N° 1664 - 31 de Mayo al 06 de Junio de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos norteamericanos dicen que para que un proyecto inmobiliario tenga éxito, necesita tres componentes clave: “place, place and place”. Y parafraseando este concepto podemos afirmar que para que una empresa tenga éxito, también necesita realizar tres acciones: diferenciar, diferenciar y diferenciar.
La primera diferenciación se busca en los productos: un nuevo celular como el iPhone, una Tablet, un vestido innovador o un televisor HD. Pero todos sabemos que al poco tiempo la competencia se encarga de hacer productos similares, cuando no idénticos. Y si no lo cree, encuentre alguna diferencia entre dos heladeras, dos motos chinas o dos computadoras, sin verles la marca.
La segunda diferenciación está en los servicios. Los productos pueden ser iguales, pero no es igual la experiencia de compra, el buen asesoramiento que da un vendedor, el servicio posventa o la logística para servir mejor a los clientes. Un litro de leche Conaprole, un kilo de yerba Sara o un paquete de galletas Bridge, son iguales en todos lados, pero no es lo mismo comprarlos en una cadena de almacenes que en otra. La ambientación, el orden y, sobre todo, el trato del personal, son bien diferentes de un local a otro; y, además, muy difíciles de imitar.
Y la tercera diferenciación no es hacia el cliente, sino hacia dentro de la organización. Se trata de diferenciar a los empleados por la forma en que agregan valor a la empresa, por sus talentos y virtudes puestos en acción y por no tratarlos a todos por igual, ya que ninguno es igual a otro, ni practican las mismas actitudes durante las ocho horas laborales.
La igualación lleva a la mediocridad, a que las personas no desarrollen su máximo potencial, ni estén motivadas a hacer algo más allá de lo que fríamente describe su puesto de trabajo o el convenio colectivo. Los que pretenden tratar a todos por igual (mismos sueldos, mismos premios, mismos horarios y mismas vacaciones) lo que buscan es que cada individuo sea incapaz de diferenciarse por sí mismo y mejorar por sus propios méritos. Al cerrarse la vía individual, la única alternativa que queda es la vía colectiva: la del sindicato, la del gobierno o la del legislador.
En Uruguay, son pocas las empresas que hacen bien esta tarea de diferenciar. La mayoría la evitan porque no saben bien qué es lo que tienen que destacar y premiar. Otros, por simple pereza. Ante esta paralizante duda ganan espacio los profetas de la igualación, quienes predican que “el colectivo” vale más que “el individuo”; que hay una “conciencia social” por encima de las conciencias individuales y, por lo tanto, ningún esfuerzo personal es válido. ¿Para qué hacer, para qué emprender, si esa acción será vista como “egoísta” y, además, no será reconocida?
Los empresarios dedican bastante tiempo a diferenciar sus productos, menos tiempo a diferenciar sus servicios y casi nada de tiempo a diferenciar a su personal. De esta manera están convirtiendo una sabrosa ensalada de frutas —donde cada individuo conserva su forma, color y sabor— en una informe mermelada, donde todos se confunden en igual textura, igual color y un mismo e insulso sabor.
(*) El autor es abogado, máster en Administración de Empresas, director del Instituto de Innovación y Desarrollo Emprendedor de la Universidad de la Empresa (UDE) y cofundador de Iniciador Montevideo, una ONG que promueve el “emprendizaje” (aprender a emprender)