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    Despotismo filantrópico

    Columnista de Búsqueda

    N° 2018 - 02 al 08 de Mayo de 2019

    Las realidades sociales y el horizonte de los presupuestos políticos no se fundan exactamente en mitos; son fenómenos multicausales, complejos, misteriosos para cualquier mirada reductora. Pero hay algo que resulta indiscutible: por lo general su actualización se sustenta en un sistema de creencias que termina por hacerse inmune a la revisión crítica y en la consagración de relatos fantasiosos que distancian fuertemente los hechos de las verdaderas razones que los explican.

    He seguido de cerca los saludables escepticismos de Frédéric Bastiat respecto del orden en las sociedades y las muchas banales razones que se han ofrecido para cobijar los apetitos de control de la vidas ajenas y no me ha costado concluir que a dos siglos de formuladas, aquellas advertencias se confirman trágicamente. El cruel sistema en el que estamos atrapados, este oscuro laberinto de argumentos falaces que busca disimular las verdaderas intenciones de toda acción política profesional cada día, con porfiada regularidad e insistencia, nos da cumplidas muestras de sus perversos atropellos a la libertad y fueros de la persona, de su desprecio al derecho inviolable de los individuos.

    Para salvar algo de su abyección es justo señalar que los políticos y gobernantes que consuman este cautiverio al que condenan a pueblos enteros nunca trabajan en solitario, no son lobos de las estepas que tienen raptos de inspiración inicua, sino que cuentan siempre con nuestra considerable ayuda; en cierta forma —por imperio de la costumbre, de la distracción, del error, de la idiotez— somos víctimas de nuestra inocente devoción por los instrumentos que nos mortifican. Eso, va a señalar Bastiat, es producto de la mala educación que hemos recibido y de la poca o ninguna lucidez que ponemos para tratar con quienes se nos presentan a escenificarnos su comedia de la solidaridad, de la piedad social, del compromiso con los más débiles. Con esos discursos siempre, una y otra vez en la historia, terminamos fatalmente envueltos, lastimosamente involucrados, incurablemente enajenados.

    Los antiguos griegos nos dieron una lección que no pudimos absorber y que solo vemos como detrás de una vidriera, desde una realidad diferente en la que dramáticamente habitamos. Platón, Sócrates, Aristóteles, Epicuro y toda su vasta colección de discípulos y escuelas nos mostraron que la libertad —la defensa de la expansión personal, de la propiedad en su más amplia acepción, de los proyectos propios, de las ideas y de los valores que abrazamos— es algo que en todo punto se liga a nuestra condición racional; que vivir y construir la existencia es una elección responsable que no podemos delegar en nadie y que, por lo tanto, en todo momento debemos tomar conciencia de nuestro deber y realizar un sereno análisis de las posibilidades, afrontar el esfuerzo crítico de comprender la red de las causas y de las consecuencias de los actos que decidimos realizar.

    En su trabajo La Loi (Oeuvres complètes, vol. 4), que publica en 1850, el año de su muerte, indica que las personas no viven de las mercedes de la política; que la vida individual se basa en bienes que la política no puede dar, pero sí quitar, tales como la “libertad de conciencia, de enseñanza, de asociación, de prensa, de locomoción, de trabajo, de intercambio. En otros términos, el ejercicio en ausencia de interferencias ajenas, de todas las facultades que no perjudiquen los iguales derechos de los demás; aún del despotismo legal, y el reducir la ley a su única atribución racional, que es la de reglamentar el derecho individual de legítima defensa o de reprimir la injusticia. Debe convenirse que aquella tendencia del género humano se ve en mucho contrariada, especialmente en nuestra patria, por la funesta inclinación que es fruto de la enseñanza clásica, común a todos los intelectuales, de colocarse fuera de la humanidad para arreglarla, organizarla e instituirla a su capricho. Mientras que la sociedad se agita para alcanzar la libertad, los grandes hombres que se colocan a su cabeza, imbuidos de los principios de los siglos XVII y XVIII no piensan sino en doblegarla bajo el filantrópico despotismo de sus invenciones sociales y en hacerla soportar dócilmente —según la expresión de Rousseau— el yugo de la facilidad pública, tal cual ellos la han imaginado”.

    Mirar la historia y sus escenarios bajo esta óptica ubica en sus debidos términos la improcedente y ansiosa demanda que nos impone la política.

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