El resultado fue una breve visita de 19 horas que incluyó ese mismo día un acto religioso en la iglesia Matriz y una ceremonia en el Palacio Taranco, donde se había firmado aquel documento de 1979, a los que el papa asistió con los hábitos empapados. Ante unos 3.500 asistentes a una catedral abarrotada como nunca, dijo a los sacerdotes que proclamen “principios éticos y morales”, pero que dejen a “los laicos competentes y bien formados” la guía “de los asuntos temporales”, según señaló Búsqueda en su edición del 2 de abril de ese año. En buen romance, les pedía a los religiosos abstenerse de cuestiones políticas. Otro pasaje, indicó la crónica, pareció una alusión indirecta y crítica a la teología de la liberación, con la cual estaba duramente enfrentado: “La primera liberación que Cristo vino a brindar al hombre es la liberación del pecado, del mal moral que anida en su corazón y que, a su vez, es raíz y causa de las estructuras opresoras”.
Sturla también había ido a la Catedral Metropolitana el día anterior. Recuerda que cuando el papa se detuvo frente a la tumba de Jacinto Vera, el primer obispo de Montevideo, alguien le gritó “¡que sea beato!”. En noviembre León XIV podrá visitar la tumba de quien fue beatificado en 2023, dice sin esconder la alegría.
El altar para la misa campal de 1987 y la cruz que se quedó.
Iglesia Católica de Montevideo
La cruz de 24 metros de altura bajo la cual Juan Pablo II presidió esa ceremonia se mantiene enhiesta por bulevar Artigas. Lo propuso el propio Sanguinetti luego de despedirlo en Carrasco y después de obsequiarle un álbum fotográfico de su visita hecho a velocidad relámpago, lo que asombró al propio papa. “Qui si lavora” (aquí se trabaja), le comentó al presidente. Hoy esa cruz es parte del paisaje, pero su permanencia fue en su momento centro de un duro debate político, con divisiones incluso en las internas partidarias, zanjado luego con un proyecto de ley del senador nacionalista Gonzalo Aguirre que calificaba la estructura de “monumento histórico” conmemorativo de esta visita y no un lugar de culto ni oración.
“Yo planteé dejar la cruz porque tengo un concepto liberal y no jacobino de la laicidad”, subraya el dos veces presidente.
El regreso
La segunda venida papal al país, entre el 7 y el 9 de mayo de 1988, ya fue una escala propiamente dicha en el marco de una gira pastoral por América del Sur. El día de su arribo brindó una ceremonia religiosa en un colmado Estadio Centenario, donde pidió “que todas las familias uruguayas sean fieles en acudir a la fuente de gracia que es la santa misa”. En la noche visitó la Universidad Católica del Uruguay; en los dos días siguientes, Melo, Florida y Salto.
En Florida ordenó sacerdotes a 13 diáconos, 12 uruguayos y un argentino. Uno de ellos era el actual presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU), el obispo de Maldonado, Rocha y Lavalleja, Milton Tróccoli, que tenía 24 años. “Recuerdo que habíamos pedido al clero si podíamos tener una charla previa con el papa, pero nos dijeron que no iba a ser posible por razones de tiempo. Lo que hicimos fue escribirle una carta agradeciéndole nuestra ordenación. Cuando llegó nos saludó y en perfecto español nos preguntó si teníamos ‘pronto el corazón’. Fue algo muy sentido”, cuenta este religioso a Búsqueda.
En esta segunda visita, la última de un papa a Uruguay hasta la que hará León XIV entre el 6 y el 8 de noviembre, reiteró en una reunión privada con obispos su advertencia ante la teología de la liberación y otras corrientes similares que habían hecho carne en la América Latina que todavía se lamía las heridas de las dictaduras. La Iglesia “no puede dejarse arrebatar por ninguna ideología (…) la bandera de la Justicia, que es exigencia del Evangelio”, y “esa desviada posición teológica pone el acento de modo unilateral sobre la liberación de las esclavitudes de orden terrenal y temporal”, fueron algunas de sus afirmaciones, consignadas por Búsqueda en su edición del 12 de mayo de 1988.
Estas jornadas sirvieron también de inspiración para la película El baño del papa (César Charlone y Enrique Fernández, 2007, con César Troncoso en el rol principal), una ficción basada en la desmedida expectativa sobre la afluencia de gente a Melo, con la consiguiente bonanza para los comerciantes, por la llegada del obispo de Roma.
Una niña ondea una bandera con la inscripción “Bienvenido, Juan Pablo II” durante una misa al aire libre celebrada el 7 de mayo de 1988 en Montevideo por el papa Juan Pablo II.
DANIEL GARCIA / AFP
Reafirmación
Quien había nacido en Polonia en 1920, iniciado su papado en 1978 y sobrevivido a un atentado a tiros en la plaza de San Pedro en 1981 (motivo por el cual se diseñó el papamóvil) era, detrás de un carisma que le reconocían hasta sus detractores en las alas más progresistas de la Iglesia, un hombre muy conservador. Era crítico del divorcio y furibundamente anticomunista. Ingresó clandestino a un seminario durante la ocupación nazi de su país, fue ordenado sacerdote cuando Polonia ya estaba bajo órbita soviética, se salvó de milagro por su vasto conocimiento de idiomas de una purga estalinista y consideraba el comunismo como la madre de todos los totalitarismos.
