N° 1956 - 08 al 14 de Febrero de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDura la película del griego Yorgos Lanthimos. Trata de cirujanos, anestesistas y oftalmólogos, sus hijos y sus pacientes, y su paso por este mundo desalmado, si es que existe el alma. El sacrificio del ciervo sagrado (2017, actualmente en salas comerciales), tiene la frialdad de un quirófano desértico. Los actores hablan como si estuviesen parados en un témpano de hielo, una estética que recuerda la forma de dirigir de Robert Bresson, aunque con una ampolleta intravenosa de Michael Haneke: si te agarra desprevenido, te hará sufrir. Venís solo a este mundo y te vas igual.
El cirujano que interpreta Colin Farrell mantiene una extraña relación con un muchacho (Barry Keoghan, el de Dunkerque), que es hijo de un paciente muerto en la sala de operaciones. Paulatinamente, la relación entre el médico y el muchacho se transforma en una amenaza de este último, que parece ser bíblica: si el cirujano no sacrifica a un familiar, morirán todos sus seres queridos, desde su esposa (Nicole Kidman) hasta sus dos hijos. Primero sufrirán parálisis, luego sangrarán por los ojos. El terror se puede alojar bajo una luz muy blanca y en un dormitorio muy amplio y lujoso, y no habrá ciencia que te salve.
Lanthimos ya nos había advertido que su forma de ver esta civilización no es precisamente agradable (Canino, The Lobster), sino decididamente brutal, aunque metafórica, si eso atempera en algo las cosas. En sus cuatro últimas películas los guiones están coescritos con el también ateniense Efthymis Filippou, un alma gemela de Lanthimos en esto de abordar los afectos.
Aquellos griegos clásicos inventaron todo con la esperanza de mejores tiempos. Estos griegos nuevos ya no creen en nada.