N° 1799 - 15 al 21 de Enero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecía Oscar Wilde que la apariencia es lo único que no engaña. Y tal vez haya verdad en esto; a veces el continente que se quiere plácido o sereno no sabe (o no puede) disimular las tormentas que se estremecen en su interior. Es lo que le ocurre a la pareja del cuento de John Cheever El enorme receptor de radio, que parece salida de una tira de publicidad de revistas hogareñas de la década de los 40 del siglo anterior y que, sin embargo, no deja de ser un emergente de las contradicciones que tan bien dibujaron los sureños Tennessee Williams y Carson McCullers y algunos dramaturgos como Elmer Rice o William Saroyan y un poco antes Theodor Dreiser y Sinclair Lewis. Quiero decir: lo que padecen los personajes jóvenes de Salinger unos años después, lo experimentan sin quererlo ver sus mayores apenas terminada la conflagración mundial.
El fin de la II Guerra representó para Estados Unidos una época de fuerte dinamismo social. Los que partieron al frente, en su primera juventud conocieron las muchas privaciones y la incertidumbre que generó la crisis de 1929. Hubo hogares rotos o desahuciados, hubo desocupación masiva, desaliento, pobreza real. Esos mismos muchachos volvieron triunfantes de los campos de Europa y de las innúmeras islas del Pacífico y fueron recibidos por un país que estaba convirtiéndose rápidamente en la primera potencia económica, militar y científica del mundo. Con un agregado nada desdeñable: todo ello fue acompañado por una sociedad que estaba adquiriendo altos horizontes de crecimiento colectivo y de integración en la pirámide de distribución. La antigua clase media, devastada por la crisis, se remozó en una gran masa de operarios y de cuellos blancos que pudieron comprar su automóvil, que vivieron en los impecables suburbios creados por William Levitt a muy bajo costo, que se disciplinaron cumpliendo con todas las ceremonias de orden, de complacencia y de sonriente pulcritud y optimismo que los medios de comunicación —y especialmente la publicidad— les imponían a toda hora y en todo lugar.
Con sus legiones de consumidores a crédito, uniformados por las grandes tiendas y escrupulosamente regulados por las marcas de electrodomésticos, con sus concursos radiales y sus fuentes de soda y sus mayonesas y sus gomas de mascar, la utopía del mundo feliz, compacto y esperanzado parecía alcanzada. El sueño americano era una incontestable realidad; algo muy parecido a lo ocurrido un par de décadas antes, en el mundo que habitaron los desamparados personajes de Scott Fitzgerald, para quienes las cotas del éxito reinante y esperado representaron no simplemente una frontera sino un monstruo que los engulló sin piedad y sin ninguna ceremonia. La perfección estaba lejos en los agitados 20 y estuvo lejos también en esta década de grandes cambios; la vida llegó a ser más confortable, es cierto, pero no por eso perdió su carácter de vida, es decir, de contradicción, de angustia, de proyecto que naufraga, de soledad que no tiene remedio. La fresca ternura de las estampas de Norman Rockwell guardaba como reverso la amarga soledad de los bares y de las calles espectrales en los que hombres y mujeres agonizan cada jornada según lo supo ver para siempre el arte de Edward Hopper.
El matrimonio que protagoniza este cuento augural de Cheever pertenece a la parte mayor de la estadística: es de clase media, tiene hijos, él es un puro White collar en ascenso (trabaja precisamente en publicidad), y a la noche, luego de la cena, disfrutan de sentarse frente a la radio a escuchar música clásica. Un buen día deciden comprar un más grande aparato de radio y en lugar de emitir música, por un efecto que no se explican, el receptor comienza a reproducir las conversaciones de los vecinos del edificio. Allí desfilan las miserias, las angustias, los egoísmos, las mentiras y las frustraciones de personas socialmente felices a las que se creía dueñas de un destino envidiable.
Cada noche, la radio recuerda a estos jóvenes esposos que la vida no es como la venían consumiendo, sino como secreta y rencorosamente la estaban viviendo. Bastó un intercambio inocente de diferencias para que ambos mostraran, en toda su extensión, hasta qué punto esa estabilidad de la que parecían tan orgullosos y tan seguros era un envoltorio, un patético disimulo de los desencuentros y de los reproches que ambos venían atesorando día tras día de falsa convivencia. La vida de los demás, esa horrible galería de sórdidos problemas con los que fueron invadidos mediante el aparato de radio, los llevó al desnudo centro de su propia y oscura realidad.
Y nada fue como antes.