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    Diosa del equilibrio

    Amaluna, del Cirque Du Soleil, desembarcó en el Faro de Punta Carretas

    En el centro del escenario, la dama dorada junto a un montón de ramas de palmera, arqueadas por la naturaleza con perfección matemática. Toma la más pequeña con los dedos de sus pies, la lleva a sus manos y sobre un extremo, en el punto justo de equilibrio, apoya una pluma. Balance perfecto. Durante los siguientes 15 minutos repite el procedimiento con ramas sucesivamente más grandes, con tanta precisión como parsimonia. Y gracia. Y belleza. Lentamente arma un miriñaque natural con la sutileza con la que un felino se desliza entre los pastizales antes de abalanzarse sobre su presa. La tensión crece en la gran carpa azul y amarilla. La música colabora. La banda de cinco mujeres que toca en vivo acompaña con sus notas y golpes certeros el pendular de las fibras vegetales. La dama dorada hipnotiza a la audiencia con sus movimientos aletargados pero a su vez electrizantes. Cada paso parece ser más difícil que el anterior y cada gesto derrama suspenso y admiración. Con la velocidad de una pianista, mueve los dedos de una de sus manos para hacer avanzar la pieza de madera de dos metros, mientras que con la otra sostiene toda la estructura bamboleante. Aplausos, silbidos, excitación. La dama dorada, imperturbable. La apuesta sube. El entramado de palmeras reposa ahora sobre el cráneo de la artista. Con un sutil desplazamiento de un pie, sitúa la rama mayor en modo vertical y sobre un solo punto hace descansar el edificio. Triunfante, se aleja unos metros de su inmaculado móvil de 13 varillas para recibir la mayor ovación de la noche. Pero su faena no ha terminado. Su deseo ahora es demostrar que la destrucción puede ser el más acabado gesto de la creación. Toma la pluma con sus manos, y esos pocos gramos de desequilibrio desencadenan el derrumbe.

    La dama dorada se llama Lara Jacobson, nació en Suiza, a los 16 cruzó el Atlántico y se unió a una compañía circense neoyorquina y en 2010 audicionó ante el Cirque Du Soleil con su acto, llamado Balance Godess. Desde 2012 es uno de los números centrales de Amaluna, la producción que el Cirque Du Soleil presentó el martes 29 en una función para invitados en la que además de la prensa acreditada, la platea estuvo poblada por numerosos grupos de escolares. El espectáculo se estrenó ayer miércoles 30 y las funciones van, hasta el momento, todos los días hasta el sábado 16 —menos lunes 4 y 11—, con entradas en venta en Abitab (desde $ 2.040 a $ 8.100).

    Un año y medio después de Kooza, el debut en Uruguay de la compañía fundada en Montreal en 1984, la troupe de Amaluna se instaló varios días antes en el nuevo predio asfaltado que se instaló en el Faro de Punta Carretas, una locación que, luego de que los acróbatas y clowns dejen la ciudad, se mantendrá para albergar shows de gran escala. El fenómeno parece potenciarse esta vez, entre otras razones, por la irrupción de la gran carpa amarilla y azul en un punto por el que a diario pasan decenas de miles de personas. Precisamente, Amaluna está ambientada en un paisaje marítimo, con un fuerte énfasis femenino —por primera vez, el Cirque presenta un elenco con mayoría de mujeres— en una isla regida por los ciclos de la luna y matizada con elementos propios de la leyenda, animales humanizados en tono de fábula y componentes de magia y fantasía habituales en las producciones del elenco, que se inició como un grupo de teatro callejero de la mano de Guy Laliberté y se transformó en un emporio mundial de las artes escénicas.

    Habitado exclusivamente por mujeres, este paraje isleño se ve alterado cuando una barca zozobrante derrama su cargamento masculino en las playas. El romance entre uno de los jóvenes náufragos y la princesa insular es el eje narrativo que conduce e hilvana los diferentes cuadros. No faltan los sellos de la casa, como la clásica pareja de clowns que ameniza desde antes del comienzo y que deleita especialmente al público infantil, y la música ejecutada en vivo, en este caso por una banda de rock exclusivamente femenina. Notable la performance de estas amazonas rockeras.

    Si bien los estándares de calidad acrobática y belleza conceptual son incuestionables, la primera mitad del show circula por carriles bastante convencionales y hasta predecibles, como Cuenco de agua y Barras asimétricas; la segunda mitad, luego del intervalo, reserva momentos de gran emotividad y de alto impacto visual: la coreografía simultánea de 1.000 brazos y palos, inspirada en danzas indonesias, el acróbata que parece ingrávido al subir y bajar por una vara de goma vertical a la que sus pies y piernas se adhieren como el Hombre Araña.

    Al final, una compañía de acróbatas rusos —todo el espectro anatómico posible, desde los pesos pesados a las lauchitas de 35 kilos— estremece con sus pruebas que se nutren exclusivamente de su potencia muscular para hacer volar esos cuerpos de niño por los aires. Los rostros rotundamente rusos mantienen el típico gesto teatral aunque sus cuerpos tiemblen como un motor a cinco mil revoluciones. Y son la última muestra de maestría que se lleva el espectador, antes de la merecida ovación final.

    Vida Cultural
    2017-08-31T00:00:00