N° 1975 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTodo sucede tan rápido que hace envejecer cualquier análisis. No recuerdo otra fase de grupos con tantos partidos infartantes, finales con todas las de la ley como Argentina-Nigeria (donde Maradona pasó por las clásicas fases psiquiátricas: euforia mística, medicación y sueño profundo, insulto maníaco y desvanecimiento) o Alemania-Corea del Sur y México-Suecia. Eso es lo mejor de este juego (sí, es un juego, pero nadie se lo toma como tal): emoción y épica hasta el último segundo, las jugadas vistosas —que también las hay— superadas por el suspenso, el thriller que te tiene al borde de la butaca (agárrense para el fin de semana: alargue y penales). Pocas selecciones han llevado el partido cómodamente, sin pasar mayores problemas; una de ellas y contra todo pronóstico resultó la de Uruguay. La constante de este Mundial sigue siendo la paridad. Es lo mejor que le puede pasar a una competencia para hacerla vibrante. Vibramos frente a la tele, sufrimos —y también gozamos con la desgracia si es ajena. Queremos ver catástrofes deportivas, selecciones mundialistas —o eternos rivales— de rodillas, derrotadas, pidiendo clemencia. Señores, esta Copa del Mundo está más cerca que nunca para los equipos emergentes o para aquellos que tuvieron un pasado glorioso pero hoy no son potencias, como Uruguay. Casi todas las escuadras saben cerrarse, poner un candado y jugar al contragolpe, el arma que siempre tiene el débil para combatir al poderoso. Y después está el apuro por conseguir el gol, el olor a la inminente tragedia, que es lo peor que les puede ocurrir a los jugadores y a los nervios del entrenador, que se encuentra fuera de la cancha pero mueve el esqueleto —más que los futbolistas, en muchos casos— y también deja el alma, aunque tenga traje y corbata. Hemos visto rodar la pelota de la desesperación. Hemos visto envejecer a hinchas y comentaristas en HD. Hemos visto el éxito del VAR (no jodan: no quita ritmo ninguno y da más justicia y suspenso para los dos lados). Hemos visto las noches blancas estampadas en los entrenadores. Se lo veía en el rostro lívido, desarticulado de Joachim Löw (el sueldo más alto: 3,85 millones de euros anuales), con ganas de meterse los dedos en la boca y masticarlos. Alemania afuera del Mundial en la primera fase, impensado. Ya se alzarán algunas voces teutonas reclamando nuevo liderazgo y orden en la casa o mayor severidad para corregir los errores. Es el eterno retorno nietzscheano. Otro entrenador a quien los sinsabores de la selección se le manifiestan en la cara de huevo es Jorge Sampaoli, que insulta a los jugadores contrarios con esa boca sin labios que tiene, un técnico excluido de las decisiones, desautorizado por sus dirigidos (otra vez la grieta argentina), que da pasitos nerviosos, desagradables e irritados al otro lado de la línea de cal. Nuestro Óscar Washington Tabárez, en cambio, vive el partido bajo techo (y es el sueldo más bajo, solo por encima del argentino Cúper, el entrenador de la eliminada Egipto). Tabárez grita un gol y tantea la muleta para ponerse de pie, una imagen geriátrica, es cierto, pero hasta el momento demuestra la sabiduría del veterano de la tribu.