“Era un hombre agradable, muy afable, muy sereno, de hablar pausado, como si hablara a sí mismo. El único momento en que se encendía era cuando uno tocaba el tema del comunismo”, recuerda hoy Sanguinetti. “Era muy enfático en eso, incluso cuando aludía a los curas de la teología de la liberación. Uno le decía que en muchos lados se habían sufrido regímenes dictatoriales, que acá habían ocurrido también, y él contestaba: ‘No entienden la diferencia, una cosa es una dictadura, que por terrible que sea es algo temporal, y otra muy distinta es un Estado totalitario que busca el control total de todas las personas, de todas las vidas, de todos los espíritus’”.
Por su parte, el Uruguay de las dos primeras visitas papales era un país que hacía muy poco había salido de la dictadura y todavía más recientemente, en diciembre de 1986, había quedado dividido por la aprobación de la ley de caducidad. Y pese a su condición de isla laica en el religioso mar latinoamericano desde principios del siglo XX, el hoy cardenal Sturla recuerda a Búsqueda que aquel fue un tiempo “de muchas vocaciones sacerdotales”. Eso se debe, agrega, a que los ámbitos parroquiales habían sido durante los años de plomo “uno de los pocos lugares de crecimiento y de encuentro para los jóvenes”.
La primera llegada de Juan Pablo II fue a criterio de Sturla nada más y nada menos que “un momento hermoso, con una resonancia positiva”; se había salido de la dictadura, “estaba muy fresca la ley de caducidad y fue un momento de acercamiento entre todos, de unidad nacional”.
Sin embargo, Búsqueda consignaba un resurgimiento de la fe. Según una encuesta de Equipos Consultores realizada para el medio y publicada el 2 de abril de 1987, ya en ese entonces 55% de los montevideanos tenía “sentimientos religiosos” (33% católicos) y 45% se definía ateo. Solo 14% asistía a misa con regularidad y apenas 4,5% se definían como “católicos practicantes”. Previo a la segunda llegada, la edición del 5 de mayo de 1988 hablaba de una Iglesia Católica que, “según sus jerarquías, emerge de un prolongado letargo y asiste a una reafirmación de la religiosidad nacional”, con un “mayor acercamiento de los fieles a los templos” y un “número enorme, inesperado”, de gente que luego de la primera visita se acercó “a la práctica de la confesión”.
Juan Pablo II en Melo, en 1988, antes de El baño del papa.
Instagram Diócesis de Melo
El cardenal Sturla matiza esta información: “Si bien con su llegada se dio una especie de revitalización, no es que la Iglesia estuviera caída. No es que vino el papa y comenzaron a llover las vocaciones”.
La memoria de Tróccoli es distinta más allá de la cantidad de prelados. “En lo inmediato, empezamos a notar mucho más gente participando en las misas, además de un crecimiento fuerte en las pastorales juveniles”. El “envión” de estas visitas papales duró, calcula, hasta “mediados o fines de la década de 1990”. En su época de diácono, en 1987 y 1988, llegaron a convivir 75 futuros sacerdotes en el Seminario Mayor Interdiocesano Cristo Rey; en 2009 había 32 y actualmente hay 16. En Uruguay nunca sobraron las vocaciones pero, si en la década de 1980 había 600 curas, hoy hay 400; 250 son del clero diocesano —número que según Sturla se mantiene constante— y el resto proviene de las distintas congregaciones, las que están en situación más crítica. Para el presidente de la CEU, con el nuevo siglo vinieron “un cambio de época y nuevas sensiblidades” con las que la Iglesia “ha tenido que aprender a dialogar”. Sigue en ese proceso.
Expectativas y legados
La isla laica es aún más pequeña que antes. Según datos publicados por el Latinobarómetro en 2024, Uruguay sigue siendo el país menos religioso de la región, con 47,2% que dice no profesar ninguna religión, con una población católica que en 30 años se redujo de 60,5% a 36,5%. La CEU contrató a la consultora Cifra para que mida la expectativa que produce la visita de León XIV, tal como publicó Búsqueda a principios de este mes. “La idea nuestra es evaluar si hay un antes y un después de la visita del papa”, señala Tróccoli. El actual sumo pontífice visitará Montevideo, Florida y Paysandú. “En su momento, habíamos esperado mucho la llegada del papa Francisco. Creo que para toda la Iglesia la venida de León XIV va a ser un espaldarazo”, agrega.
Por fuera de puntuales efervescencias religiosas, Sanguinetti rescata dos legados de las visitas de Juan Pablo II. El primero es “un concepto de laicidad conviviente, afirmado desde entonces”, que dejó atrás “la querella del liberalismo y el jacobinismo”, que habían hecho mucha carne incluso en su propio Partido Colorado. De hecho, fue la Junta Departamental de Montevideo, que entonces era de mayoría colorada, la primera en rechazar la permanencia de la cruz del papa.
Y lo segundo, añade, fue “un mensaje muy importante de afirmación democrática porque él era un símbolo de democracia”. Eso, a poco más de dos años de la vuelta de la institucionalidad a Uruguay y a menos de tres años de la caída del Muro de Berlín.
Poco tiempo después de estos hechos históricos, el rey de Bélgica Balduino (fallecido en 1993) le preguntó a Sanguinetti cómo había hecho para que el papa polaco hubiese visitado dos veces un país como el suyo, siendo que él —profundamente católico, jefe de Estado de una tierra donde el catolicismo tiene una enorme influencia— no había logrado lo mismo para el propio. “Supongo que nos habrá querido evangelizar”, le respondió el dos veces presidente uruguayo.