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    Despacito por las piedras

    N° 2025 - 20 al 26 de Junio de 2019

    Los uruguayos tenemos la costumbre de mudar prontamente de ánimo en función de las cambiantes alternativas que va presentando la realidad. No extraña entonces que la prudencia con la que la mayoría de los medios de prensa –y los aficionados que los consumen— había encarado la participación de nuestra Selección en esta Copa América, haya virado bruscamente a una euforia desmesurada tras su debut triunfal del domingo pasado. Y la reticencia generalizada a que muchos nos endilgaran la condición de favoritos para ganar este torneo, ha dado paso –luego del debut celeste— a la convicción de que esto es ahora altamente probable.

    Es cierto que esta actuación celeste superó cualquier pronóstico, pero no debemos olvidar que es apenas una primera muestra de poderío, que deberá luego ser ratificada –e incluso mejorada— ante otros rivales, probablemente de superior nivel. Ello no quita que este inicio de nuestra Selección haya estado entre los mejores en muchos años, al punto que desde que comenzara el “proceso Tabárez”, solo pudo ganarse uno (en 2015 ante Jamaica) de los primeros partidos de una justa continental.

    Si comienzo quieren las cosas, este en Belho Horizonte fue casi soñado. Ante un rival que casi siempre nos ha complicado, nuestro equipo bajó a la cancha dispuesto a imponer de entrada su superioridad (aun pasando un momento de zozobra, casi de movida, por un mal pase de Godín a Muslera, que este conjuró como si fuera un zaguero, cuando peligraba nuestra valla). Casi enseguida, el golazo de Lodeiro, en una exquisita maniobra personal, allanó prematuramente el camino, a lo que se sumó la correcta expulsión de un defensa ecuatoriano, pocos minutos después. Con esa ventaja en el tanteador y un hombre de más, nuestra selección se adueñó por completo del juego. Cáceres y Nández desbordaron constantemente por la derecha del ataque, al igual que Laxalt y Lodeiro por el sector opuesto. Por fin Suárez y Cavani no quedaron librados a su propia suerte como tantas veces, sino que la pelota siempre les llegó jugada prolijamente y por distintas vías.

    Con ese panorama altamente propicio, los goles de nuestro encumbrado binomio ofensivo no podían demorar. Cavani estuvo muy cerca en dos oportunidades (una de ellas con un taco de antología que no fue gol porque el arquero rival y luego el poste lo evitaron), hasta que la tercera fue la vencida, conectando con una espectacular tijera en el aire un envío desde la derecha y quebrando así el hechizo de no haber podido anotar en las anteriores cuatro ediciones de la Copa. Y poco después fue el turno de Luis Suárez, venciendo el arco ecuatoriano con un fuerte remate cruzado.

    Sinceramente no recordamos un primer tiempo tan redondo como el de la otra noche. En lo individual, hubo varios futbolistas con gran nivel, pero los mayores elogios deben ser para Nicolás Lodeiro, cuya inclusión como titular había sido muy cuestionada. Claro que ese amplio rechazo no era antojadizo, pues el exvolante tricolor no había rendido satisfactoriamente en anteriores ocasiones, quizás porque Tabárez le encomendaba tareas de marca que no sentía. Su no convocatoria para el Mundial de Rusia, y el estar jugando en una liga de relativo nivel, como la de Estados Unidos, hacía suponer fundadamente que su ciclo celeste había concluido. Sin embargo, el técnico le otorgó una nueva oportunidad, bien que en un sector de la cancha donde su buena técnica e inteligencia podían constituirse en el apoyo que nuestra dupla goleadora estaba reclamando. Y Lodeiro respondió con una actuación redonda, constituyéndose en la mejor figura de la noche.

    Pero hubo también otros varios aspectos destacables. La iniciativa fue siempre nuestra y el balón fue y vino por todo el frente de ataque, jugado siempre con precisión. Extrañamente, tuvimos un alto porcentaje de posesión y un impulso sostenido que nunca le dio respiro al rival, que no pudo armar una sola jugada de peligro contra el arco de Muslera. El ritmo del partido decayó notoriamente en el segundo tiempo, y aunque el dominio de las acciones fue siempre nuestro, el fútbol se lateralizó en demasía. Y aunque tanto Suárez como Cavani siguieron al acecho, la pelota ya no les llegó como antes, ni siquiera con los ingresos –quizás algo tardíos, pues el partido ya estaba liquidado— de Pereiro, Torreira y Valverde. Nos parece incluso que se expuso demasiado a algunas figuras claves, cuando el partido no lo ameritaba, lo que nos costó la seria lesión de Vecino, que ya lo radió de la competencia.

    Concluyendo: es claro que la renovación –en figuras y también en el patrón de juego— parece haberse consolidado favorablemente, aunque manteniéndose íntegramente las virtudes tradicionales en los equipos de Tabárez. Igualmente, aunque sea compartible el optimismo, no parece atinado echar las campanas al vuelo y creernos sin más que ya estamos para ser campeones. Adviértase que esa lamentable lesión de Vecino nos priva de uno de los titulares indiscutidos del equipo. Si resulta ser Torreira quien finalmente lo suplanta —como todo parece indicarlo— seguramente se ganaría en la marca, aunque perdiendo 20 centímetros de altura en esa zona vital del campo, y también en las dos áreas. Si le tocara a Valverde, este puede conjugar perfectamente la marca con una superior proyección ofensiva.

    Por lo visto, los futuros rivales en nuestra serie son superiores a Ecuador. Chile –el campeón de las últimas dos ediciones— demostró que está vigente. Supo mantener su base tradicional (con Medel, Beaussejour, Vargas, Arturo Vidal y Alexis Sánchez) y está igualado con Uruguay en puntos y en goles, tras un debut auspicioso. E incluso su vencido Japón, aunque es una selección Sub-23 reforzada, mostró atributos muy resaltables –una enorme velocidad, entre otros­­— al punto que dispuso de tantas chances de gol como su adversario, dilapidadas solo por falta de puntería. Además, la escasa estatura de sus hombres los torna muy vulnerables en el juego aéreo.

    En las otras series, Colombia impresionó muy favorablemente, derrotando con justicia a una Argentina sin alma y sin fútbol, que deambuló penosamente por la cancha, esperando en vano que Messi se iluminara y la sacara de ese pozo futbolístico. En tanto que Brasil, el otro grande de América, que en su debut venció a Bolivia —disimulando con Coutinho la importante ausencia de Neymar— en el partido siguiente no pudo con Venezuela, ni tampoco con el VAR que le escamoteó un par de goles.

    Lo del comienzo entonces, un arranque particularmente valioso del equipo celeste, que confirma sus serias aspiraciones a la obtención del título. Aunque aún queda mucho camino por recorrer y aparecen otras selecciones –quizás no las esperadas— con pretensiones similares, podemos pues ilusionarnos con un muy buen desempeño celeste en el torneo, que nos permita traer de nuevo la Copa América a nuestro país.

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