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    Desdémona

    Columnista de Búsqueda

    N° 1913 - 06 al 12 de Abril de 2017

    La violencia contra la mujer adquirió relieve poético y dimensión terrible en una de las más perfectas tragedias de Shakespeare. La figura y encuadre estampados en el delito conocido como feminicidio en verdad ocultan bajo una generalidad equívoca realidades emocionales que mal pueden reducirse al caprichoso expediente de “violencia de género”. Los que han matado o golpeado a mujeres lo han hecho no porque simplemente fueran mujeres, sino por las razones enfermas de sus propias debilidades, de sus envilecidos valores morales, de su aberrante sentido del honor.

    El más famoso de todos los casos que nos ofrece la literatura lo tenemos en aquel cuento XXXVII de los Cien cuentos (Ecatommiti) del erudito italiano Giambattista Giraldi, que murió cuando William Shakespeare estaba por cumplir lo once años. El texto se llama El capitán Moro y presenta la historia de un afamado subsahariano profesional de las armas al que la Serenísima República de Venecia le encarga la protección de sus intereses de ultramar y que comete la imprudencia de contraer matrimonio con la bella Desdémona (que quiere decir exactamente desafortunada), hermosa y blanca joven de la alta burguesía.

    Esos cuentos de Giraldi que alcanzaron rápida popularidad en Francia e Inglaterra llegan dispersos, descabalados a las manos de Shakespeare. Con el mencionado cuento XXXVII compone una de sus cuatro más perfectas tragedias. En la segunda escena del acto V expone con detalle la culminación del proceso de incredulidad, duda, celos, baja de la autoestima, odio, deseo absoluto y dolorido de destrucción, sentimientos complejos que mal pueden resumirse en ese gastado neologismo del que tanto se abusa hoy. La decisión de terminar con los días de Desdémona lo lleva a Otelo a actuar con deleitosa alevosía, solazándose en su secreto odio, condenándose, sin embargo, por seguir amando; no resistiendo a la locura de sus oscuros pensamientos. Dice al comienzo de la escena: “Es con razón, es con razón, mi alma. La causa no te diré, castas estrellas; es con razón. No he de verter su sangre, ni quiero herir su tez, su tez más blanca que el campo de la nieve, y tersa como el mármol de un sepulcro. Y sin embargo, matarla es fuerza o engañará a más hombres. Mato esta luz, y luego... mato aquella. Si a ti te apago, refulgente llama, y me arrepiento, devolverte puedo tu luz primera; si la tuya extingo, de alma natura sin igual dechado, ¿dónde hallaré la chispa prometeica que devolverte pueda el ser primero? Si de su tallo la fresca rosa arranco, no puedo renovar su lozanía; es fuerza que se mustie. Aquí en la mata quiero aspirar aún su dulce esencia. (La besa). ¡Oh aliento embalsamado, a la justicia casi persuades a romper su espada! Un beso; y otro más. Después de muerta estate así: te mataré, y amarte podré después. Un beso más, el último; tan dulce y tan fatal no lo hubo nunca. Fuerza es llorar; pero es cruel mi llanto, y mi pesar es cual de Dios la ira: donde más ama, hiere. Ya despierta”.

    Lo que sigue es cruel, por la diferencia de registro entre lo que el criminal sabe y lo que la dulce víctima ignora: “OTELO: Desdémona, ¿rezaste esta noche?/ DESDÉMONA: Sí, lo hice./ OTELO:Pues si te acuerdas de algún crimen que gracia aún no logró y perdón del cielo, ruega por él al punto./ DESDÉMONA: ¡Dios piadoso! ¿Qué me quieres decir, dueño mío?/ OTELO: Hazlo, y sé breve. Me retiro en tanto. Sin confesión matarte no quisiera; ¡no, no permita Dios que tu alma mate!/ DESDÉMONA: ¿Cómo? ¿Hablas de matar?/ OTELO: Sí./ DESDÉMONA: ¡Entonces piedad, gran Dios!”.

    Le cuesta creer a Desdémona que su amado quiera su mal, no entiende cómo puede buscar algo así. En verdad, no teme por su vida sino por su fe; no acepta que alguien al que le confió su vida ahora quiera quitársela; más que asustada está desconcertada. La cercanía, como siempre ocurre en estos casos, es el mejor aliado del asesino. Es horrible, pero esa intimidad, esa confianza que todavía subsiste en quien ama y que por lo tanto no ha perdido la tranquilidad que confiere el amor, le quita gravedad y espanto al crimen ya inevitable. Con el almohadón sofocando su cara, dice Desdémona con infantil súplica: “Mátame mañana; pero déjame vivir solo esta noche”. La respuesta glacial de Otelo es la de un industrioso artesano —un cazador, un carnicero, un verdugo, un político— que ve que su facinerosa tarea no está debidamente acabada, que necesita un esfuerzo más: “¿Forcejeas aún?”

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