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    Dos procesos contrapuestos

    Nº 2182 - 14 al 20 de Julio de 2022

    Si miramos la tabla de posiciones de las dos series del actual Torneo Intermedio se advierten ciertas circunstancias que llaman la atención. No, por cierto, que una de ellas esté hoy encabezada por el invicto Nacional, seguido a tres puntos por Defensor Sporting y a cinco por Boston River y Cerro Largo. Ocurre, en cambio, que en la otra la sorpresa es mayúscula. No tanto porque sean dos los equipos de los denominados “chicos”, Wanderers y Albion, quienes comparten la punta con 10 puntos, ni porque le sigan otros dos, Liverpool con siete puntos y Montevideo City Torque con seis. Lo que sí resulta verdaderamente llamativo es que Peñarol —cumplida la cuarta fecha— aparezca en la quinta posición y con apenas cuatro puntos (seis puntos debajo de los líderes).

    Huelga decir (y de ahí el título de esta columna) que, conforme a esos números, el actual momento del equipo tricolor viene siendo notoriamente superior al de su eterno rival. El contraste actual no deja de sorprender en virtud de que ambos tuvieron un muy flojo desempeño en el anterior Torneo Apertura, marginados de su definición, casi igualados en el puntaje final y con la coincidente particularidad de haber perdido sus respectivos compromisos en la última fecha, malogrando toda chance de pelear por el título, que finalmente ganó Liverpool. La pregunta es entonces: ¿qué es lo que ha ocurrido para que, en tan poco tiempo, aquella relativa y frustrada paridad entre ambos equipos hoy ya no exista y que esa mínima ventaja de dos puntos que Nacional le llevaba a Peñarol en la tabla anual sea hoy de 10 unidades?

    El notorio repunte tricolor tiene una explicación muy sencilla. A nuestro juicio, el técnico Repetto está viendo, por fin, los resultados de un trabajo paciente y denodado, para ir construyendo el equipo titular, en el relativo corto tiempo que lleva en el cargo. Al asumir se encontró con un plantel prácticamente desmantelado, por circunstancias diversas que habían ocurrido con anterioridad. Un penoso suceso en un hotel donde se encontraba concentrado Nacional había determinado el equipo jugadores de larga trayectoria como Sebastián Fernández y Gonzalo Castro. Se sumó luego el alejamiento del goleador de las últimas temporadas Gonzalo Bergessio, en este caso con su asentimiento. Las contrataciones de la directiva tricolor no fueron de mucha trascendencia y no todas rindieron de la manera esperada. Pero poco a poco, y aunque los resultados en la cancha no fueron satisfactorios (entre otros, perdió el clásico del Torneo Apertura ante Peñarol), las pruebas que el técnico fue realizando, con un plantel numeroso y muy parejo, le fueron permitiendo delinear una formación base sobre la que hizo paulatinos ajustes.

    Rochet le otorgó desde el arco la seguridad que el equipo necesitaba. Marichal creció mucho en su rendimiento y encontró con la posterior llegada del brasileño Coelho el adecuado complemento. Carballo se asentó definitivamente en el centro del terreno, al igual que José Luis Rodríguez en el lateral derecho. Cándido —aunque demoró en llegar a su mejor nivel— comenzó a trascender en su proyección ofensiva y el argentino Gigliotti demostró, aún con altibajos, su condición de goleador. En cambio, el colombiano Castro sigue sin aparecer.

    Con todo, lo que quizás mejor explique la notoria superación en el rendimiento del equipo tricolor en este último tramo fueron las más recientes apariciones de Yhonatan Rodríguez, Franco Fagúndez, Leandro Lozano y Diego Zabala, que junto con la notoria mejoría de Alfonso Trezza en la definición, le aportaron al equipo la regularidad y contundencia que antes no tenía. A esta estructura aún pueden sumarse el aporte de Ignacio Ramírez, que empezó a mostrar su reconocida faceta goleadora, y el del impredecible Brian Ocampo tras su muy dilatada ausencia. Y conste que esa sensible mejoría tricolor en la actividad local se advierte también en la internacional. Tras la eliminación en su grupo de la Copa Libertadores, que dolió y mucho, Nacional aparece ahora bien perfilado para procurar acceder a las instancias definitorias de la Copa Sudamericana, un torneo que le ha sido hasta ahora esquivo a los equipos uruguayos.

    Diametralmente distinta es hoy la situación de Peñarol. Tras obtener el Torneo Uruguayo del año pasado y de tener una muy valiosa participación en la Copa Sudamericana, llegando a semifinales, apenas iniciada la actual temporada el equipo comenzó a desmembrarse. Aunque pudo ganar el clásico ante Nacional en la pretemporada, la ulterior deserción de varios futbolistas fundamentales comenzó a afectar las posibilidades del equipo aurinegro. Entre otros perdió a sus dos zagueros centrales Gary Kagelmacher y Carlos Rodríguez, a Giovanni González, a Jesús Trindade, a Agustín Canobbio, a Facundo Torres —la gran revelación de la pasada temporada— y por último a su máximo goleador, Agustín Álvarez Martínez (muy disminuido en los últimos meses por la no concreción de una transferencia anterior). Aunque llegaron otros jugadores en reemplazo de los que se fueron (entre ellos, Matías Aguirregaray, Ramón Arias, Edgar Elizalde, Hernán Menosse y Lucas Viatri) el poderío aurinegro mermó considerablemente y los resultados fueron en igual sentido. Su técnico Mauricio Larriera (elegido como el mejor el año pasado por todas las encuestas) en un rapto de inusual sinceridad, advirtió: “(…) aquel equipo (el del año pasado) murió”. Dando por cierto que eso fue así, el que pretendió armar para sustituirlo jamás se ha visto en la cancha.

    Aunque defensivamente el rendimiento fue aceptable (con un Kevin Dawson en gran nivel) de allí hacia adelante dependió en demasía de Walter Gargano, en marca y generación de fútbol, y de los veloces desbordes (no siempre bien culminados) de Ignacio Laquintana. Como complemento en la ofensiva apostó a varios juveniles de muy promisorias aptitudes, aunque ninguno respondió de la manera esperada, quizás porque en su ansiedad por revertir la preocupante situación el técnico no les dio la continuidad que necesitaban. Igualmente, en varios partidos, Peñarol hizo sobrados méritos para la victoria, pero mostró una alarmante falta de puntería al momento de acertarle al arco rival (¡en el torneo anterior solo anotó 10 goles en 15 partidos!).

    En este caótico y preocupante panorama, la parcialidad aurinegra ya ha dicho basta. Su única satisfacción en esta temporada fue la victoria clásica en el Torneo Apertura, por lo que le exige a la directiva que contrate a varios jugadores del primer nivel (y no solo aquellos que les acercan los contratistas) para el Torneo Clausura, al que Peñarol deberá apuntar todas sus baterías si pretende retener su vigente título de campeón uruguayo.

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