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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSoy padre de tres hijas mujeres, las dos primeras con título universitario, una egresada de la Universidad de la República y la otra de la Universidad ORT. La tercera cursa el segundo año de una carrera vinculada a la producción en la Udelar; su sueño es graduarse en tiempos breves y para ello se aplica al estudio con mucha disciplina.
Las que ya son profesionales vivieron en sus casas de estudio experiencias muy distintas, especialmente en lo relativo al ambiente físico en el cual asistían a clases, cursos o rendían sus pruebas o exámenes, y también, lo que es más relevante a la forma en que eran consideradas por docentes y personal de auxilio, administrativos, bedeles, etc.; el ambiente de estudio, como el de trabajo y la relación con los docentes o jefes, así como el trato que reciben del personal de apoyo es determinante muchas veces en la cultura de la vida del estudiante.
Puedo trazar un paralelismo en el que se expresen clara y rotundamente las diferencias entre la Udelar y la Universidad ORT. Mientras en la primera los tiempos de los estudiantes no importan, desde el momento de su ingreso se les “imponen” horarios inconsistentes a una adecuada higiene de vida del estudiante, al punto que en la Udelar mi hija mayor debió ir a su Facultad hasta tres veces en el mismo día para asistir a cursos que estaban adaptados exclusivamente a los horarios de los docentes y no a una lógica de vida universitaria en la que se puedan organizar razonablemente el cúmulo de actividades que un joven a esa edad debe realizar. Asistir a clase, visitar bibliotecas, estudiar, practicar deporte o actividades culturales y mantener una vida social que no solo esté ligada al ámbito universitario.
Todo lo que el estudiante necesita de apoyo a su actividad, de comprensión de su realidad personal y familiar es un “expediente” que los bedeles reciben en un horario limitado, mientras no estén tomando el té, el mate, almorzando o merendando o simplemente prestándole mayor interés a lo que conversan con sus compañeros de trabajo que al estudiante que espera ser atendido. Y las respuestas satisfactorias solo llegan cuando algún amigo con influencia en la administración interviene o cuando después de rogarle al delegado del monopolio sindical de la FEUU, logra su solución.
Cuando estudiantes sometidos a la lógica presión de rendir una prueba o examen van a la hora indicada, en ocasiones, que son muchas, esperan horas a que llegue el docente examinador, a veces dos o tres horas, o esperan pacientemente para que les hagan volver al otro día o a los dos días para rendir sus conocimientos. Hace dos años debí llamar a un decano para pedirle que tratara de evitar que se tomaran pruebas entre el 25/12 y el 01/01 porque los estudiantes del interior debían realizar un gran esfuerzo económico financiándose cuatro viajes en una semana. La respuesta fue que era un tema de los docentes que luego tomarían vacaciones.
Yo creo que algunos lectores, padres o estudiantes encontrarán aquí algunas situaciones que los han involucrado y las cuento porque creo que callarlas es una cobardía y una falta de respeto a los estudiantes que las sufren.
En general estas situaciones no se dan en la o las universidades privadas. El educando es el centro, el objeto del diseño y si se adapta a una vida reglada en la que se respetan las particularidades, horarios y tiempo de todos los actores la cosa marcha bien.
No ingreso en aspectos vinculados a la calidad académica, no estoy preparado para ello, pero lo que he relatado es un complemento muy importante que algunos parecen desconocer, o les importa muy poco; total, cuanto más número de estudiantes hay mejor se justifica el reclamo presupuestal al que habitualmente se adhieren consignas políticas, algunas ajenas a nuestro interés. Este reclamo nunca está acompañado de un compromiso de gestión que ponga en el centro al estudiante y que éste se pueda formar muy bien en tiempos razonables.
Me resolví a escribir esta carta porque mi hija menor, la que cursa hoy segundo en Udelar, me ha dicho que no aguanta más sentirse una cosa, que no despierta sensibilidad en un sistema que existe para sí mismo sin importarle su calidad de estudiante, que si no fuera porque sus padres pueden financiarle sus interminables y reiterados viajes a la “Facu” (varios días a la semana de mañana, de tarde y de noche). Me ha dicho que siente que sus compañeros originarios del interior que viven en pensiones con servicios mínimos y grandes privaciones, sienten lo mismo y no tienen alternativas. Me ha dicho que le duele alejarse de una casa de estudios reconocida, con un gran patrimonio científico, que no cuida y enamora a los que recién ingresan y que con el tiempo va a dejar de ser competitiva y por tanto ineficiente en su gestión de formar, investigar y acumular conocimiento.
Ella verá en qué medida continúa sus estudios en alguna de las universidades privadas y yo la apoyaré con toda mi alma y mi empeño, pero con el dolor de saber que su sueño de graduarse en la Udelar en una especialización muy importante para el país no se va a realizar. Y también el dolor de saber que hay miles de estudiantes cuyos padres no tienen la posibilidad de apoyar económicamente a su hija, como es mi caso, para que tome la opción que mejor entienda y en ese caso siga sometido a la desconsideración y el interés protagonizando la condición de satélite de un sistema en el que importa es el funcionario, o aun el académico, pero nunca el estudiante.
CI 1.434.814-3