre de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn trabajo de juventud que demoró años en revisar y que tardaría más allá de sí misma en publicar, pone la figura de Hannah Arendt frente a uno de los temas más fascinantes que ofrece la mística medieval, cual es el de la consagración a la eternidad. Su estudio El concepto del amor en San Agustín (ediciones Encuentro, Madrid 2001) está basado en su tesis doctoral. Data en verdad de 1929 y lleva por eco la tutoría que Karl Jaspers ejerció sobre la brillante discípula que tanto había admirado a Martin Heidegger; pero la autora no quiso difundirlo y de tanto en tanto se dio a la tarea de corregirlo hasta quedar conforme pero no estimulada para presentarlo al gran público. Se trata, sin embargo, de una obra mayor para la comprensión moderna del pensamiento complejo y tan original de San Agustín; una pieza que ayuda a poner en el encuadre de las coordenadas del análisis fenomenológico el tratamiento de la temporalidad como parte del proceso de la búsqueda de redención.
Me estoy refiriendo a la tesis de San Agustín sobre el recogimiento, sobre la búsqueda interior; que debería ser, que es, una liberación, y también su conexa idea de la temporalidad, sobre el amor, sobre justamente la renuncia al amor a las cosas de este mundo. Arendt ha conseguido explicar el punto con su característica exigencia; nos explica que “en contraste con nuestra comprensión del tiempo, para San Agustín el tiempo no empieza en el pasado para, a través del presente, progresar hacia el futuro, sino que proviene del futuro y, por así decir, corre hacia atrás a través del presente para acabar en el futuro”. A lo que se refiere en puridad es al concepto de asumir la existencia subespecie aeternitas, esto es, desde el re-encuentro con Dios.
Bajo este signo aparecen dos cualidades, uso y disfrute, que serán decisivas a la hora de definir la actitud frente al mundo y frente a Dios; ambas cualidades se remiten al antagonismo de las dos formas de amor de las que habla San Agustín, que son cupiditas y caritas. En cupiditas prevalecen dos especies polémicas: por un lado el disfrute de la cosa amada, el amor al mundo por el mundo en sí, amor a las cosas; ligado a ello, viene el temor, condición indispensable de todo apego a lo fugaz, a lo efímero; en esa forma de amor todo es angustia, miedo, felicidad ilusoria. Por oposición tenemos que en caritas hay firmeza, certeza; en su dominio tiene preeminencia la negación del goce en favor del uso; la vida para caritas es ocasión para adquirir trascendencia, por eso toda instancia vital debe ser vivida como una apertura que nos permitirá optar por la eternidad, esto es, por la negación de nuestro Yo mortal en favor de la vocación de eternidad que Dios ha puesto en nuestra alma. Glosando San Agustín, en un esfuerzo por explicar con exactitud la idea que da forma, termina con la tesis acerca del renunciamiento, Arendt define la condición del hombre que ha entendido esta distinción entre vida mortal y vida inmortal, entre cupiditas y caritas de la siguiente manera: “La libertad de caritas es una libertad futura, y el ser libre en la Tierra consiste en anticipar una pertenencia futura de la que el amor como deseo es el mediador”. Esa libertad se funda, entre otras cosas, en el desapego, en la conciencia y constancia del desapego; que no llega a ser nunca del todo una realidad, sino una aspiración: “Los bienes que están fuera de mi yo no caen bajo mi poder, y entre ellos se encuentra el bien máximo, la propia vida. Cupiditas desea cosas que escapan por principio a mi control y me hace dependiente de ellas, es decir, dependiente de cosas “que puedo perder en contra de mi voluntad” (invitus amittere possum). Que la vida, cortada de todo lo que necesita, sin embargo lo anhele, significa que el hombre no es independiente, no es autosuficiente. Su aislamiento original respecto de su propio bien da fe de su dependencia”.
Ir en busca de uno mismo no es el camino fácil que muchos creyeron; allí, en la intimidad que San Agustín proclamaba como patria excelente de la criatura humana, se da, como fue dicho, una apertura, pero también una ruptura; los puntos de referencia desaparecen; no hay otra ligazón que la del alma; por ahí recién empieza a hacerse visible el problema de identidad, y la resolución de la salida: “Quien aspire a decir “yo soy” y a hacerse cargo de su propia unidad e identidad y a oponerla a la variedad y multiplicidad del mundo, debe replegarse sobre sí, sobre alguna región de su intimidad, dando la espalda a lo que el exterior pueda ofrecerle, sea ello lo que fuere”.
Estar consigo no es fácil. Como dice Nietzsche: uno siempre se está acechando desde los árboles, en los cruces de caminos.