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    Duele saber

    N° 1963 - 05 al 11 de Abril de 2018

    Como ya es costumbre en Uruguay, y forma parte de una lección que nunca aprenderemos, hemos comenzado a hablar de propuestas electorales que no son claras. Corregir ese problema no es lo que nos interesa ahora: es mejor esto que el silencio político que alguna vez nos tocó vivir. Pero viendo el escenario proselitista, nos preguntamos (para no sonar demasiado pesimistas) si alguna de esas propuestas serán realmente liberales, con todo lo que ello implica en cuanto al entendimiento, la convicción y el carácter para enfrentar un cambio en la tendencia histórica.

    El condicionante es el voto, claro está. No hay dudas de que nuestros ciudadanos, probablemente por una cultura propiciada desde sus inicios por el batllismo, reforzada luego por el wilsonismo (el recordado “Compromiso con usted”) y el Frente Amplio en los últimos tiempos, prefieren dar su apoyo a programas principalmente estatistas, donde las libertades individuales o la iniciativa privada aparecen como una carga y una responsabilidad que no tenemos por qué asumir.

    Los votantes uruguayos siguen viendo al Estado como el santo que los cuidará y les dará una vida de seguridad y sin riesgos. Prefieren gobiernos como el actual que tiene un sentido paternalista. Optan por ignorar que ese supuesto santo se ha portado muy mal y ha hecho mérito para perder su calidad de beato muchas veces a lo largo de la historia.

    Esa realidad juega un papel preponderante en la decisión de los políticos a la hora de dar forma al discurso que quieren ofrecer y a las propuestas que ponen sobre la mesa. Se habla de cambios graduales y hasta complementarios de lo que se hace hoy. Se apunta al tema de la seguridad —que no hay dudas debe estar como prioridad en cualquier agenda responsable— prácticamente como excusa para no desafiar la cultura estatista.

    ¿Son esos cambios “graduales” o “prudentes” los que el país necesita? Debería ser esa la pregunta. Entendemos que no, que la apuesta debería ser una mayor libertad económica, libre competencia, reformulación del Estado hasta el punto que sea mucho más eficiente y una rebaja tributaria especialmente a la clase media, que hoy está contenida y hasta paralizada por la sobrecarga impositiva. Se necesita un cambio que, como describimos antes, implique un desafío cultural de proporciones. Quien tenga la convicción para quedar en la historia por elegir un camino así quizás se sorprenda por la respuesta que le pueda dar el electorado.

    Nuestros vecinos en Argentina decidieron ir por un cambio de conducción política luego de tocar fondo. Si el actual gobierno del vecino país es la respuesta correcta, el tiempo lo dirá, pero no hay dudas de que el electorado sabiamente buscó salir de un gobierno populista e hipergastador. En qué punto de la caída estamos nosotros no es claro, pero sabemos que vamos navegando por una medianía que de ninguna manera puede prometer un desarrollo como exigen estos tiempos.

    En referencia al desarrollo que debemos buscar, la revista británica The Economist en un artículo reciente titulado La magia de Montevideo, halaga el crecimiento sostenido de nuestra economía en comparación con los tremendos fracasos de nuestros vecinos Brasil y Argentina.

    El análisis en cuestión lleva el mismo discurso que parece haberse impuesto en los organismos internacionales, que se preocupan más por un crecimiento suficiente para el pago de los compromisos adquiridos que por un desarrollo integral de la sociedad. Poco se dice de los grandes problemas que enfrentamos, donde incluso la comparación dentro de la región nos muestra bajando fuertemente en asuntos como la educación, la seguridad y el problema sindical, entre otros.

    No importan ahora las comparaciones, sobre todo porque algunas son engañosas y otras deprimentes. Lo que duele saber es que para dar el salto de calidad que nos gustaría ver, se requieren medidas, un entendimiento y una convicción que no hacen eco en nuestros políticos por la sencilla razón de que suponen que no son atractivas para el votante.

    ?? Nunca arriba del escenario