N° 2054 - 09 al 15 de Enero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn una carta a Sophie Volland, su amante Diderot se interesa por un sentimiento que cobraría fama un siglo más tarde, pero que ya estaba instalado en el imaginario de la generación ilustrada. El mantra con el que se alude al fenómeno es spleen. Diderot, que era un buen conocedor del inglés, no sabe cómo explicarlo exactamente, por eso le pide una descripción a un amigo escocés, que le dice: “Al cabo de veinte años he sentido un malestar general, más o menos desafortunado (…) Me siento mal en todas partes, no quiero nada, no puedo querer, trato de divertirme y cuidarme innecesariamente; la alegría de los demás me aflige, sufro escucharlos reír o hablar. ¿Sabes qué tipo de estupidez o mal humor se experimenta al despertar después de dormir demasiado? Este es mi estado ordinario, la vida es desagradable para mí; las variaciones más leves en la atmósfera son como sacudidas violentas. No puedo permanecer en su lugar, debo irme sin saber a dónde. Duermo mal, tengo falta de apetito, no puedo digerir (...) Soy todo lo contrario de los demás: no me gusta lo que les gusta, me gusta lo que no les gusta. Hay días en que odio la luz, en otras ocasiones me tranquiliza, y si de repente entro en la oscuridad, pensaría que estoy cayendo en un abismo”.
En la interesante lectura de las cartas de Madame Du Deffand, (Lettres, 1742-1780, Mercure de France, 2018), la marquesa cuyo salón arbitró el gusto a mediados del siglo XVIII, nos permite enterarnos de que ese sentimiento, podríamos decir existencial, esa sensación de vacío o de nonsense iba camino de convertirse en una moda de irresistible obediencia. Claramente se infiere en las muchas misivas que manda a los cuatro puntos cardinales por todos los medios, que el culto de languidez ha terminado por domesticar sus últimos arrebatos de gran aventurera social y termina arrinconada por esa mezcla de fastidio, de aburrimiento y de falta de sentido que la conduce a juzgar la vida y a todo lo que la rodea como como un vasto desierto sin explicación ni consuelo.
La rutina de la vida galante en ese tiempo había adquirido el ritmo y hasta los horarios de una industria: toda la existencia giraba en torno a la expectativa del próximo party o al minucioso análisis de los detalles importantes o triviales de la jornada anterior, donde algún invitado destacó por alguna frase ingeniosa, otro por su oportuno silencio, alguno por su indiscreción con cierta señora y no pocos por desfogar su aburrimiento con las cartas, el licor o las humoradas en la que casi siempre un cazador furtivo daba cuenta de una inocente pastorcilla en algún secreto claro del bosque, según rezaban ciertas estampas inmortalizadas por Fragonard. En ese contexto armar una agenda no era tarea sencilla: había que cumplir con todos los compromisos (seleccionar invitados, destacar jerarquías en los asientos, elegir vestido y tocado, estudiar o asesorarse sobre algunos temas de conveniente tratamiento, proyectar futuras reuniones para comprometer el interés de los asistentes) y por si ello no alcanzara también había que disponer el ánimo para mostrarse afable y hierático al mismo tiempo, para seducir ya no con los afeites, sino principalmente con el misterio, porque el implacable paso de los años le pedía a gritos que no se descuidara.
Esa abnegada vigilancia la absorbía por completo, pero al final del día se daba cuenta de que tanto desvelo solo le servía para distraer en algo, a veces nada, su tan singular y pronto muy extendido estado de espíritu. En una de sus cartas de 1742 a un amigo inglés declara: “Si yo no tuviera la ocupación de escribirte, me aburriría soberanamente, pero he aquí que esta ocupación me lleva una buena parte del día, lo cual me permite acostarme temprano y hacer una buena vida”. Veinte años más tarde le confiesa a Horace Walpole las sensaciones experimentadas en una reciente fiesta, dice que mientras hombres y mujeres se movían, conversaban, actuaban de acuerdo con lo que se había transformado en hábito, ella se sentía abismada en las más tristes reflexiones: pensaba que los juicios que había vertido durante los años de su vida habían sido precipitados, que no había conocido a persona alguna, que tampoco la conocían, y que posiblemente ni se conocía a sí misma.
Lo que ignoraba la señora es que su malaise pronto sería famoso y acabaría por convertirse en un timbre de honor, se llamaría le mal du siécle.