Nº 2128 - 24 al 30 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn las últimas semanas con el historiador y politólogo Gerardo Caetano revisamos por separado antiguas actas de debates en el Senado para compararlas con la situación actual. La mayoría de esos tramos de la historia política son atrapantes. Son controversias profundas que trascienden lo partidario, en las que se destaca la cultura que, como corresponde a un político de fuste, no debe ser solo académica, sino también popular. No populachera. Tenían amplia información sobre los casos concretos y, ante un ataque, mantenían la compostura con expresiones razonadas. Replicaban duro, pero con respeto. Y claro, también había alguna excepción.
Como ejemplo hay que citar a algunos legisladores. Muchos desconocidos para los menores de 40 años, porque desarrollaron su niñez y adolescencia durante la dictadura, cuando eran desprestigiados y perseguidos. Se destacan Luis Batlle Berres, Wilson Ferreira Aldunate, Julio María Sanguinetti, Enrique Rodríguez, Jorge Batlle, Alba Roballo, Zelmar Michelini, Hugo Batalla, Luis Hierro Gambardela, José Pedro Cardozo, Gonzalo Aguirre, Luis Alberto Lacalle, Dardo Ortiz, Juan Pablo Terra y Manuel Flores Mora. De pelos variados, me quedan varios en el tintero.
En aquellas confrontaciones que los periodistas observábamos seducidos también decían presente la ironía, el sarcasmo o el golpe verbal. Pero por encima de las enérgicas controversias —¡vaya si las había!— se destacaba la consideración entre los contendientes mediante sólidos argumentos con soportes históricos, políticos y un uso adecuado del idioma español. También admitir errores con humildad y sin pudor.
En cambio, una somera revisión de muchas de las intervenciones actuales es preocupante. Hay excepciones, pero apabullan los agujeros negros. Voy a elegir dos intervenciones en comisión de senadores del oficialismo que constituyen un ejemplo de tosquedad. También de autoritarismo, aunque quizá no se dan cuenta.
Comenzó el senador blanco Sergio Botana durante una sesión del 3 de junio de la Comisión Especial de Deporte y Juventud. El ejemplo vale especialmente porque sus dichos no resultaron de un acalorado debate —cuando la adrenalina y la lengua se disparan sin reflexionar—, sino porque, consciente y racionalmente, desnudó su machismo contra la senadora frenteamplista Liliam Kechichian, que presidía la sesión. No solo contra ella, sino contra su género.
Sorprende y desconcierta lo de Botana porque es universitario graduado como economista, fue diputado y cabeza del poder político de Cerro Largo, donde en 2019 por primera vez en la historia lo sucedió una mujer, su correligionaria Carmen Tort.
Para la academia el machismo es una “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres. Una forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón”. Fue lo que ocurrió en la comisión sin que otro senador lo llamara a sosiego y le señalara sus relinchos. Es más, desarrolló una visión social androcentrista, la que establece como medida universal que los valores masculinos se consideren los únicamente válidos. El androcentrismo ha condicionado que el sexismo sea fundamentalmente machismo.
Vamos a la comisión:
—Me pide la palabra el señor senador Botana —dijo Kechichian para habilitar la intervención del legislador.
—Gracias, señora presidente —respondió Botana.
—Presidenta —lo interrumpió la frenteamplista.
—No, presidente —la contradijo Botana.
—Presidenta —replicó Kechichian para remarcar el uso del femenino y su preferencia.
—Yo no soy Sergio Botano, economisto, exintendento de Cerro Largo. Soy economista —dijo, en una burla con pretensiones humorísticas.
—Usted es senador y yo soy senadora —le precisó Kechichian.
—En realidad en la versión taquigráfica va a constar presidenta porque la señora pide que la llamemos presidenta —admitió Botana como una concesión a Kechichian.
En ese intercambio intervino el senador Raúl Lozano de Cabildo Abierto. Sostuvo que no correspondía ese debate frente a otros invitados asistentes a la sesión.
Kechichian advirtió a Lozano sobre esa irreverencia y le dijo que estaba cuestionando su presidencia.
Lozano, coronel retirado, uno de los fundadores de su sector, respaldó a Botana. Al responderle a Kechichian también demostró ignorancia y androcentrismo: “Estoy cuestionando cómo se habla el idioma español”, como si fuera un académico de la lengua.
La insistencia de Kechichian en el uso del vocablo —un derecho fundado— no integra el absurdo dictatorial de algunos grupos feministas que pretenden cambiar el idioma a los ponchazos por una militancia imbécil.
El País aclaró que según la Real Academia Española (RAE) el vocablo presidente puede usarse para ambos géneros, pero que cuando se trata de una mujer es preferible usar el femenino presidenta. Está documentado desde el siglo XV y registrado desde 1803 en el diccionario de la RAE. Esa fue la primera de las 10 ediciones del diccionario en el siglo XIX.
Ese registro de la RAE tuvo lugar apenas ocho años después de que en 1795 el capitán de Infantería Agustín de la Rosa fundara la villa de Melo, el embrión de la ciudad en la que Botana se formó.
La gramática académica explica que la voz presidenta es un femenino válido en el que se ha cambiado la e final por a, al igual que ocurre con vocablos como asistenta, dependienta, infanta o intendenta.
Como siempre ante algunos hechos me asaltan recuerdos del pasado; en esta ocasión es el Ñato Desiderio, un personaje humorístico argentino que interpretó Mario Fortuna. Era un ignorante que presumía de saberlo todo y cuando creía que alguien cometía un error le reprochaba con tono lunfardo: “Garrá lo libro que no muerden”.